- Un informe de la Arms Control Association sostiene que los ataques de Estados Unidos e Israel no destruyeron el problema nuclear iraní y, además, sumaron nuevos riesgos.
- Parte del uranio enriquecido al 60% de Irán seguiría almacenado bajo tierra en Isfahán, lejos del alcance de una verificación inmediata.
- La OIEA todavía no pudo inspeccionar los sitios bombardeados, por lo que persisten dudas sobre el estado real del material y de la infraestructura.
- El documento también alerta sobre los riesgos de una eventual operación terrestre estadounidense para capturar o neutralizar ese stock.

La guerra contra Irán no cerró el frente nuclear. Lo complicó más. Esa es la conclusión del informe “The U.S. War on Iran: New and Lingering Nuclear Risks”, publicado por la Arms Control Association, que sostiene que la campaña militar de Estados Unidos e Israel dañó instalaciones, pero no eliminó ni el conocimiento, ni los materiales, ni la capacidad de Irán para volver a empujar su programa si toma esa decisión.
El punto más delicado sigue siendo el uranio enriquecido al 60%, un nivel muy cercano al necesario para uso militar. Antes de los ataques de 2025, Irán había acumulado alrededor de 440 kilos de ese material. Desde entonces, la discusión ya no pasa por cuánto se bombardeó, sino por cuánto quedó intacto, dónde está y si Teherán todavía puede acceder a él. El informe de la Arms Control Association sostiene que una parte importante seguiría almacenada en instalaciones subterráneas de Isfahán. En la misma línea, Rafael Grossi dijo que el OIEA estima que algo más de 200 kilos probablemente siguen bajo tierra en ese sitio.

Ese dato no es menor. Esa cantidad, si fuera llevada al 90% de enriquecimiento, podría aportar material fisible para varias armas nucleares. Ahí aparece el problema central que marca el informe: destruir edificios, túneles o accesos no equivale a eliminar la amenaza. Irán puede perder instalaciones, pero conservar material sensible, capacidad técnica y margen para recomponer parte del programa más adelante.
El texto también pone la lupa sobre otra cuestión que empezó a circular en Washington: la posibilidad de una operación para capturar o neutralizar físicamente ese uranio enriquecido. Según la Arms Control Association, esa alternativa abriría una fase todavía más peligrosa. No solo implicaría poner tropas estadounidenses en suelo iraní, sino operar sobre material almacenado en forma de UF6, un compuesto tóxico, complejo de manipular y especialmente riesgoso si los contenedores fueron dañados por los ataques. No sería una misión simple de incursión: exigiría equipos especiales, protección química, logística pesada y probablemente operaciones en varios puntos.
El problema no es solo lo que quedó, sino lo que puede venir
Incluso si Estados Unidos lograra sacar de circulación ese stock, el riesgo no desaparecería. Irán seguiría conservando conocimiento, personal técnico, capacidad para producir o reponer centrifugadoras y reservas de uranio menos enriquecido que también podrían servir de base para un nuevo esfuerzo. Eso hace que una operación terrestre pueda aumentar los costos y los riesgos sin resolver el problema de fondo.
El informe además incorpora otro frente sensible: la seguridad nuclear regional. No habla solo del programa iraní, sino del riesgo de que la guerra termine afectando reactores o instalaciones donde un ataque, un error o un daño colateral pueda provocar un accidente radiológico serio. Ahí aparece Bushehr, la central operada por Rosatom sobre la costa del Golfo. El documento considera improbable que Estados Unidos o Israel ataquen deliberadamente un reactor, pero deja claro que, en un teatro saturado de ataques, drones y misiles, el margen para errores existe.

También queda abierto otro riesgo menos visible. Si la guerra debilita más al Estado iraní o genera una crisis interna mayor, puede crecer la posibilidad de pérdida de control sobre materiales, dispersión a sitios no declarados o fuga de científicos con conocimiento crítico. El informe no dice que hoy exista un riesgo alto de terrorismo nuclear, pero sí plantea que una guerra prolongada vuelve más inestable todo el sistema de control.
El dato más incómodo para Washington y Tel Aviv es que la guerra no resolvió el expediente nuclear iraní. Lo dejó más opaco. Hay material que no fue verificado, sitios a los que el OIEA todavía no pudo entrar, infraestructura dañada cuyo impacto real no está del todo claro y una discusión abierta sobre si el siguiente paso será seguir bombardeando o pasar a una operación terrestre. Por eso, más que cerrar el riesgo nuclear, la campaña militar abrió una etapa más incierta, con menos control y más variables en juego.
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