“No olviden las Islas ni olviden a los soldados que estuvieron”: Fernando Suárez y su regreso a las Islas Malvinas a 44 años de la guerra

Fernando Suarez en el Cementerio de Darwin, Islas Malvinas. Crédito: Alejo Sanchez Piccat / Escenario Mundial

Fernando Suarez en el Cementerio de Darwin, Islas Malvinas. Crédito: Alejo Sanchez Piccat / Escenario Mundial

En Wireless Ridge, Fernando Suárez no camina como quien visita un lugar histórico. Camina como quien vuelve a un lugar conocido. A 44 años de la guerra, su regreso a las Islas Malvinas permite reconstruir desde el terreno una parte de lo que vivió durante los 60 días que permaneció desplegado en las islas. Para quien no estuvo allí, el mapa ordena nombres, líneas y distancias. Con Fernando al lado, ese mapa empieza a tener una voz: señala referencias, busca piedras, mira hacia Monte Longdon y vuelve sobre los lugares donde estuvo con el Regimiento de Infantería 7.

Fernando Suarez en el Cementerio de Darwin, Islas Malvinas. Crédito: Alejo Sanchez Piccat / Escenario Mundial

Fernando Suárez es soldado clase 1962. Cumplió el servicio militar obligatorio en el Regimiento 7 de Infantería, con asiento en La Plata. Ya había sido dado de baja cuando fue convocado nuevamente para ir a Malvinas. “Vine a Malvinas con el Regimiento 7, después de haber hecho el año de servicio militar. Fui convocado, ya estaba dado de baja y a los dos meses fui convocado para venir con la clase 1962”, contó durante la entrevista.

Esta fue su tercera vez en las islas. Pero el viaje tuvo una diferencia: volvió acompañado por sus hijos. No fue un detalle menor. Para Fernando, parte del sentido de volver era mostrarles aquello que durante años había sido difícil explicar solo con palabras. “Quería mostrarles los lugares donde estuve, contarles un poco las experiencias”, explicó. También quería que pudieran sentir algo del clima, de la intemperie y de las distancias. “Quería que sintieran también la inclemencia del tiempo, porque yo muchas veces les contaba alguna situación o alguna experiencia y siempre tuve la sensación de que no llegaban a entender lo que era el frío, la lluvia o la intemperie y las distancias”.

Esa idea atravesó buena parte del recorrido. En Malvinas, la distancia no siempre se entiende desde el mapa. Los montes pueden confundirse, las pendientes parecen menos importantes de lo que son, las posiciones no se reconocen de inmediato y muchas referencias dependen de detalles mínimos. Caminar con Fernando permitió reconstruir esa geografía desde una memoria concreta. No era solamente ubicar Wireless Ridge. Era entender qué significaba estar ahí, hacia dónde miraba el dispositivo argentino, cómo se leía Monte Longdon desde esa posición y qué cambiaba cuando el relato no venía de un libro, sino de alguien que había pasado la guerra en ese terreno.

Fernando lo dice sin rodeos. “Yo lo siento como si la montaña o el ridge, que fue mi posición, fuese mía. Llego ahí y es mi lugar”. Después agrega: “Las islas me encantan, me encanta el paisaje, las siento con mucho sentimiento y en especial ese lado de la montaña lo siento como si fuese un terreno grande mío”. Es la forma en que un veterano describe el lugar donde estuvo desplegado, donde esperó, donde combatió y desde donde todavía puede reconstruir posiciones.

Con el paso de los años, incluso esa memoria del terreno cambia. Fernando reconoce que en sus primeros viajes podía ubicar con más precisión cada posición. Esta vez necesitó ayudarse con referencias: piedras, un palo, marcas que siguen en el lugar. “Lo voy olvidando. En los primeros viajes ubicaba exactamente cada posición. Ahora ya necesitaba piedras para ubicarme o alguna referencia, como un palo que siempre queda ahí tirado. Pero es mi lugar”, contó.

A 44 años, volver a Malvinas no es solamente visitar puntos históricos. Es intentar reconstruir una guerra que sigue en el terreno, pero que no siempre se muestra sola. Wireless Ridge puede parecer una altura más. Con Fernando, empieza a ordenarse de otra manera: dónde estaba el mortero, hacia dónde apuntaban, qué monte era cuál, qué se veía desde la posición y qué significó quedar en la fase final del dispositivo defensivo argentino alrededor de Puerto Argentino.

Fernando explica que la disposición original del Regimiento 7 estaba pensada para otro tipo de amenaza. Según su relato, esperaban defender un posible desembarco por otro sector. Pero el desembarco británico en San Carlos cambió la lógica de la guerra terrestre. “En vez de tener un desembarco por el noreste, que era donde yo tenía que defender con el mortero, los ingleses desembarcan en el este, en San Carlos, y cruzan la isla hacia el oeste”, explicó.

En el recorrido con Fernando se pudo encontrar restos de la guerra de Malvinas. Crédito: Alejo Sanchez Piccat / Escenario Mundial

Ese cambio alteró la forma de entender la posición. “Dimos vuelta el mortero y, de supuestamente ser la primera línea defensiva, terminamos siendo la última”, resumió. La frase permite leer el giro operacional desde el punto de vista de un soldado: una posición pensada para una hipótesis terminó integrada en la última línea de defensa antes del desenlace en torno a Puerto Argentino.

Los días que más recuerda son los últimos. Hasta entonces, la guerra había tenido bombardeos, cañoneo naval, artillería y desgaste cotidiano. Pero para Fernando, el recuerdo más fuerte aparece cuando la acción llegó directamente a su posición y a las posiciones vecinas. “Con los morteros no tiramos hasta el día 11 de junio, que fue cuando el tercero de paracaidistas ataca a Monte Longdon y nosotros desde Wireless Ridge tiramos al Monte Longdon”, recordó.

Después vino el combate contra el segundo batallón de paracaidistas en Wireless Ridge, entre el 12 y el 13 de junio. “Los recuerdos son de esos días, los días de acción, los días de combate, que son los difíciles”. Y marca una diferencia: los demás días tampoco habían sido fáciles, pero el cuerpo se iba acostumbrando a ciertas rutinas de la guerra. “Estaba la artillería naval, después el cañoneo naval y después fue la artillería cuando se dio el desembarco. No eran fáciles, pero era algo de todos los días y uno lamentablemente se va acostumbrando”.

Mapa de Monte Longdon y Wileress Ridge en las Islas Malvinas. Crédito: Alejo Sanchez Piccat / Escenario Mundial

Uno de los tramos más concretos de su testimonio aparece cuando habla del sonido. Fernando recuerda que aprendían a reconocer si el fuego estaba cerca o no. “Uno sabe por los ruidos o por el silbido si la cuadrícula que están batiendo es la tuya o es la de un costado”, explicó. Esa frase dice mucho sobre la guerra.

“Los difíciles son cuando te llega a vos”, dijo. En su caso, esos días fueron la noche del 11 de junio, con los morteros defendiendo Monte Longdon, y luego el combate del 12 al 13 en Wireless Ridge. Después llegó el repliegue. “Ya viene el repliegue bajando a Moody Brook y la tristeza de entrar el día 14, de día ya, al pueblo, cuando ya se dio la rendición”.

La historia de Fernando no termina ahí. Una vez en Puerto Argentino, ya con el Regimiento 7 reuniéndose en un galpón, se produjo un episodio que él considera importante y que, según dice, no aparece demasiado en los relatos de la guerra. El repliegue había sido desordenado y los efectivos iban llegando al pueblo de a grupos. “Nos iban tomando los nombres, a ver quiénes volvíamos, quiénes no”, recordó.

En ese contexto, su jefe recibió la orden de formar una compañía de voluntarios para defender la gobernación. Fernando se ofreció. “Me ofrecí de voluntario y ahí nos dieron más munición. Me acuerdo que nos agregaron granadas que nosotros no teníamos”. Salieron del galpón y fueron hacia la Casa del Gobernador, sobre Ross Road. Se apostaron alrededor, detrás de plantas y matorrales, esperando una orden.

Fernando explica por qué se ofreció. Por un lado, quería acompañar a un jefe. “Me parecía que correspondía seguir al lado de él, no solamente en las malas y después abandonarlo”, dijo. Por otro lado, sentía que la gobernación tenía un valor simbólico y político. “En mi cabeza era: cae la gobernación, cae el gobernador y se pierde la guerra”.

Casa del Gobernador, Islas Malvinas. Crédito: Alejo Sanchez Piccat / Escenario Mundial

Desde esa posición vieron pasar tropas británicas por Ross Road. No venían directamente hacia la gobernación; seguían hacia el pueblo. Fernando y los demás esperaban una orden. “No sé si de disparar, pero los veíamos ahí a pocos metros, 20 metros”, contó. La orden que llegó fue otra: volver al galpón.

“Para mí fue un baldazo”, dijo. La frase resume el choque entre lo que él creía que todavía podía ocurrir y lo que ya estaba decidido. “Estábamos queriendo defender algo que estaba vacío, queriendo tener la última posibilidad de que la guerra no se pierda porque todavía tenemos la gobernación y resulta que ya habíamos perdido, nosotros no sabíamos”.

Fernando cuenta ese episodio con dos sensaciones juntas: orgullo y bronca. Orgullo por haberse ofrecido; bronca porque la rendición ya estaba dada y ellos todavía estaban dispuestos a volver a arriesgarse. Lo explica desde la edad y desde el momento: eran pocos, la situación militar ya estaba definida, pero en su cabeza todavía existía una última posibilidad. “Uno estaba dispuesto a seguir dando todo para no perder la guerra, aunque éramos solo 10 y la rendición ya estaba dada”, recordó.

La posguerra abrió otra etapa. Fernando dice que volvió a su casa muy triste y que no podía hablar del tema. “Yo no hablé con mis papás de la guerra. Ellos nunca me preguntaron qué pasó. Yo nunca hablé”, contó. Hoy, como padre, mira ese silencio de otra forma: “No me imagino guardando silencio ante una experiencia así con mis hijos”.

Ese silencio no estuvo solo en su casa. “Volví y fue un silencio terrible, el mismo silencio en mi casa que en la calle o en el barrio o con amigos. Y eso no ayudó”, dijo. En su testimonio, el silencio aparece como parte de la posguerra: lo que no se preguntó, lo que no se pudo contar, lo que quedó guardado durante años.

Cuando se le preguntó qué fue lo más difícil de los 60 días en Malvinas, Fernando no eligió el frío. Tampoco el hambre. “No, no. Los amigos heridos y muertos”, respondió. Después explicó que al frío uno podía acostumbrarse, que el hambre cerraba el estómago y que siempre algo conseguían y compartían con el grupo del mortero. Lo que no se acomodaba de la misma manera era la falta de los compañeros.

“Lo que no te acostumbrás es esa falta de los compañeros o de los amigos”, dijo. Esa frase ordena todo el tramo final de su relato. En la guerra, muchas cosas se vuelven rutina por necesidad: el clima, la espera, el fuego, la escasez. Pero la pérdida de un amigo no entra en esa lógica.

Cañon en Monte Longdon, Islas Malvinas. Crédito: Alejo Sanchez Piccat / Escenario Mundial

Fernando menciona el caso de Alejandro Vargas, un amigo de Monte Grande que estaba en la Compañía A. Lo cuenta con cuidado, como una de esas escenas que no se fueron. Lo importante es lo que deja ver: la guerra siguió después en la imposibilidad de volver al barrio y contarle a un padre lo que había pasado con su hijo. “Eso es lo difícil”, resumió. “No el hambre, el frío o extrañar la cama calentita. Lo difícil es lo otro”.

Ante la pregunta sobre cómo le gustaría que se recuerde la guerra, Fernando vuelve a los que no pudieron regresar y también a quienes volvieron. No busca una frase grandilocuente. Habla de jóvenes que estuvieron ahí con su edad, sus miedos, su instrucción y sus limitaciones. Lo importante, para él, es recordar que cada uno reaccionó como pudo en una situación límite y que quienes quedaron en las islas dieron lo mejor que tenían.

“En la montaña vivir o morir era suerte”, dijo. Y lo explicó con una imagen concreta: una esquirla podía ir para cualquier lado. En Wireless Ridge murió Juárez y él, Suárez, pudo haber sido confundido por la similitud del apellido. “Pude haber sido yo con la S y no él con la J”, recordó.

Cuando se le preguntó cómo le gustaría ser recordado a él, Fernando habló de algo mucho más simple que una ceremonia. Contó que, desde que en el DNI figura su condición de veterano, algunas veces personas desconocidas le dieron la mano y le agradecieron. “Me pasó tres veces en 40 y tantos años”, dijo. Una de esas veces fue mientras hacía un trámite. La persona vio el documento, le dio la mano y le dijo gracias.

“Eso ya es suficiente”, explicó. “A mí no me interesa el desfile por la avenida del Libertador, la medalla del Congreso, no. Ese afecto, esa muestra de cariño de un desconocido que te da la mano y te dice gracias, eso para mí es lo más importante”.

Al final, Fernando dejó un mensaje pensado especialmente para los jóvenes. “Que no se olviden las Islas Malvinas”, dijo. Pidió que no se olvide el esfuerzo de quienes estuvieron allí y que se siga hablando del tema sin necesidad de volverlo grandilocuente. “No vamos a ser así grandilocuentes, que la llama del héroe, no”, aclaró. Lo que le importa es que se mantenga la transmisión: que las nuevas generaciones sepan qué pasó y qué significó para los soldados que estuvieron en las islas.

“Que se siga hablando, que se siga respetando y que los chicos no olviden. No olviden las islas ni olviden lo que pasó en las islas con los soldados que acá estuvieron”, pidió.

A 44 años de la guerra, recorrer las Islas Malvinas con Fernando permite entender algo que el mapa no alcanza a mostrar. Las líneas y los nombres ayudan, pero no explican del todo el frío, la distancia, el sonido de la artillería, el silencio de la posguerra ni la falta de los compañeros. Para eso hizo falta caminar el terreno con él. Y escuchar, desde su propia voz, por qué ese lugar sigue y seguirá siendo parte de su historia.

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