Para entender las tensiones actuales entre Estados Unidos, Israel e Irán, que atraviesan a Medio Oriente, tenemos que revisar los antecedentes. Desde la Revolución Islámica de 1979, tras la guerra con Irak, lod iraníes desarrollaron una estrategia de seguridad condicionada por severas limitaciones y un entorno regional hostil. Ante la imposibilidad de sostener guerras convencionales prolongadas y la ausencia de aliados sólidos, Teherán optó por una doctrina orientada a evitar enfrentamientos directos con potencias superiores, priorizando la disuasión y la proyección indirecta de poder.

En ese marco, Estados Unidos e Israel fueron identificados como los principales adversarios. Esta construcción del enemigo cumple también una función ideológica central: refuerza la legitimidad interna del régimen al vincular la Revolución Islámica con la resistencia frente a la injerencia occidental y al antisionismo, posicionando a Irán como referente del mundo musulmán mediante el apoyo a actores armados no estatales (grupos proxy).
Como resultado, el objetivo del pensamiento estratégico iraní fue garantizar la supervivencia del régimen y para ello, Teherán combinó la búsqueda de profundidad estratégica regional, el control del frente interno y el desarrollo de capacidades militares propias, configurando un perfil defensivo. En este esquema, las amenazas internas como las protestas sociales, la disidencia política y tensiones generacionales fueron históricamente consideradas más peligrosas que las externas.
En este sentido, la implementación de esta estrategia se apoyó en el uso sistemático de conflictos por delegación. A través de una red de milicias aliadas en Estados frágiles, de esta forma, Irán trasladó el conflicto fuera de sus fronteras, reduciendo el riesgo de una escalada directa. A este entramado se sumaron el programa de misiles y drones, el desarrollo nuclear y una estructura exterior capaz de operar contra adversarios del régimen más allá de la región.
Gaza, un punto de inflexión
El curso de los acontecimientos marcó a la guerra de Gaza iniciada en octubre de 2023 como un punto de inflexión, por primera vez, todos los actores del denominado Eje de la Resistencia actuaron de forma simultánea contra Israel, y Teherán se involucró directamente en ataques sobre territorio israelí, quebrando uno de los principios centrales de su doctrina: evitar la confrontación directa. Las respuestas israelíes, que afectaron instalaciones militares, sistemas de defensa aérea y capacidades industriales, expusieron las limitaciones del sistema de disuasión iraní y debilitaron activos clave.

En paralelo, la presión interna se intensificó, teniendo como caldo de cultivo el estancamiento económico, las sanciones, la inflación y una sociedad cada vez menos identificada con los valores de la Revolución Islámica ampliando la brecha entre el régimen y los sectores sociales. Las protestas recurrentes cuestionan no solo la política doméstica, sino también el costo de sostener una agenda regional prolongada.
Irán enfrenta un escenario más complejo que décadas anteriores
En este contexto, Irán enfrenta un escenario más complejo que en décadas anteriores: una estrategia regional cuya eficacia se erosiona, un frente interno crecientemente tensionado y una presión externa que no muestra señales de disminuir. La disuasión indirecta, eje histórico de su política de seguridad, ya no garantiza el mismo margen de maniobra frente a Israel y Estados Unidos, mientras que recurrir al programa nuclear aparece como una carta cada vez más central, y riesgosa.

Lo cierto es que el desenlace del conflicto dependerá menos de un quiebre institucional interno inmediato, y mas de la capacidad del régimen para gestionar esta combinación de desgaste estratégico, vulnerabilidad interna y amenaza latente de una escalada mayor en Medio Oriente.
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