La decisión de la administración Trump de lanzar la llamada “Golden Fleet” devolvió a la agenda naval estadounidense un programa de fragatas parecía frenado. El anuncio, realizado por el secretario de la Marina John Phelan en el Reagan National Defense Forum, confirma que la US Navy buscará diseñar y construir una nueva fragata de diseño íntegramente estadounidense, tras la cancelación del problemático programa de fragatas clase Constellation.

La nueva nave, prometió Phelan, debería estar lista incluso antes que la propia Constellation, paradigma de los retrasos y sobrecostos que Washington dice querer dejar atrás. La cancelación de la Constellation-class fue el primer movimiento fuerte de Phelan desde que asumió como secretario de la Marina: de una planificación original de hasta 20 fragatas, la Navy decidió limitar el programa a solo dos unidades en construcción y rescindir, de mutuo acuerdo con la industria, los contratos de las cuatro siguientes, citando un atraso acumulado de años, aumentos de peso y un diseño que seguía sin consolidarse.
El director de la Oficina de Presupuesto (OMB), Russell Vought, fue más explícito: los retrasos habrían pasado de un 15% en la primera administración Trump a cerca de un 85% en la segunda, síntoma de un sistema de contratación naval que “no está cumpliendo”. Frente a ese cuadro, la “Golden Fleet” aparece como una reconfiguración doctrinaria e industrial, ya que el plan prevé seguir construyendo los “pilares” tradicionales de la flota (portaaviones, destructores, buques anfibios y submarinos), pero incorporando nuevas fragatas de diseño local y, sobre todo, un volumen creciente de plataformas no tripuladas como parte de una flota híbrida tripulada–no tripulada.
La gran incógnita: ¿puede la industria naval seguir ese ritmo?
En Simi Valley, Phelan no solo habló de fragatas. También presentó, casi como caso testigo, el contrato rápido con la startup Saronic para la compra de lanchas no tripuladas Corsair de 24 pies, dentro de un paquete de adquisición acelerada de 392 millones de dólares. El funcionario presentó este caso como modelo para futuras compras: menos capas burocráticas, consolidación de programas no tripulados bajo una sola oficina, prototipado intensivo y contratos de producción que lleguen en cuestión de meses, no de décadas.

La pregunta de fondo es si este giro hacia la velocidad puede trasladarse, sin tropiezos, al segmento de grandes buques de combate. La experiencia reciente de la US Navy con programas como el Littoral Combat Ship (LCS), el destructor Zumwalt o la propia Constellation muestra un patrón de ambición tecnológica alta, diseños aún inmaduros al inicio de la construcción y cadenas de suministros tensas, que se traduce en años de retraso y sobrecostos de miles de millones.
El propio Vought admitió que una parte central del problema no es solo la demanda —más barcos para contrarrestar a China— sino la capacidad de ejecución de los contratistas: plazos incumplidos, prácticas de gestión heredadas de la Guerra Fría y una infraestructura industrial envejecida. La lógica de la “Golden Fleet” encaja, además, con la evolución doctrinaria hacia una flota distribuida de contar con menos dependencia de unos pocos grandes buques extremadamente caros y más énfasis en plataformas dispersas, resilientes y difíciles de saturar, donde los drones navales como Corsair o los futuros USV de mayor porte funcionen como sensores avanzados, multiplicadores de fuego y señuelos para absorber la primera ola de ataques en un conflicto de alta intensidad, particularmente en el Indo-Pacífico.
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