Durante décadas, la creciente dependencia del petróleo importado fue considerada uno de los principales puntos débiles de China. Sin embargo, la crisis energética desencadenada por la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos terminó revelando una realidad diferente y es que el gigante asiático resiste al shock petrolero del Golfo y muestra una ventaja estratégica frente a Occidente. Pero ¿cómo?, logrando absorber el mayor shock sobre el mercado petrolero mundial en años gracias a una estrategia de seguridad energética construida con antelación, basada en reservas estratégicas, diversificación de proveedores y una transformación gradual de su matriz energética.
El cierre temporal del estrecho de Ormuz —paso por el que circula cerca de una quinta parte del comercio mundial de petróleo— golpeó especialmente a China, el mayor importador global de crudo y uno de los países más expuestos a esa vía marítima. Hasta antes del conflicto, aproximadamente la mitad de sus importaciones de petróleo provenían de productores del Golfo Pérsico. No obstante, lejos de desencadenar una crisis de abastecimiento, el gobierno chino respondió utilizando reservas acumuladas durante años de precios relativamente bajos, limitando las exportaciones de combustibles refinados para priorizar el consumo doméstico y reduciendo drásticamente las compras internacionales de crudo.
La crisis en el estrecho de Ormuez puso de relieve el cambio estructural en la economía China
En este sentido, la respuesta de Pekín también refleja un cambio estructural en su economía. En los últimos años, el crecimiento acelerado del parque de vehículos eléctricos, la expansión de la energía solar, eólica y nuclear, junto con una menor intensidad energética de la actividad industrial, redujeron progresivamente la dependencia del petróleo respecto del conjunto del sistema energético chino. Esta transformación permitió amortiguar el impacto del encarecimiento del crudo sin provocar grandes alteraciones en la actividad económica, una diferencia notable frente a crisis energéticas anteriores.
Otro elemento clave fue la planificación estratégica de las reservas. Aunque China no publica oficialmente el volumen de sus inventarios, diversos análisis basados en imágenes satelitales y datos comerciales estiman que el país acumuló durante 2025 y comienzos de 2026 uno de los mayores volúmenes de petróleo almacenado del mundo. Esa política permitió que, durante los momentos más críticos del conflicto, Pekín sustituyera parte de sus importaciones por petróleo almacenado, evitando salir al mercado internacional en condiciones desfavorables y contribuyendo, indirectamente, a contener una escalada aún mayor de los precios globales.
En paralelo, China profundizó durante los últimos años la diversificación de sus fuentes de abastecimiento. Las importaciones procedentes de Rusia aumentaron exponencialmente tras las sanciones occidentales derivadas de la guerra en Ucrania, mientras que también crecieron los vínculos energéticos con Asia Central y otros productores fuera del Golfo. Si bien Oriente Próximo continúa siendo una región crítica para la seguridad energética china, la dependencia efectiva del estrecho de Ormuz resulta hoy menor de lo que sugieren las cifras brutas de importación gracias a esa diversificación y al mayor peso de la producción doméstica y de otras fuentes energéticas.
China parecer ser el ejemplo de algunos países de Occidente y Asia
El contraste con otras economías tanto de Occidente como de Asia fue evidente. Japón, por ejemplo, tuvo que acelerar la búsqueda de proveedores alternativos y reorganizar parte de sus cadenas de suministro para reducir su dependencia del Golfo, mientras distintos países recurrieron a sus reservas estratégicas para estabilizar el mercado. China, en cambio, pudo administrar la crisis con mayor margen de maniobra gracias a una planificación de largo plazo que convirtió una vulnerabilidad histórica en una ventaja geopolítica.
Lo cierto es que especialistas advierten que esta resiliencia no elimina completamente los riesgos. Una interrupción prolongada durante varios meses en el estrecho de Ormuz continuaría representando un desafío para la economía china, especialmente por su elevada demanda de gas natural licuado y la importancia estratégica de Oriente Próximo para la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Sin embargo, la reciente crisis demostró que la seguridad energética ya no depende exclusivamente del volumen de petróleo importado, más bien de la capacidad estratégica de un Estado para anticipar escenarios, diversificar riesgos y construir reservas antes de que estallen los conflictos. En ese terreno, China parece haber obtenido una ventaja estratégica que hoy varios países de Occidente observan con atención.
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