La expansión de la flota de portaaviones de China se ha convertido en uno de los símbolos más visibles de la transformación militar impulsada por Pekín durante las últimas dos décadas. Con el Liaoning y el Shandong ya en servicio, el Fujian avanzando en sus pruebas de mar y proyectos para futuras unidades más avanzadas, la Armada del Ejército Popular de Liberación busca consolidar una capacidad que hasta hace pocos años era patrimonio casi exclusivo de Estados Unidos.
Sin embargo, detrás de esta aceleración no existe una única explicación. El programa de portaaviones chino responde a una combinación de factores estratégicos, históricos y geopolíticos que reflejan las ambiciones del país en el Indo-Pacífico. Una forma de entenderlo es a través de tres conceptos identificados por el historiador griego Tucídides hace más de dos mil años: miedo, honor e interés.
El temor
La primera explicación está vinculada a la percepción de vulnerabilidad estratégica de China. A medida que su economía se volvió dependiente de las importaciones energéticas y del comercio marítimo global, también creció la preocupación por la posibilidad de que Estados Unidos pueda restringir rutas marítimas clave durante una crisis o conflicto. Desde la óptica de Pekín, la estrategia estadounidense en el Indo-Pacífico y el fortalecimiento de alianzas en la denominada Primera Cadena de Islas representan un riesgo para sus intereses.
En ese contexto, los portaaviones aparecen como una herramienta destinada a ampliar el alcance operativo de la Armada china y reducir la dependencia de las bases terrestres. Más que una simple demostración de fuerza, forman parte de una estrategia para asegurar que China pueda proteger sus líneas de suministro y proyectar poder más allá de sus aguas cercanas.
Prestigio nacional y hegemonía regional
La construcción de portaaviones también tiene una dimensión política y simbólica. Para el liderazgo chino, convertirse en una potencia naval de primer orden significa recuperar parte del prestigio perdido durante el llamado “siglo de la humillación”, cuando las potencias occidentales y Japón impusieron su dominio sobre una China debilitada. En este sentido, la expansión naval es presentada como una muestra del regreso de China al lugar que considera propio dentro del sistema internacional.
Pero estos buques también cumplen una función concreta. Los grupos de combate de portaaviones permiten reforzar la presencia militar china en el Mar de China Meridional, extender operaciones hacia el Pacífico Occidental y aumentar la presión sobre Taiwán. Para Pekín, son una herramienta clave para respaldar sus reclamos territoriales y fortalecer su influencia en el Indo-Pacífico.
La pieza visible de una estrategia mucho más amplia
Los portaaviones no operan de manera aislada. China ha desarrollado durante años una arquitectura militar que incluye destructores modernos, submarinos, aviones de combate y una poderosa fuerza de misiles antibuque de largo alcance. Esta combinación busca dificultar una eventual intervención estadounidense cerca de las costas chinas y otorgar a Pekín una mayor libertad de acción en escenarios sensibles como Taiwán.
Además, estas plataformas ofrecen capacidades que van más allá del combate. Pueden participar en operaciones humanitarias, evacuaciones de civiles o misiones diplomáticas, reforzando la imagen de China como actor global. La aceleración del programa de portaaviones, por lo tanto, no responde únicamente a una carrera armamentística: representa la manifestación más visible de una ambición mayor, la de transformar a China en una potencia marítima capaz de influir en el equilibrio de poder regional y global.
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