La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, advirtió ante el parlamento que un eventual ataque chino contra Taiwán constituiría una amenaza existencial para Japón y justificaría una respuesta militar. Pekín interpretó la declaración como provocativa y respondió intensificando ejercicios militares cerca del territorio japonés, restringiendo importaciones de mariscos y limitando exportaciones de bienes de doble uso hacia Japón, además de emitir advertencias de viaje a sus ciudadanos.

De esta manera, las tensiones se dan en un momento de especial transformación estratégica japonesa. En los últimos años, Tokio incrementó el gasto en defensa, fortaleciendo sus cadenas de suministro y adoptando una política más activa en su entorno regional. Este proceso, que se remonta al liderazgo del ex primer ministro Shinzo Abe, que impulsó una reinterpretación del rol militar japonés, promoviendo el concepto de un Indo-Pacífico libre y abierto y revitalizó la cooperación del llamado Quad —foro integrado por Japón, Estados Unidos, Australia e India— en materia de seguridad y coordinación económica.
Como antecedente, podemos remontarnos a la invasión rusa a Ucrania en 2022, que aceleró este giro estratégico. Japón anunció planes para elevar su gasto militar al 2% del PIB hacia 2027 e identificó a China como principal desafío de seguridad. Dentro de este nuevo concepto estratégico, el gobierno japonés invirtió en armas hipersónicas, misiles de contraataque y en ampliar la vigilancia espacial, así como el refuerzo militar en islas cercanas a Taiwán. Paralelamente, Tokio amplió la cooperación defensiva con países como Filipinas y Australia, y flexibilizó normas de exportación para compartir tecnología militar.
Desde el punto de vista económico, Japón realizó numerosos esfuerzos para reducir las vulnerabilidades frente a la amenaza comercial. Incluyendo inversiones en semiconductores, promoviendo la producción tecnológica doméstica y coordinando con socios occidentales para restringir exportaciones sensibles a China.
Consecuentemente, el fortalecimiento japonés representa una oportunidad para Estados Unidos dentro de su estrategia regional. Washington deberá profundizar la integración operativa y económica con Tokio para sostener la disuasión frente a China, en particular ante el escenario de una crisis en torno a Taiwán. La evolución del vínculo trilateral Japón-Estados Unidos-China aparece así descrito como un factor clave para la estabilidad y la competencia estratégica en el Indo-Pacífico.











