La OTAN busca con urgencia nuevas defensas antiaéreas para Ucrania mientras Rusia acelera la producción de misiles

Un misil interceptor Patriot Advanced Capability 2 es lanzado desde una estación de lanzamiento M903 Patriot asignada a la Batería D, 1.er Batallón, 1.er Regimiento de Artillería de Defensa Aérea durante la parte de fuego real del Ejercicio Tenacious Archer 25 el 21 de agosto de 2025. (Foto del Ejército de EE. UU. por el Capitán Frank Spatt)

Un misil interceptor Patriot Advanced Capability 2 es lanzado desde una estación de lanzamiento M903 Patriot asignada a la Batería D, 1.er Batallón, 1.er Regimiento de Artillería de Defensa Aérea durante la parte de fuego real del Ejercicio Tenacious Archer 25 el 21 de agosto de 2025. (Foto del Ejército de EE. UU. por el Capitán Frank Spatt)

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) trabaja para conseguir con urgencia nuevas capacidades de defensa aérea para Ucrania después de que las fuerzas ucranianas no lograran derribar ninguno de los 24 misiles balísticos utilizados por Rusia durante su último ataque masivo, mientras Moscú acelera la producción de este tipo de armamento de cara al próximo invierno.

El presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, posa frente a un sistema de misiles de defensa aérea Patriot en Alemania, el 11 de junio de 2024. Créditos: Jens Butter, AFP.

El secretario general de la alianza, Mark Rutte, abordó la situación con el presidente Volodímir Zelenski, quien reclamó eliminar las demoras políticas y administrativas que frenan las entregas. El problema se agravó durante 2026: según el mandatario ucraniano, Kyiv recibió durante la primera mitad del año apenas un tercio de los misiles antiaéreos suministrados por sus aliados en 2025.

La magnitud de la brecha quedó expuesta durante el ataque ruso del miércoles. Moscú lanzó 24 misiles balísticos, cuatro misiles de crucero/hipersónicos Zircon y 115 drones. Las fuerzas ucranianas consiguieron derribar 98 de las aeronaves no tripuladas, pero ninguno de los misiles balísticos, en un ataque que dejó al menos 17 muertos y decenas de heridos.

Rusia aumenta sus misiles más rápido que Ucrania sus interceptores

Zelenski advirtió que Rusia pretende incrementar significativamente la producción de misiles balísticos antes del invierno, período en el que Moscú tradicionalmente intensifica sus ataques contra infraestructura eléctrica y energética ucraniana. Serhii Beskrestnov, asesor presidencial en tecnología de defensa, estimó que las fuerzas rusas podrían alcanzar una capacidad de lanzamiento de hasta 100 misiles balísticos por mes contra centros logísticos, industrias, depósitos y otras instalaciones.

El problema industrial no es nuevo. Escenario Mundial ya había advertido que Rusia estaba produciendo misiles balísticos a un ritmo superior al de los interceptores estadounidenses utilizados por Ucrania. Esa diferencia comienza ahora a trasladarse directamente al campo de batalla: Rusia puede aumentar el volumen y frecuencia de sus salvas mientras Kyiv debe administrar una cantidad cada vez más limitada de municiones capaces de detenerlas.

Patriot con banderas de Alemania, la UE y Ucrania: Crédito: Ministerio de Defensa de Ucrania.

Los sistemas Patriot de origen estadounidense tienen un papel especialmente crítico. Según la Fuerza Aérea ucraniana, son actualmente la principal capacidad disponible en el país para interceptar amenazas balísticas avanzadas como los Iskander-M y determinados misiles empleados por Rusia. La escasez de interceptores obliga además a Kyiv a decidir qué ciudades e infraestructuras proteger y frente a qué amenazas emplear municiones de alto valor.

La guerra en Irán también presiona las reservas de Patriot

La crisis ucraniana está conectada con un problema mucho más amplio para Estados Unidos y sus aliados. Escenario Mundial ya había analizado cómo la guerra en Irán comenzó a poner bajo presión las reservas de defensa aérea disponibles para Ucrania, debido al elevado consumo de interceptores Patriot y otros sistemas empleados para proteger fuerzas estadounidenses y aliados en Medio Oriente.

Según estimaciones citadas por The Guardian, el inventario estadounidense de interceptores Patriot habría caído de manera considerable desde el inicio de ese conflicto, mientras los países del Golfo utilizaron más de mil interceptores durante sus primeros meses. El Pentágono sostiene, sin embargo, que mantiene reservas suficientes para cumplir sus necesidades operativas.

Un sistema de misiles tierra-aire MIM-104 Patriot del Ejército de EE. UU. es disparado durante un ejercicio de defensa aérea costera en Balikatan 23, en el Comando de Educación, Entrenamiento y Doctrina Naval de Filipinas, el 25 de abril de 2023. Créditos: Cuerpo de Marines de EE. UU.

Washington intenta compensar el problema aumentando la producción. Lockheed Martin entregó más de 600 interceptores de última generación durante 2025 y pretende elevar su capacidad anual hasta aproximadamente 2.000 unidades hacia 2030. Europa, mientras tanto, prevé inaugurar en septiembre en Alemania su primera instalación destinada a producir misiles Patriot. Pero ninguna de esas medidas puede resolver inmediatamente la escasez actual.

En julio, Donald Trump reconoció una “escasez crítica” de misiles Patriot y abrió la posibilidad de que Ucrania obtenga una licencia para producirlos. Las conversaciones continúan e incluyen una alternativa por la cual empresas ucranianas fabricarían determinados componentes para realizar posteriormente el ensamblaje final en Europa. Incluso si existe un acuerdo político, desarrollar esa capacidad industrial demandaría años.

La urgencia de la OTAN expone así un problema que ya no depende únicamente de cuántas baterías antiaéreas pueda recibir Kyiv. Ucrania viene buscando desarrollar su propio escudo antimisiles ante el agotamiento progresivo de los suministros occidentales, mientras Rusia intenta producir y lanzar más misiles de los que Occidente puede fabricar y entregar como interceptores. La competencia por la defensa del cielo ucraniano se transforma, de esta manera, en una carrera industrial entre la capacidad rusa de generar nuevas amenazas y la velocidad con la que Estados Unidos y Europa pueden reponer las armas necesarias para derribarlas.

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