La primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas volvió a colocar a las derechas en el centro de la política regional, pero es posible creer que el resultado positivo del bolsonarismo no ocurre dentro de un vacío, sino que se inscribe en una América Latina atravesada por múltiples tensiones. El desgaste de los oficialismos, el crecimiento de las nuevas derechas, y una creciente disputa por la orientación internacional de la región. Todas estas razones vuelven para preguntar; ¿estamos ante un nuevo ciclo político latinoamericano o frente a respuestas nacionales a problemas comunes?

Brasil volvió a votar, y una vez más lo hizo con un resultado más grande que él mismo. Flávio Bolsonaro quedó en primer lugar, con el 47.04% de los votos, frente al 45.15% obtenido por Lula da Silva. Ninguno consiguió la mayoría necesaria para evitar un balotaje, por lo que ambos volverán a enfrentarse el próximo 25 de octubre. Pero el dato más significativo no está únicamente en quién terminó primero. Al mismo tiempo, el campo político asociado al bolsonarismo consiguió avances importantes en los estados y el Congreso. El Partido Liberal se convirtió en la principal fuerza del Senado y amplió considerablemente su representación parlamentaria.
Sin embargo, reducir la elección brasileña a un enfrentamiento entre Lula y el hijo de Jair Bolsonaro sería perder de vista lo más interesante; Brasil no solamente eligió entre dos candidatos, sino que volvió a poner en discusión el lugar de la derecha, el papel de las instituciones y la orientación internacional del país. Y esa discusión excede sus fronteras.
Brasil no está solo
Después de la “marea rosa”, que caracterizó los gobiernos latinoamericanos buena parte de los primeros años del siglo XXI, la región atravesó un nuevo ciclo de gobiernos de izquierda hacia 2020. No obstante, el mapa comienza a modificarse nuevamente.
Argentina eligió a Javier Milei. Ecuador quedó en manos de Daniel Noboa. Chile giró hacia la derecha. Perú y Colombia también atravesaron procesos electorales que fortalecieron a fuerzas conservadoras. Brasil llega ahora a la segunda vuelta con una candidatura asociada al legado de Bolsonaro en condiciones de disputar nuevamente el poder. Todos ellos son parte de un escenario regional inclinado hacia opciones conservadoras o de derecha, y visto desde esta perspectiva, es difícil considerar que Brasil es una anomalía.
El problema a plantear no es por qué los latinoamericanos “se volvieron de derecha”, sino qué tienen realmente en común estas derechas. Detrás de los resultados electorales hay procesos nacionales muy diferentes; en varios países los votantes parecen estar reaccionando menos ante grandes debates ideológicos que ante problemas concretos. Entre ellos, la inseguridad, inflación, bajo crecimiento, corrupción y frustración con gobiernos que prometieron cambios que no llegaron a materializarse.
No siempre gana la derecha: a veces pierde el oficialismo
Más allá de sus diferencias, las nuevas derechas latinoamericanas comparten algo más que una coincidencia temporal. Muchas de ellas llegaron al poder cuestionando a las élites políticas tradicionales y presentándose como una alternativa frente a un sistema que consideran agotado.
En Brasil, los precios de los alimentos habían descendido, el desempleo se encontraba en niveles históricamente bajos, la inflación permanecía relativamente controlada, los ingresos familiares habían aumentado y la tasa de homicidios continuaba descendiendo. Sin embargo, esas mejoras no lograron convertirse automáticamente en una percepción social de bienestar ni, mucho menos, en capital político para el oficialismo. La explicación, entonces, no parece encontrarse únicamente en la economía.

Tal vez el crecimiento de las derechas latinoamericanas no sea únicamente producto de una conversión ideológica de los electorados. También puede ser el resultado de una creciente incapacidad de los oficialismos para transformar mejoras macroeconómicas o programas de gobierno en una sensación concreta de futuro.
Estados Unidos
En este escenario, Estados Unidos y Donald Trump aparecen como un factor que no puede ignorarse. La política estadounidense volvió a tener una presencia más directa en los asuntos latinoamericanos, y varios de los nuevos liderazgos de derecha mantienen afinidades políticas y discursivas con Washington. Brasil ocupa un lugar especialmente relevante en esta disputa; mientras Lula sostiene una política exterior orientada hacia la autonomía y el multilateralismo, Flávio Bolsonaro se muestra más cercano a Trump y plantea una relación más estrecha con Estados Unidos. El resultado de las elecciones brasileñas, por lo tanto, no solo tendrá consecuencias sobre la política interna del país, sino también sobre el equilibrio regional y la posición de América Latina frente a las principales potencias. En palabras de Trump, los resultados favorables a Bolsonaro fueron calificados como una “gran victoria, increíble, de verdad”.
Hablar de una nueva “marea derechista” puede ser tan tentador como engañoso. Que varios países hayan elegido gobiernos de derecha no significa que todos sus electorados hayan experimentado el mismo desplazamiento ideológico. Las causas que explican cada resultado son diferentes y, en muchos casos, el voto opositor parece tener tanto peso como la identificación con un proyecto de derecha. La simultaneidad de los resultados puede hacer pensar en una ola regional, pero no necesariamente implica que exista un único movimiento detrás de ellos. Podríamos estar confundiendo correlación con causalidad: distintos países, atravesados por problemas diferentes, pueden estar llegando al mismo resultado electoral por caminos propios.
Brasil vuelve entonces a ser el punto de partida para pensar el problema, pero ya no como una excepción, sino como parte de un escenario mayor. El avance del bolsonarismo confirma que las derechas continúan teniendo una capacidad significativa para canalizar el descontento político, pero todavía no permite afirmar que América Latina haya entrado definitivamente en un nuevo ciclo político. Quizás sea más preciso hablar de un nuevo péndulo regional: después del avance de las izquierdas, una parte importante de los electorados volvió a buscar alternativas en la derecha, aunque por motivos que no son necesariamente los mismos. El resultado del balotaje brasileño será, en ese sentido, mucho más que la definición de un presidente: será una nueva señal para medir hasta dónde llega este desplazamiento y si estamos frente a una transformación política duradera o ante otra oscilación del siempre cambiante péndulo latinoamericano.
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