Las Fuerzas Armadas de Rusia aumentaron la presión militar sobre el frente ucraniano durante mayo, pero no lograron convertir esa intensidad en avances territoriales significativos frente a Ucrania. Por el contrario, según el tracker ucraniano DeepState, Moscú habría cerrado el mes con un balance territorial negativo por primera vez desde la contraofensiva ucraniana de 2023, pese a haber incrementado de manera marcada la cantidad de ataques contra posiciones ucranianas.
El dato es relevante porque rompe con una dinámica que se había sostenido durante gran parte de la guerra de desgaste: Rusia avanzaba lentamente, a un costo altísimo, pero seguía acumulando pequeñas ganancias territoriales. En mayo, esa lógica parece haber encontrado un límite. De acuerdo con el relevamiento de DeepState, Rusia realizó más de 7.000 asaltos durante el mes, un aumento cercano al 37% frente a abril, pero sus ganancias brutas no alcanzaron para compensar las recuperaciones ucranianas.
El Ministerio de Defensa de Ucrania reportó una cifra similar en cuanto a intensidad del combate: 7.008 enfrentamientos en la línea del frente durante mayo, frente a los 5.085 registrados en abril. Es decir, no se trató de una disminución del esfuerzo ofensivo ruso, sino de lo contrario: Moscú atacó más, lanzó más presión sobre los sectores activos y aun así no consiguió traducir esa actividad en progreso territorial neto.
La paradoja es justamente esa. Rusia no está frenando su ofensiva; está aumentando el volumen de ataques. Pero el rendimiento de esos ataques parece estar cayendo. La relación entre esfuerzo, bajas, consumo de munición, uso de bombas guiadas y territorio capturado se volvió cada vez menos favorable para Moscú.
El fenómeno también fue señalado por el Institute for the Study of War, que desde abril viene registrando una desaceleración del avance ruso y, según su metodología, pérdidas netas de territorio controlado. La diferencia entre ambos sistemas de medición es importante: DeepState trabaja con una combinación de mapeo OSINT y actualización demorada por razones de seguridad, mientras que ISW mide zonas bajo control evaluado, sin incorporar del mismo modo áreas disputadas o infiltraciones. Pero ambos apuntan a una misma tendencia: la ofensiva rusa perdió eficiencia.
El punto no significa que Ucrania haya pasado automáticamente a una ofensiva amplia ni que Rusia haya dejado de ser peligrosa. La línea del frente sigue bajo presión, especialmente en Donetsk, Járkov, Sumy y otros sectores donde las fuerzas rusas mantienen ataques diarios. Pero sí indica que la capacidad rusa de convertir ataques masivos en avances sostenidos está siendo contenida.
Una de las claves de esta evolución parece estar en la campaña ucraniana contra la logística rusa. El Ministerio de Defensa ucraniano lanzó a fines de mayo el programa “Logistics Lockdown”, con una asignación adicional de 5.000 millones de grivnas para fortalecer capacidades de ataque de medio alcance contra almacenes, rutas de suministro, puestos de mando, equipamiento y nodos logísticos rusos en profundidad operacional.
La lógica detrás del programa es clara: si Ucrania no puede igualar a Rusia en volumen de tropas o artillería, debe atacar la capacidad rusa de mover, abastecer y sostener esas fuerzas. Según el propio Ministerio de Defensa ucraniano, en los últimos meses Kiev multiplicó la destrucción de logística, depósitos, vehículos, equipos y rutas de suministro enemigas. Esa presión, combinada con drones de alcance medio y ataques sobre líneas de comunicación terrestres, busca reducir la capacidad rusa de sostener operaciones ofensivas prolongadas.
El presidente ucraniano Volodímir Zelenski reforzó esa lectura al afirmar que las fuerzas ucranianas ya pueden alcanzar la logística rusa en prácticamente toda la profundidad de los territorios ocupados. Según el mandatario, en el sur y el este de Ucrania casi no quedan rutas seguras para las fuerzas rusas. Esa frase resume el objetivo operacional de Kiev: convertir la retaguardia rusa en una zona de riesgo constante.
El impacto de esa campaña no se mide solo en vehículos destruidos o depósitos alcanzados. También afecta los tiempos de rotación, la llegada de reservas, el abastecimiento de municiones, el combustible, las evacuaciones médicas y la posibilidad de sostener presión constante sobre una línea de contacto extensa. Si Rusia necesita más recursos para mover cada unidad al frente, su ventaja numérica pierde parte de su efecto.
A eso se suma el creciente papel de los drones ucranianos en el frente y en la profundidad operacional. Analistas del ISW señalaron que las campañas ucranianas de drones de alcance medio y de primera línea están limitando la capacidad rusa de transportar personal hacia el frente y sostener posiciones avanzadas. En términos simples: incluso si Moscú recluta más hombres, el problema pasa a ser cómo llevarlos, abastecerlos y mantenerlos vivos en una zona saturada por sensores y drones.
El cambio también expone una vulnerabilidad del modelo ofensivo ruso. Durante meses, Rusia basó su avance en ataques de infantería constantes, infiltraciones, presión artillera, bombas planeadoras y desgaste acumulativo. Ese método puede funcionar cuando el adversario no logra golpear la logística y cuando las pérdidas son compensadas por nuevas tropas. Pero si los movimientos hacia el frente se vuelven más costosos y las rutas dejan de ser seguras, el modelo empieza a perder rendimiento.
Mayo muestra justamente ese síntoma: más ataques, pero menos resultado. Rusia siguió lanzando asaltos y utilizando grandes cantidades de bombas aéreas guiadas, pero la línea no se movió en la proporción esperada. Ucrania, por su parte, no necesitó una gran contraofensiva territorial para alterar el balance: bastó con contener, recuperar posiciones puntuales y golpear la retaguardia rusa de manera sistemática.
La lectura debe ser prudente. Un mes de balance territorial negativo no garantiza un cambio definitivo en la guerra. Rusia conserva superioridad en varios rubros, mantiene capacidad de lanzar ataques aéreos masivos y sigue presionando con gran volumen de personal. Además, Moscú puede modificar tácticas, concentrar fuerzas en sectores específicos o intentar compensar el problema logístico con nuevos despliegues.
Pero el dato de mayo sí importa porque golpea una de las narrativas centrales del Kremlin: la idea de que la guerra de desgaste juega inevitablemente a favor de Rusia. Si Moscú necesita cada vez más ataques para obtener menos terreno, el desgaste deja de ser una ventaja automática y pasa a ser una carga operacional y política.
Para Ucrania, el desafío será sostener esta tendencia. Contener a Rusia no alcanza si no se convierte en una capacidad permanente para degradar logística, negar movimientos, proteger el frente y mantener reservas. La presión rusa no desapareció; lo que parece cambiar es que Ucrania encontró mecanismos más eficaces para reducir el rendimiento de esa presión.
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