Mercosur y Alianza del Pacífico: dos modelos opuestos para un mundo que cambió de reglas

Mercosur y Alianza del Pacífico. Imagen generada con IA

Mercosur y Alianza del Pacífico. Imagen generada con IA

Sus diferencias institucionales responden a estructuras productivas y estrategias comerciales distintas. El desafío aparece cuando una racionalidad adecuada para su origen deja de ofrecer respuestas frente a un escenario internacional en transición.

Los mandatarios presentes en la 68 cumbre del Mercosur. Créditos: @GermanyDiplo en X

Mientras las grandes potencias vuelven a competir con subsidios, controles tecnológicos y política industrial, y el comercio global se reorganiza en bloques, conviene volver la mirada hacia los dos grandes esquemas de integración de América Latina. El Mercosur y la Alianza del Pacífico fueron diseñados de maneras casi opuestas. Entender por qué, ayuda a identificar qué herramientas y qué limitaciones conserva cada uno frente al mundo que viene.

En América Latina conviven dos modelos de integración regional claramente distintos. El Mercosur fue concebido como un mercado común, con arancel externo común, negociación comercial conjunta y la aspiración de construir un mercado ampliado. La Alianza del Pacífico, en cambio, funciona como una zona de libre comercio de institucionalidad liviana, sin arancel común y con una orientación explícita hacia los mercados globales, especialmente Asia-Pacífico. Estas diferencias, lejos de ser burocráticas o simples reflejos de alineamientos políticos coyunturales, responden a las necesidades económicas, los estilos de desarrollo y las estrategias de inserción internacional de sus miembros.

El diseño institucional y normativo de estos bloques dependió directamente de la estructura productiva de sus integrantes, del tamaño de sus mercados internos, de los sectores capaces de resistir o impulsar la apertura y de la forma en que cada país ya se vinculaba con la economía mundial. Por eso, una mayor profundidad institucional no constituye una virtud en sí misma. Una unión aduanera puede ser funcional si los socios quieren administrar juntos su relación con terceros; puede transformarse en una fuente permanente de tensiones si cada gobierno pretende conservar plena autonomía. Del mismo modo, una zona de libre comercio puede reducir costos y facilitar negocios sin generar políticas productivas comunes.

Alianza del Pacífico

El Mercosur comenzó a gestarse antes de su creación formal. El acercamiento entre Argentina y Brasil durante los gobiernos de Raúl Alfonsín y José Sarney combinó la consolidación democrática, la superación de una rivalidad estratégica y una integración económica gradual y sectorial. Ambos países contaban con los mercados internos y los entramados industriales más densos de América del Sur. Sectores como el automotor, la siderurgia, la química y la metalmecánica concentraban empleo, inversiones y capacidad de presión política. Una apertura abrupta podía generar costos elevados y territorialmente concentrados, desde el conurbano bonaerense hasta el ABC paulista.

El Tratado de Asunción de 1991 reformuló ese impulso en un contexto marcado por las reformas de mercado, la liberalización comercial y la búsqueda de inversiones. El Mercosur no fue, por lo tanto, una continuación intacta del viejo proteccionismo latinoamericano. Fue un diseño híbrido: conservó la idea de utilizar la región para ganar escala, pero la combinó con la apertura y con el denominado “regionalismo abierto”, concepto desarrollado por la CEPAL para describir una integración compatible con una inserción internacional más competitiva.

La lógica era comprensible. El mercado regional debía permitir que las empresas ampliaran su escala, se especializaran y mejoraran su productividad antes de enfrentar una competencia global más intensa. El arancel externo común preservaría un margen de preferencia para la producción regional y la negociación conjunta aumentaría el poder frente a Estados Unidos, Europa o Asia. El problema apareció en la ejecución: la protección no siempre logró la transición hacia mayor productividad, la coordinación macroeconómica nunca se consolidó y la política comercial común quedó atravesada por excepciones.

La principal contradicción del Mercosur fue adoptar objetivos de integración profunda con instituciones débiles para alcanzarlos. Las decisiones se toman por consenso, cada Estado conserva capacidad de veto y muchas normas requieren incorporación nacional. Ese minimalismo fue racional al comienzo porque permitió avanzar sin una cesión significativa de soberanía. Con el tiempo, sin embargo, dificultó la construcción de un verdadero gobierno económico regional. El peso de la diplomacia presidencial ayudó a resolver crisis puntuales, pero no reemplazó instituciones capaces de asegurar el cumplimiento sistemático de los compromisos. La arquitectura que hizo posible el acuerdo inicial también contribuyó a mantener incompleta la unión aduanera.

La Alianza del Pacífico surgió de una trayectoria diferente. Chile, Colombia, México y Perú la lanzaron con la Declaración de Lima en 2011 y la formalizaron con el Acuerdo Marco en 2012. Para entonces, los cuatro ya habían avanzado individualmente en la apertura comercial y contaban con extensas redes de tratados con Estados Unidos, la Unión Europea y otras economías. La Alianza no abrió economías cerradas, sino que articuló y profundizó aperturas que ya existían. Por eso preservar la autonomía comercial de cada miembro no era una carencia, sino una condición central del proyecto.

Comparación Alianza del Pacífico con el Mercosur. Crédito: Imagen generada con IA

Su Protocolo Adicional eliminó barreras, unificó reglas de origen e incorporó disciplinas sobre servicios, inversión, compras públicas y facilitación comercial. La acumulación de origen permite que insumos producidos en cualquiera de los cuatro países sean considerados regionales, favoreciendo potencialmente los encadenamientos entre empresas. La institucionalidad liviana reduce costos burocráticos y evita limitar los acuerdos externos de cada miembro. Así, la Alianza funciona como una plataforma de coordinación de inserciones nacionales más que como un intento de construir una política económica regional autónoma.

Esa flexibilidad también tiene límites. La convergencia normativa no genera por sí sola infraestructura, proveedores regionales, financiamiento ni capacidades tecnológicas. El comercio entre los propios miembros continúa siendo reducido —cercano al 2,5 % de sus exportaciones, frente a un máximo del 16,8 % que el Mercosur alcanzó en 2007—, señal de que sus economías mantienen vínculos más intensos con Estados Unidos, China, Europa y Asia que entre sí. Esto es parcialmente coherente con un bloque diseñado para proyectarse hacia afuera, pero también muestra su escasa capacidad para crear una densidad productiva nueva o sostener políticas comunes frente a cambios políticos internos.

La diferencia central puede resumirse de manera sencilla: el Mercosur procuró utilizar la integración para modificar las condiciones bajo las cuales sus miembros se insertaban en el mundo; la Alianza del Pacífico busca facilitar una inserción que sus integrantes ya habían adoptado individualmente. Uno asigna a la región una función transformadora; la otra, una función coordinadora. Sus instituciones no representan distintos grados de seriedad, sino respuestas diferentes a problemas también distintos.

Ese contraste se vuelve decisivo en el escenario actual. La fragmentación geoeconómica, el retorno de la política industrial y la competencia por cadenas estratégicas alejan al sistema internacional del optimismo comercial de los años noventa. En ese marco, la intuición del Mercosur sobre escala, capacidad productiva y poder negociador recupera relevancia, aunque su estructura siga sin convertir esa escala potencial en acción colectiva. La Alianza conserva ventajas de flexibilidad y acceso a mercados, pero ofrece menos herramientas cuando las grandes potencias compiten mediante subsidios, controles tecnológicos y relocalización industrial. Ningún diseño es universalmente superior: uno debe transformar su ambición en capacidad efectiva; el otro, convertir su apertura en mayor densidad económica. La pregunta ya no es cuál funcionó mejor en el pasado, sino cuál racionalidad envejece mejor en el mundo que viene.

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