El pasado 2 de noviembre, el gobierno de China anunció el envío de su representante especial para Oriente Medio, quien realizará visitas oficiales a Irán, Omán y Arabia Saudita entre principios y mediados de noviembre de 2026. Según la portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, Mao Ning, Zhai Jun visitará Teherán, Mascate y Riad. Esta decisión, la cual forma parte de la gira diplomática de China en Medio Oriente, se enmarca en el contexto de escalada militar por la que atraviesa la región. Así, Beijing busca ampliar su presencia en la región y posicionarse como potencial mediador para aliviar la escalada militar en el Golfo Pérsico.

El diplomático ya habría visitado la región en marzo de este año. Sin embargo, esta vez se presenta con una visita planificada que tiene como objetivo construir acuerdos reales con los monarcas del Golfo. Al respecto, Pekín prioriza la estabilización del entorno operativo de las empresas de transporte marítimo internacional. De hecho, las visitas coinciden con las zonas donde existen tensiones derivadas de los bloqueos navales en las rutas energéticas globales. De esta forma, el gigante asiático no solo busca posicionarse como mediador transversal para construir espacios multilaterales de discusión política que reduzcan la tensión en la zona, sino que quiere plantear bases conjuntas de cooperación estratégica entre los principales productores de hidrocarburos de la zona.
No obstante, desde una perspectiva geopolítica, esta noticia plantea implicancias para la dinámica bilateral de grandes potencias entre EE.UU. y China. Desde la escalada militar en Medio Oriente, los países del Golfo han visto los límites de la protección de Washington. En consecuencia, han comenzado a buscar opciones que les permitan restablecer la estabilidad político-económica en los flujos comerciales. Incluso, en el caso de Arabia Saudita, se contempló la negociación con fuerzas iraníes, tras la negativa de Trump de apoyo militar frente a los hutíes. De esta manera, se abre una puerta para una nueva potencia nacional que les traiga a los países árabes una salida estratégica en respuesta a la incertidumbre político-militar que el conflicto mantiene.
En este contexto, el accionar diplomático de China le da una posición estratégica dentro del escenario regional. Por un lado, China mantiene un equilibrio pragmático entre Irán y los demás países. Debido a que, al condenar los ataques iraníes a civiles, China le da una señal de respaldo a los países árabes, que son sus proveedores de energía y socios comerciales. Al mismo tiempo, Beijing no confronta directamente a Irán, así puede mantener su alianza política frente a EE. UU. En ese sentido, la ambigüedad estratégica se perfila como activo político que le permite consolidar su rol como mediador. No obstante, cabe resaltar que la falta de sanciones reales o de protección militar que acompañen su discurso puede generar sospechas en los países afectados por los ataques iraníes y disminuir su confianza en China.

Respecto a los límites de la influencia china, la posición energética de Omán ilustra estos matices. Su economía depende de Beijing, que históricamente ha absorbido cerca de ocho de cada diez barriles de su crudo exportado, y su geografía lo vuelve clave, porque sus cargamentos no atraviesan el estrecho de Ormuz. Sin embargo, la negociación sobre Ormuz avanza sin protagonismo chino. Mascate propuso un mecanismo regional inspirado en el estrecho de Malaca, con tasas voluntarias, pero Teherán lo rechazó por exigir el control de la ruta de entrada. Después, ambos países pactaron un corredor marítimo temporal conjunto y un proyecto de desminado. Según reportes, Irán controlaría los buques que entran al Golfo y Omán gestionaría el tráfico de salida, un esquema que Washington rechaza. Así, aunque Beijing multiplica contactos, el futuro del estrecho aún tiene a Irán, Omán y Estados Unidos como sus principales hacedores.
Las visitas planteadas por los dirigentes chinos tienen una doble tarea. Por un lado, el ejercicio diplomático deberá lograr que las partes acepten el mapa de desescalada. Por consiguiente, China sentará las bases necesarias para un cese al fuego humanitario. Sin embargo, el posicionamiento geopolítico de China frente a EE. UU. a largo plazo no solo depende de la presencia diplomática que Zhai Jun alcance en Teherán, Mascate y Riad. Por el contrario, la influencia económica, que puede determinar su capacidad de acción política respecto a la situación regional, se relaciona más con las dinámicas reales del flujo comercial y los actores que las controlan.
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