Durante mucho tiempo se creyó que las baterías antimisiles eran un sistema plenamente defensivo. Sin embargo, a medida que la tecnología avanza, la creencia de que estos sistemas sean un medio puramente defensivo para protegerse frente a ataques —y así disuadir a un adversario de atacar en primer lugar— está llegando a su fin. En cambio, la actual sugerencia es que un escudo antimisiles fiable podría crear un incentivo para la escalada ya que, si los responsables políticos creen que su estado está seguro tras el escudo, pueden calcular que sus propias acciones militares ofensivas conllevan un riesgo significativamente menor.

Ejemplos de la realidad
Para comprender mejor esto podemos tomar como ejemplo a Ucrania. Las percepciones de Rusia sobre la vulnerabilidad de Kiev —incluida su falta de defensa antimisiles— incentivaron al Kremlin a atacar en 2022.
Entre febrero y mayo de ese año, Moscú lanzó más de 2.000 misiles contra instalaciones militares, infraestructuras y centros de población ucranianos. Pero, si Ucrania hubiera podido desplegar un gran número de sistemas antimisiles, Moscú podría haber calculado los riesgos de una invasión de forma muy diferente.
Pero, más allá de esa caso, la realidad es que hoy en día la defensa antimisiles no parece tanto una herramienta para bajar tensiones, sino todo lo contrario.
Así, en lugar de desincentivar el uso de la fuerza, la seguridad psicológica que proporciona la defensa contra misiles y drones puede aumentar la tentación de asumir riesgos.
Por ejemplo, este nuevo cálculo moldeó claramente la decisión de Israel de lanzar ataques aéreos contra el programa nuclear de Irán en 2025. La vulnerabilidad de Irán ante ataques aéreos reforzó la determinación de atacar.
Además, la confianza israelí en la eficacia de su propio escudo antimisiles y drones reforzó su creencia de que podría absorber los ataques de represalia.

Problemas a futuro
Por un lado, lo que la nueva lógica ofensiva de la defensa antimisiles ignora es la mayor vulnerabilidad causada por la excesiva dependencia de los escudos antimisiles. Por ejemplo, el escudo israelí fue mucho menos exitoso en 2025 que en 2024. Según las Fuerzas de Defensa de Israel, las defensas aéreas interceptaron el 86% de los misiles iraníes. Además, el conflicto de 12 días dejó el stock de interceptores de misiles de Israel gravemente agotado.
Por otro lado, tenemos el caso de la Cúpula Dorada de Donald Trump que podría desencadenar un dilema clásico de seguridad, en el que las acciones tomadas por un Estado para reforzar su propia seguridad son vistas por su adversario como una amenaza.

Al simplemente aumentar sus propias posibilidades de supervivencia, los adversarios estadounidenses verán un escudo contra todas las amenazas como un posible preludio a un primer ataque. Así, el escudo les inducirá a fortalecer sus propias capacidades ofensivas.
Esto último tiene un claro antecedente: cuando la administración Reagan presentó su Iniciativa de Defensa Estratégica, un plan para una defensa antimisiles espacial conocida coloquialmente como “Star Wars”, desde la Unión Soviética temieron que el programa neutralizara su propio elemento disuasorio estratégico y los hiciera vulnerables a un ataque estadounidense.
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