Ucrania lanzó uno de sus mayores ataques aéreos contra Moscú desde el inicio de la invasión rusa y golpeó la refinería de Kapotno, una instalación clave para el abastecimiento energético de la capital rusa. El ataque provocó incendios, columnas de humo visibles sobre la ciudad y alteraciones en el funcionamiento de varios aeropuertos.

El presidente Volodímir Zelenski presentó la operación como una respuesta directa a los recientes ataques rusos contra Kiev, incluido el bombardeo que dañó el complejo monástico de Pechersk Lavra, uno de los sitios religiosos e históricos más importantes de Ucrania. Su mensaje fue una advertencia política y militar: si Rusia mantiene su ofensiva contra ciudades ucranianas, Moscú también quedará expuesta.
La refinería atacada está ubicada en el área de Kapotno, al sudeste de Moscú, y es una de las instalaciones energéticas más relevantes para la región metropolitana. Según reportes internacionales, abastece una parte sustancial del combustible que consume la capital rusa, incluyendo gasolina y diésel, lo que convierte al objetivo en algo más que un símbolo.
El golpe también expuso un problema sensible para Moscú: la defensa aérea de la capital. Autoridades rusas aseguraron haber derribado cientos de drones en distintas regiones y cerca de 180 o más aparatos dirigidos hacia Moscú, aunque esas cifras no pudieron ser verificadas de manera independiente. Pese a ello, varios drones lograron alcanzar zonas urbanas e infraestructura estratégica.
Zelenski sostuvo que los drones ucranianos atravesaron varias capas de defensa aérea desplegadas alrededor de Moscú. La afirmación busca instalar una lectura clara: Ucrania no solo está ampliando el alcance de sus ataques, sino que también intenta demostrar que la capital rusa ya no puede ser presentada como un espacio protegido frente a la guerra.
La operación se inscribe en una campaña más amplia contra la infraestructura energética rusa. Durante los últimos meses, Kiev intensificó sus ataques contra refinerías, depósitos de combustible, puertos, aeródromos y nodos logísticos con el objetivo de golpear la economía de guerra de Moscú y dificultar el abastecimiento de sus fuerzas.
El dato central es que Ucrania está trasladando parte de la presión bélica hacia el interior de Rusia. Ya no se trata únicamente de defender Kiev, Járkov o Sumy de misiles y drones rusos, sino de imponer costos directos sobre instalaciones que alimentan la maquinaria militar y económica del Kremlin.
La lectura de fondo es que la guerra de drones entró en una fase más profunda: Ucrania busca compensar su desventaja territorial con ataques de largo alcance, mientras Rusia enfrenta el desafío de proteger una infraestructura energética extensa y vulnerable. Si esta dinámica continúa, Moscú no solo tendrá que sostener su ofensiva en el frente, sino también defender cada vez más lejos de Ucrania los recursos que permiten financiarla.
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