La Estrategia de Defensa Nacional 2026 presentada por Estados Unidos introduce una redefinición explícita del rol de América del Sur dentro de su arquitectura de seguridad. Lejos de considerarla un teatro secundario, el documento ubica a la región como parte integral de la defensa del territorio continental estadounidense y del control estratégico del hemisferio occidental, en un contexto de competencia global con China y reconfiguración del orden internacional.

El texto establece que la defensa del “Homeland” no se limita a las fronteras físicas de Estados Unidos, sino que se extiende a su entorno geopolítico inmediato. En ese marco, América del Sur aparece asociada a tres vectores centrales de preocupación estratégica: el avance de organizaciones criminales transnacionales, la disputa por el control de espacios y rutas críticas, y la creciente presencia de actores extrahemisféricos, particularmente China.
Desde la óptica del Pentágono, la región forma parte de un espacio donde Washington no está dispuesto a ceder influencia ni acceso estratégico. La estrategia sostiene que el debilitamiento del liderazgo estadounidense en el hemisferio durante décadas previas permitió la expansión de amenazas no estatales y la penetración de potencias rivales en sectores sensibles, como infraestructura, energía, tecnología y puertos. En ese diagnóstico se apoya la decisión de retomar una política activa de control regional.
Uno de los ejes más relevantes del documento es el combate al crimen organizado transnacional, al que Estados Unidos asocia directamente con riesgos a su seguridad nacional. El texto señala que el narcotráfico y las redes criminales que operan en América del Sur no solo afectan la estabilidad regional, sino que son consideradas amenazas estratégicas, con capacidad de erosionar instituciones, controlar territorios y facilitar flujos ilícitos hacia el norte del continente. Bajo ese enfoque, Washington se reserva la posibilidad de actuar de manera directa si los Estados de la región no logran contener esas dinámicas.

La Estrategia también subraya la importancia de garantizar el acceso y la seguridad de terrenos clave en el hemisferio, un concepto que incluye rutas marítimas, nodos logísticos y espacios de valor estratégico. Aunque el documento menciona de forma explícita áreas como el Caribe, el Canal de Panamá y el Atlántico Sur ampliado, América del Sur aparece integrada a ese esquema como un espacio donde Estados Unidos busca prevenir cualquier forma de control o influencia adversaria que pueda afectar su libertad de maniobra militar y comercial.
En paralelo, el texto introduce una advertencia directa sobre la presencia de potencias extrahemisféricas en la región. Sin mencionar países sudamericanos en particular, la estrategia sostiene que la expansión económica, tecnológica y militar de China en América Latina y América del Sur tiene implicancias de seguridad a largo plazo. Desde la perspectiva estadounidense, inversiones en infraestructura crítica, telecomunicaciones y puertos pueden transformarse en vectores de influencia estratégica, especialmente en escenarios de crisis global.

El documento también redefine la relación con los socios regionales. Estados Unidos plantea un esquema de cooperación condicionado, en el que los países de América del Sur son considerados socios necesarios para la estabilidad hemisférica, pero con responsabilidades concretas. La asistencia, el intercambio de información y la cooperación militar quedan asociados a la disposición de los Estados de la región a alinearse con los objetivos estratégicos estadounidenses y a actuar contra amenazas que Washington considera prioritarias.
Hacia el cierre, la Estrategia de Defensa Nacional 2026 deja en claro que América del Sur no es un espacio marginal dentro de la planificación militar de Estados Unidos. Por el contrario, la región aparece integrada a una lógica de control hemisférico, prevención de influencias rivales y gestión activa de amenazas no estatales. El modo en que los gobiernos sudamericanos respondan a este enfoque —entre cooperación, autonomía o tensión— será clave para definir el lugar de la región en el nuevo esquema de seguridad impulsado desde Washington.












