El Pentágono ha iniciado una transformación radical bajo el concepto estratégico de “pie de guerra” (wartime footing), una condición que busca preparar la base industrial para disuadir y, de ser necesario, prevalecer en un conflicto prolongado entre potencias. Con una solicitud de presupuesto para el año fiscal 2027 de 1,5 billones de dólares (el 4,6% del PIB), Estados Unidos marca una ruptura con las tendencias de “tiempos de paz” para enfrentar una realidad industrial donde la superioridad tecnológica ya no es suficiente si no se puede sostener en masa.
Esta nueva doctrina se sustenta en cinco pilares invisibles: señales presupuestarias consistentes, coordinación profunda en las redes de proveedores, incentivos efectivos para la innovación comercial, colaboración estrecha con aliados y la capacidad humana para traducir la inversión en inventario real. Sin embargo, alcanzar esta resiliencia exige superar cinco cuellos de botella críticos que el Departamento de Defensa reconoce como vulnerabilidades sistémicas.
El primero de ellos son los motores de cohete sólido (SRM), el corazón propulsor de casi toda la familia de proyectiles guiados. Si este suministro falla, se detiene por completo la fabricación de interceptores vitales como el Patriot (PAC-3 MSE), el THAAD, el Tomahawk y el SM-6. Históricamente, este sector estuvo dominado por solo dos grandes contratistas, lo que limitaba la velocidad de reposición de inventarios agotados, aunque actualmente se están sumando nuevos actores como Anduril, Ursa Major y X-Bow para aumentar las tasas de producción.
Un segundo obstáculo determinante reside en los buscadores (seekers) y sensores de guiado, componentes sin los cuales las municiones de precisión (“exquisite”) e interceptores de defensa aérea dejan de fabricarse. Su producción depende críticamente de tierras raras e imanes de alto rendimiento, un área donde Washington reconoce una vulnerabilidad extrema, ya que China controla más del 90% de la fabricación global de estos imanes. Sin estos elementos, los misiles pierden su capacidad de ataque de precisión, una ventaja táctica que EE. UU. intenta asegurar mediante la estrategia “mine-to-magnet” para crear una cadena de suministro fuera del control de Pekín.
El tercer y cuarto cuello de botella afectan la producción masiva de hardware pesado y letalidad básica. La escasez de piezas forjadas y fundidas de alta especificación imposibilita la fabricación de cuerpos de proyectiles de artillería de 155 mm, morteros y cascos de buques. Actualmente, el JPEO Armaments & Ammunition lidera un aumento de producción de munición de 155 mm para alcanzar los 100.000 disparos mensuales, lo que requiere modernizaciones urgentes en talleres de forja de plantas estratégicas como SCAAP. Paralelamente, la falta de explosivos energéticos, propelentes y nitrocelulosa paralizaría la entrega de artillería convencional y bombas de aviación, lo que ha motivado inversiones masivas en plantas como HSAAP y RFAAP para asegurar químicos esenciales como el IMX-104 y el PBXN-12.
Finalmente, el déficit en motores, cámaras térmicas y controladores para drones representa el quinto desafío, afectando la fabricación de pequeños sistemas aéreos no tripulados (sUAS) y municiones merodeadoras. Bajo el programa “Drone Dominance”, el Pentágono busca desplegar 300.000 unidades para finales de 2027, convirtiendo a la microelectrónica en un punto crítico para la producción a escala económica.
Ante esta realidad, Estados Unidos está ampliando agresivamente sus instalaciones, con ejemplos como el nuevo Centro de Aceleración de Municiones de Lockheed en Arkansas y la planta de Anduril en Mississippi, además de integrar a unas 10.000 nuevas firmas para garantizar que el país pueda reconstituir su capacidad militar más rápido de lo que un adversario pueda agotarla.
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