A las cinco de la tarde del domingo las autoridades electorales le pusieron el candado a las puertas de los colegios cuando dejaron de ver movimiento en las calles. En este instante, comenzó otra elección de la que se vivía en la previa. Lula da Silva llegaba como favorito, bajo las palabras del “estadista”, “líder más influyente del siglo” y “la voz de los pueblos ante el avance de la derecha”. Mientras que, en Río de Janeiro, Flávio Bolsonaro, catalogado como el “hijo de”, buscaba impedir una definición anticipada para llevar la disputa al balotaje, buscaba evitar una definición anticipada y forzar el balotaje, aunque su campaña llegaba incluso hablando de una posible victoria en primera vuelta. A las seis de la tarde, el escenario era otro.

Flávio Bolsonaro, con apenas un puñado de mesas escrutadas, obtenía más del 50% de los votos y el silencio invadía el primer piso del búnker del Partido de los Trabajadores. Un movimiento dentro de la sala de prensa de uno de los medios más importantes del mundo provocó una avalancha en el hotel. Algo pasaba en el segundo piso, donde se encontraban candidatos al Congreso, militantes del PT y funcionarios de otros países que acompañaron a Lula.
El candidato del Partido Liberal obtuvo finalmente el 47% de los votos válidos. Lula, el 45%. Más de 56 millones de brasileños acababan de votar por el “hijo de” Jair Bolsonaro; casi 54 millones lo hicieron por el actual presidente. La diferencia terminó siendo estrecha.
El clima acompañó la jornada. Antes del cierre de las urnas, los celulares de los brasileños vibraron con una alerta de tormenta. ¿Una señal? Luego la lluvia se apaciguó, como la diferencia entre Lula y Bolsonaro. El resultado dejó un escenario favorable para la derecha de cara al balotaje, aunque la tormenta terminó siendo menos grave de lo alertado por el servicio meteorológico.
Brasil recién elegirá presidente el 25 de octubre. Pero la primera vuelta dejó una conclusión política antes de tiempo: el bolsonarismo demostró que puede competir sin su máxima figura, Jair Bolsonaro.
Flávio llegó a la elección con una trayectoria nacional mucho menor que la de Lula, uno de los dirigentes que marcó la política latinoamericana. Senador por Río de Janeiro y sin experiencia ejecutiva, disputó por primera vez la presidencia a los 45 años. Su principal capital político fue también su apellido y una tendencia al “voto en contra de” más que “a favor de”.

Tras el mandato de Jair Bolsonaro y su traumático final político, marcado por el intento de golpe de Estado, la pregunta que no dejaba dormir a la derecha brasileña era cuánto del fenómeno dependía exclusivamente de Jair. Las urnas del domingo ofrecieron su primera respuesta. Más de 56 millones de brasileños votaron a su hijo. Triunfo de los nepobabys que se expanden en la región. Noboa, Fujimori y ahora Bolsonaro. Mismos apellidos, distintos nombres.
La noche invadió Brasil. El panorama era victorioso en Brasilia, en el búnker del Partido Liberal, y fúnebre en São Paulo, en la sede del PT. Frente a sus seguidores, Flávio remarcó un cambio de ciclo. “Está decretado o fim da era do PT”. También habló de un Brasil que, según su lectura, votó por el cambio político.
El resultado presidencial fue apenas una arista de la fotografía. El bolsonarismo consiguió la bancada más grande tanto en el Senado como en Diputados y condicionaría profundamente un eventual nuevo gobierno de Lula si el actual presidente logra revertir el escenario en la segunda vuelta.
Algunos nombres permiten repasar el avance del bolsonarismo en el mapa. Tarcísio de Freitas consiguió la reelección en São Paulo y Sergio Moro, el exjuez que condenó a Lula, ganó la gobernación de Paraná.
Otra postal de la noche estuvo en el búnker del PT. No hubo abrazos de festejo, de esos que se dan después de una victoria de tu equipo de fútbol. Fueron abrazos largos, apretados y silenciosos, más parecidos a los de una despedida. Frente a la prensa y a dirigentes del PT, Lula se subió al escenario y recurrió a un léxico futbolero para bajarle la espuma al golpe sufrido en el partido de ida de esta final. “E eu sou muito bom no mata-mata”, dijo. La elección, planteó, entraba ahora en una especie de eliminación directa entre dos candidatos. El detalle es que uno llega con 3 goles contra cero del otro, y con más jugadores en cancha.
Los candidatos que quedaron fuera del balotaje se ubican, en su mayoría, a la derecha de Lula. Ronaldo Caiado y Romeu Zema, entre otros, compitieron desde espacios conservadores. Augusto Cury y Renan Santos, tercero y cuarto, reunieron juntos algo más de cinco puntos. Si se agregan los votos de Caiado y Zema, los cuatro candidatos ubicados detrás de Lula y Bolsonaro concentraron alrededor de 7,6% de los votos. No significa que esos sufragios vayan a trasladarse automáticamente hacia Flávio, pero sí constituyen una reserva electoral clave de cara al 25 de octubre.
La abstención también será una carta que se jugará en la mesa. Es el ancho de espada de la elección. Lula ya adelantó que buscará movilizar a quienes no participaron de la primera vuelta. Buena parte de la campaña venidera estará centrada en captar esos votos y evitar que la elección quede reducida únicamente a la transferencia de apoyos entre candidatos.
La foto general de la elección es también generacional, y no hay que ignorar. Lula tiene 80 años y busca un cuarto mandato presidencial. Actualmente, el promedio de edad de los mandatarios sudamericanos ronda los 56 años. Flávio tiene 45 y disputa por primera vez la presidencia. Detrás de ambos aparecen las dos fuerzas que dominaron la discusión política brasileña durante la última década. El lulismo y el bolsonarismo. La primera vuelta terminó. La elección, en cambio, acaba de empezar.
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