- Omán confirmó que mantuvo reuniones separadas con representantes de Irán y Estados Unidos para preparar el eventual reinicio de negociaciones diplomáticas y técnicas.
- El formato indirecto replica mecanismos previos de mediación omaní cuando el diálogo directo resultó políticamente inviable.
- El contacto se produce luego de la guerra de doce días entre Israel e Irán y de los ataques estadounidenses contra sitios nucleares iraníes, cuyo impacto estratégico aún es evaluado.

Omán volvió a desempeñar un rol central como intermediario al albergar conversaciones indirectas entre Estados Unidos e Irán vinculadas al programa nuclear iraní. Según información de Associated Press, las delegaciones ingresaron por separado a un palacio en las afueras de Mascate, donde mantuvieron encuentros individuales con el ministro de Asuntos Exteriores, Badr al-Busaidi.
El esquema de reuniones separadas, sin contacto directo entre las partes, remite a experiencias anteriores en las que Omán actuó como canal discreto de comunicación en momentos de máxima tensión bilateral. En esta ocasión, el gobierno omaní emitió un breve comunicado en el que señaló que las consultas estuvieron orientadas a “preparar las condiciones adecuadas” para retomar negociaciones diplomáticas y técnicas, sin detallar avances concretos ni compromisos asumidos.
Un elemento que destacó en esta ronda fue la composición de la delegación estadounidense. Además del enviado especial para Medio Oriente, Steve Witkoff, trascendió la participación de Jared Kushner y, de manera inusual, del almirante Brad Cooper, jefe del Comando Central de Estados Unidos. La presencia de un alto mando militar sugiere que, en esta etapa, la dimensión de seguridad y disuasión acompaña de cerca el canal diplomático.
Un diálogo condicionado por el escenario regional
El contexto en el que se desarrollan las conversaciones es significativamente más volátil que en rondas previas. En 2025, Estados Unidos bombardeó instalaciones nucleares iraníes durante el conflicto regional desatado tras la guerra entre Israel e Irán, con daños que, según evaluaciones internacionales, afectaron de forma sensible parte de la infraestructura de enriquecimiento de uranio. Si bien Teherán sostiene que su programa continúa operativo, persisten dudas sobre el estado real de sus capacidades y sobre el destino de parte del material enriquecido.

A este cuadro se suma la situación interna iraní. Las protestas registradas en los últimos meses y la posterior represión reforzaron la percepción en Washington de que el sistema político iraní atraviesa uno de sus momentos de mayor fragilidad desde 1979. Funcionarios estadounidenses sostienen que esa combinación de presión interna y desgaste externo abre una ventana para forzar concesiones, mientras que Teherán denuncia una estrategia de coerción y exige garantías mínimas antes de cualquier entendimiento.
Desde el lado iraní, el canciller Abbas Araghchi dejó en claro que Teherán acude al diálogo con “memoria del pasado reciente” y subrayó que cualquier acuerdo debe basarse en respeto mutuo y cumplimiento de compromisos. Voceros cercanos al liderazgo político y militar iraní remarcaron que la negociación no implica renunciar al derecho al enriquecimiento con fines civiles ni aceptar condiciones que consideren una imposición.
Alcances y límites de la negociación
El principal desacuerdo gira en torno al alcance de las conversaciones. Irán busca limitar el diálogo estrictamente al aspecto nuclear, mientras que Estados Unidos pretende incorporar el programa misilístico y el comportamiento regional iraní. Esta brecha estructural reduce las posibilidades de un acuerdo amplio en el corto plazo y sugiere, como escenario más probable, entendimientos parciales o medidas de contención destinadas a evitar una escalada inmediata.

Tal como expuso Escenario Mundial anteriormente, la diplomacia en este frente avanza en paralelo al despliegue militar. Estados del Golfo observan con preocupación la posibilidad de que un fracaso del canal omaní derive en nuevas acciones militares, con impacto directo sobre rutas energéticas críticas y sobre la estabilidad regional. En ese marco, Omán aparece nuevamente como un actor clave para administrar tiempos, reducir malentendidos y mantener abierta una vía de comunicación mínima entre dos adversarios estratégicos.
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