Francia comenzó a estudiar si dispone de las capacidades industriales y tecnológicas necesarias para desarrollar una catapulta electromagnética propia para su futuro portaaviones nuclear, después de que Donald Trump ordenara a la Armada de Estados Unidos abandonar esa tecnología en sus próximos buques y regresar a las tradicionales catapultas de vapor.

El jefe del Estado Mayor de la Marina francesa, almirante Christophe Cluzel, confirmó ante el Parlamento que se realizará un estudio destinado a determinar si Francia podría diseñar este tipo de sistema, cuánto costaría y cuáles serían los tiempos necesarios para llevarlo a producción. Las conclusiones están previstas para 2028.
La iniciativa aparece mientras París avanza con el futuro portaaviones France Libre, que deberá reemplazar al Charles de Gaulle alrededor de 2038 y cuyo diseño contempla actualmente la utilización de catapultas electromagnéticas estadounidenses. Francia, sin embargo, no considera que el suministro esté actualmente en riesgo. Cluzel aseguró que no ve amenazado el contrato y sostuvo que Washington todavía no tomó una decisión definitiva sobre el futuro de esta tecnología dentro de su propia flota.
La incertidumbre surgió después de que Trump ordenara en agosto modificar los planes de la Armada estadounidense para volver a emplear sistemas de vapor en futuros portaaviones. Escenario Mundial informó entonces que la instrucción afecta directamente al futuro USS Doris Miller y obliga a revisar la integración de los sistemas electromagnéticos previstos originalmente. La decisión estadounidense abrió ahora una discusión que excede a su propia flota: Francia eligió la misma tecnología para uno de los componentes más críticos de su próximo portaaviones y depende de Estados Unidos para obtenerla y mantenerla durante décadas.
Francia mantiene el sistema estadounidense, pero prepara una alternativa
El proyecto francés no contempla por ahora abandonar las catapultas estadounidenses. Cluzel explicó que la dependencia fue identificada desde el comienzo del programa y considerada manejable. Como parte de esa estrategia, Francia prevé adquirir desde las primeras etapas un volumen importante de repuestos, destinado a reducir los riesgos derivados de depender de un único proveedor extranjero durante la vida útil del buque.
El almirante tiene además previsto reunirse próximamente con su homólogo estadounidense y anticipó que la cuestión probablemente forme parte de las conversaciones. Al mismo tiempo, París quiere conocer qué margen tendría si en el futuro necesitara desarrollar el sistema de manera autónoma. El estudio anunciado deberá analizar la capacidad de la industria francesa para diseñar una catapulta basada en principios electromagnéticos, estimar su costo y establecer un eventual cronograma de desarrollo.
La primera evaluación de la Armada es cautelosa. Cluzel considera que Francia probablemente podría desarrollar esa tecnología, pero advirtió que hacerlo demandaría mucho más tiempo del disponible antes de la entrada en servicio del France Libre y tendría un costo unitario considerablemente superior al de la solución estadounidense.

Esto convierte al estudio en una herramienta de largo plazo más que en una alternativa inmediata para el portaaviones actualmente en desarrollo. La construcción del nuevo buque está encabezada por Naval Group y forma parte de uno de los principales programas navales franceses para las próximas décadas. Además de sustituir al Charles de Gaulle, deberá mantener la capacidad de Francia para operar aviación embarcada de altas prestaciones y sostener uno de los componentes asociados a su disuasión nuclear. La dependencia tecnológica estadounidense aparece precisamente en uno de los sistemas más difíciles de sustituir.
La orden de Trump abrió dudas sobre el futuro del EMALS
Las catapultas electromagnéticas fueron introducidas a gran escala por Estados Unidos con la clase Gerald R. Ford. El sistema EMALS reemplaza la utilización de vapor por motores de inducción lineal capaces de acelerar las aeronaves sobre la cubierta de vuelo. Su diseño busca ofrecer un control más preciso de la energía aplicada durante cada lanzamiento y permitir operaciones con aeronaves de diferentes pesos. Trump cuestionó durante años tanto el costo como la confiabilidad de estos sistemas y en agosto convirtió esas críticas en una instrucción formal para la Armada estadounidense.
La orden dispone que el futuro USS Doris Miller abandone las catapultas electromagnéticas previstas originalmente y vuelva al sistema de vapor. Los primeros tres portaaviones de la clase Ford conservarán, en cambio, el equipamiento ya incorporado. El cambio resulta especialmente llamativo porque la Armada estadounidense continúa ampliando simultáneamente la experiencia operativa con EMALS. Esta semana, Escenario Mundial informó que un F-35C realizó por primera vez un aterrizaje sobre un portaaviones de la clase Ford durante las pruebas del futuro USS John F. Kennedy. El CVN-79 utiliza tanto EMALS para los lanzamientos como el Advanced Arresting Gear para recuperar las aeronaves.

El USS Gerald R. Ford también emplea el sistema desde su incorporación a la flota y acumuló miles de lanzamientos durante pruebas, ejercicios y despliegues operativos. La instrucción presidencial no supone, por lo tanto, la desaparición inmediata de la tecnología en Estados Unidos. Sí genera interrogantes sobre su continuidad industrial a largo plazo, precisamente el problema que ahora analiza Francia.
Para París, la dificultad no está únicamente en adquirir las catapultas iniciales. El futuro portaaviones deberá contar durante décadas con repuestos, mantenimiento, actualizaciones y soporte para un sistema que podría dejar de instalarse en nuevos buques estadounidenses si la política impulsada por Trump se consolida.
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