Corea del Norte volvió a elevar el tono contra Japón y acusó a Tokio de abandonar su postura defensiva para avanzar hacia una capacidad militar ofensiva. La denuncia llegó pocos días después de que Kim Jong-un supervisara nuevas pruebas de armamento desde el destructor Kang Kon, una de las plataformas más ambiciosas de la incipiente modernización naval norcoreana.
La combinación de ambos movimientos muestra una dinámica cada vez más visible en el noreste asiático: Pyongyang denuncia el rearme japonés como una amenaza directa, mientras acelera su propia transición hacia una fuerza naval con misiles de crucero, guerra electrónica y buques de mayor porte.
Según la agencia estatal norcoreana KCNA, Japón estaría transformando sus Fuerzas de Autodefensa en una herramienta de “agresión en el exterior”, con capacidades que Pyongyang considera ya no hipotéticas, sino reales. La crítica apuntó especialmente al desarrollo de submarinos no tripulados armados con torpedos y minas navales, la producción masiva de misiles de largo alcance y la adquisición de misiles de crucero Tomahawk de fabricación estadounidense.
Para Corea del Norte, esos programas confirman que Japón está dejando atrás los límites de su modelo de defensa de posguerra. La acusación se inscribe en una narrativa recurrente de Pyongyang, que presenta cualquier ampliación de capacidades japonesas como una amenaza existencial y como una continuidad histórica del militarismo japonés en Asia.
Pero el señalamiento llega en un momento en que Japón efectivamente atraviesa una transformación profunda de su política de defensa. Tokio viene impulsando capacidades de contraataque, misiles de largo alcance, defensa antimisiles, sistemas no tripulados y mayores presupuestos militares, en respuesta a un entorno regional marcado por el avance de China, el programa nuclear norcoreano y las dudas sobre la estabilidad del compromiso estadounidense en Asia.
La clave está en que Japón ya no piensa su defensa únicamente en términos de interceptar amenazas cerca de su territorio. Su nueva estrategia busca desarrollar capacidades de ataque a distancia —o “standoff”— que permitan responder contra bases, lanzadores o centros de mando enemigos si el país enfrenta una agresión. Para Tokio, se trata de reforzar la disuasión. Para Pyongyang, en cambio, es la prueba de que Japón se prepara para atacar.
Ese choque de interpretaciones es uno de los motores de la tensión actual. Cada paso japonés para ampliar su defensa es leído por Corea del Norte como una amenaza ofensiva. Y cada prueba norcoreana refuerza en Tokio la necesidad de acelerar su propio rearme.
El otro lado de la ecuación está en la Armada norcoreana. En los últimos días, Kim Jong-un supervisó pruebas de armamento desde el destructor Kang Kon, un buque de unas 5.000 toneladas que fue reparado tras sufrir daños durante un fallido lanzamiento el año pasado. De acuerdo con reportes basados en medios estatales norcoreanos, las pruebas incluyeron el lanzamiento de un misil de crucero con capacidad nuclear, el empleo del cañón principal, sistemas automáticos, guerra electrónica y mecanismos de detección de blancos.
Kim ordenó que el destructor sea incorporado al servicio activo en un plazo de dos meses, una señal de urgencia política y militar. El Kang Kon se suma al Choe Hyon, otro destructor de 5.000 toneladas que Corea del Norte presentó como parte de su nuevo esfuerzo por construir una Armada más moderna y de mayor alcance.
Hasta ahora, Corea del Norte era observada principalmente por su programa nuclear, sus misiles balísticos, sus lanzamientos de prueba y su capacidad de amenazar a Corea del Sur, Japón y bases estadounidenses en la región. Pero el énfasis reciente en destructores, misiles navales, guerra electrónica y futuras plataformas submarinas indica que Kim quiere ampliar el perfil militar del país hacia el dominio marítimo.
El salto no es menor. Una Armada más capaz permitiría a Pyongyang complementar su disuasión terrestre con nuevas opciones de ataque, vigilancia y proyección costera. También podría complicar la planificación de Estados Unidos, Corea del Sur y Japón, que deberían monitorear no solo lanzadores terrestres, sino también plataformas navales con capacidad de operar en el Mar del Este, el Mar Amarillo y otros espacios cercanos.
El objetivo de Kim parece ser doble. Por un lado, modernizar una de las ramas más débiles de las Fuerzas Armadas norcoreanas. Por otro, demostrar que el país puede construir plataformas más complejas, integrar sistemas de armas diversos y avanzar hacia una estructura militar menos dependiente de misiles lanzados desde tierra.
Ese esfuerzo todavía enfrenta límites importantes. Los expertos mantienen dudas sobre la calidad real de los nuevos buques norcoreanos, su capacidad de supervivencia frente a Armadas más avanzadas y la eficacia de sus sistemas de combate. También persisten interrogantes sobre cuánto apoyo técnico externo pudo recibir Pyongyang, especialmente en un contexto de acercamiento militar con Rusia.
Aun así, la señal política es clara. Corea del Norte quiere mostrar que puede entrar en la competencia naval regional y que su disuasión no se limita a silos, lanzadores móviles o pruebas balísticas. La presencia de Kim en las pruebas del Kang Kon buscó reforzar esa imagen: una Corea del Norte capaz de combinar misiles, buques de superficie, sensores y guerra electrónica.
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