El alineamiento político entre el presidente argentino Javier Milei y Donald Trump comenzó a proyectar efectos que exceden la agenda bilateral y alcanzan el tablero global. En medio de la crisis en el Estrecho de Ormuz y de versiones sobre una eventual cooperación argentina con la coalición impulsada por Washington, volvió a emerger una pregunta histórica: Si el acercamiento político con Estados Unidos podría reabrir la discusión sobre el reclamo argentino de soberanía en las Islas Malvinas.

Partiendo del posicionamiento adoptado por Milei en Nueva York, que definió a Irán como “nuestro enemigo” y afirmó que el bloque occidental “va a ganar la guerra”, una afirmación inusual en la tradición diplomática argentina respecto de conflictos extra hemisféricos. Aunque la Constitución argentina reserva al Congreso las decisiones sobre guerra y paz, las declaraciones marcaron un cambio rotundo en su política exterior.
En paralelo, Donald Trump convocó públicamente a aliados y socios a contribuir con medios navales para garantizar la seguridad del tránsito marítimo en el Estrecho de Ormuz. De este modo, Francia, Japón, Alemania e Italia evitaron asumir compromisos militares directos, mientras que el Reino Unido adoptó una postura cautelosa. En ese contexto, periodistas y analistas difundieron en redes sociales versiones según las cuales Argentina habría aceptado sumarse a la iniciativa, sin que el gobierno argentino las desmintiera oficialmente.
En ese contexto, funcionarios argentinos reforzaron esa percepción. El portavoz presidencial Javier Lanari declaró al diario El Mundo que, ante un eventual pedido estadounidense, Argentina brindaría “cualquier ayuda” requerida, mientras el canciller Pablo Quirno sostuvo que Buenos Aires tiene claro “de qué lado va a estar”. Ambas declaraciones marcaron un endurecimiento del posicionamiento político, aunque sin implicancias operativas concretas hasta el momento.
Con matices, el debate nos retrotrae a la Operación Alfil (1990-1991), cuando la Armada Argentina participó en el Golfo Pérsico bajo resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, el escenario actual difiere radicalmente: Irán posee hoy capacidades de disuasión más complejas, incluyendo misiles antibuque, drones y submarinos ligeros, lo que elevaría significativamente los riesgos de cualquier despliegue.

En consonancia con este marco de acontecimientos, apareció el vínculo con Malvinas. Marc Zell, dirigente republicano sin cargo oficial en la administración estadounidense, afirmó en redes sociales que un eventual apoyo argentino a Washington debería traducirse en una reconsideración estadounidense de su postura histórica favorable al Reino Unido. De esta manera, la declaración vino a instalar un debate político más amplio sobre posibles compensaciones estratégicas dentro del esquema de alianzas impulsado por Trump.
El precedente Chagos en el debate sobre Malvinas
Desde la perspectiva del derecho internacional, el escenario también contribuye a reactivar el debate. En este sentido, el proceso de descolonización del archipiélago de Chagos incorporó argumentos comparativos que son relevantes para el caso Malvinas, especialmente en relación con el principio de integridad territorial y la responsabilidad internacional derivada de situaciones coloniales prolongadas.

Consecuentemente, el paralelismo revela también límites claros. Mientras Londres negocia la transferencia de Chagos a Mauricio preservando intereses estratégicos como la base de Diego García, el gobierno británico reafirma la autodeterminación de los habitantes de Malvinas como eje central de su posición. Esta dualidad deja en evidencia que las decisiones británicas responden más a cálculos geopolíticos que a criterios uniformes aplicables a todos los territorios de ultramar.
Más que un cambio de postura de Estados Unidos, es una cuestión simbólica
Desde la perspectiva estadounidense, el dilema es estructural. Washington mantiene una relación estratégica histórica con el Reino Unido, que difícilmente sea reemplazada por alineamientos coyunturales. Incluso en un escenario de fuerte sintonía política entre Trump y Milei, un cambio formal en la posición estadounidense sobre Malvinas implicaría costos estratégicos mayores que los beneficios diplomáticos potenciales.
En definitiva, la cuestión central no es si Estados Unidos modificará su postura en el corto plazo, sino por qué las Malvinas vuelven a aparecer en la conversación internacional. La combinación de crisis energética global, rivalidad entre potencias y alineamientos políticos está reconfigurando agendas diplomáticas que parecían estabilizadas. En este nuevo contexto, el acercamiento entre Buenos Aires y Washington podría no alterar el equilibrio histórico, pero sí reabrir espacios de negociación simbólica y política que Argentina intenta capitalizar desde hace décadas.













