Tres petroleros vinculados a la llamada flota fantasma rusa fueron atacados por drones en el Mar Negro, frente a la costa norte de Turquía, en un nuevo episodio de la guerra marítima que rodea a las exportaciones energéticas de Moscú. Los buques afectados fueron identificados como James II, Altura y Velora, todos previamente señalados por su participación en redes asociadas al transporte de petróleo ruso bajo esquemas de evasión de sanciones.
De acuerdo con reportes de la agencia marítima Tribeca, citados por Reuters y AP, los ataques ocurrieron el 28 de mayo en una zona ubicada aproximadamente a 50 millas, unos 80 kilómetros, de la costa turca. No se reportaron heridos entre las tripulaciones y embarcaciones de seguridad costera turcas fueron enviadas para asistir a los buques afectados.
El James II, con bandera de Palaos, navegaba en lastre —es decir, sin carga— cuando fue atacado al norte del área de Türkeli, en el Mar Negro. En la misma zona, los petroleros Altura y Velora, ambos con bandera de Sierra Leona, también fueron alcanzados mientras realizaban una operación de transferencia buque a buque.
Por el momento, ningún actor reivindicó los ataques. Ucrania tampoco realizó comentarios oficiales sobre los incidentes. Sin embargo, el hecho se inscribe en una secuencia cada vez más visible: Kiev viene ampliando su campaña contra infraestructura energética rusa, puertos, terminales, buques y activos vinculados a la exportación de hidrocarburos que financian la maquinaria de guerra de Moscú.
La flota fantasma rusa se convirtió en uno de los blancos más sensibles de esa estrategia. Se trata de una red de buques antiguos, con estructuras de propiedad opacas, banderas de conveniencia, seguros dudosos y rutas diseñadas para evitar controles occidentales. Rusia utiliza ese sistema para seguir exportando crudo y derivados pese al régimen de sanciones impuesto por Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido y otros socios occidentales.
El ataque a los tres petroleros frente a Turquía marca una escalada porque traslada la presión sobre la flota fantasma a un área especialmente sensible: las rutas del Mar Negro próximas al acceso al Bósforo, paso clave para la navegación entre el Mar Negro y el Mediterráneo. Aunque los buques no estaban cargados al momento del ataque, el mensaje operativo es claro: las embarcaciones vinculadas al comercio energético ruso ya no solo enfrentan sanciones, inspecciones o detenciones en puertos europeos, sino también riesgo físico en rutas marítimas.
El caso del Altura refuerza esa lectura. Ese mismo buque ya había sido alcanzado previamente por un ataque con drones en marzo, lo que muestra que determinadas unidades de la flota fantasma están siendo monitoreadas y atacadas de manera recurrente. Para Rusia, esto incrementa los costos de operar una red que depende de buques difíciles de asegurar, rastrear y proteger.
El episodio también vuelve a poner a Turquía en una posición incómoda. Ankara controla los estrechos que conectan el Mar Negro con el Mediterráneo y ha intentado mantener un equilibrio delicado entre Ucrania, Rusia y sus propios intereses de seguridad marítima. Los ataques cerca de su costa elevan el riesgo para la navegación comercial y pueden forzar a Turquía a reforzar controles, asistencia marítima y vigilancia en un espacio que ya es estratégico para la guerra.
Para Ucrania, aunque no haya atribución oficial, la lógica estratégica es evidente: golpear la flota fantasma equivale a atacar una fuente de ingresos rusa sin necesidad de apuntar únicamente contra territorio ruso. Cada buque afectado, demorado, inspeccionado o dañado complica el transporte de crudo, encarece seguros, eleva riesgos para operadores y reduce la previsibilidad del sistema que Moscú construyó para sostener sus exportaciones.
Europa también viene moviéndose en esa dirección. Francia, Bélgica y el Reino Unido intensificaron medidas contra buques sospechados de integrar la flota fantasma, mediante inspecciones, abordajes, detenciones o nuevas autorizaciones legales para actuar contra embarcaciones sancionadas. Esa presión legal y naval se combina ahora con una presión militar directa sobre determinados buques en el Mar Negro.
El problema para Moscú es que su flota fantasma ya no es solo una herramienta económica: se transformó en un blanco estratégico. Cuanto más depende Rusia de estos petroleros para evadir sanciones y sostener ingresos energéticos, más valiosos se vuelven para Ucrania y sus aliados como punto de presión. La guerra, en ese sentido, ya no se limita al frente terrestre ni a los ataques contra refinerías o depósitos: también se libra sobre rutas marítimas, seguros, registros navales, banderas de conveniencia y operaciones buque a buque.
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