Una nota interna del Pentágono que circuló en niveles altos de Washington abrió un escenario impensado hasta hace poco: que Estados Unidos revise su respaldo diplomático a la posición británica sobre las Islas Malvinas como parte de un paquete de represalias contra aliados europeos que no acompañaron la guerra contra Irán. La información fue revelada por Reuters y rápidamente provocó una respuesta del gobierno británico, que ratificó que la soberanía de las islas “recae en el Reino Unido”.
El correo interno no se limitaba a la cuestión Malvinas. También exploraba otras medidas de presión sobre socios de la OTAN, entre ellas la posibilidad de suspender a España de posiciones importantes dentro de la alianza. En ese marco más amplio, uno de los puntos del memo proponía reconsiderar el apoyo diplomático estadounidense a “posesiones imperiales europeas” de larga data, entre ellas las Malvinas. El objetivo era reducir el “sentido de entitlement” de los europeos frente a Estados Unidos después de la crisis con Irán.
La reacción británica fue inmediata. Un vocero del primer ministro Keir Starmer sostuvo que la posición de Londres sobre la soberanía de las islas es “de larga data y firme”, y remarcó además el principio de autodeterminación que invoca el Reino Unido. La respuesta muestra que el tema no fue leído en Downing Street como una especulación menor, sino como una señal suficientemente delicada como para ser contestada públicamente.
Por ahora, no hay un cambio oficial en la posición de Washington. De hecho, la propia web del Departamento de Estado sigue describiendo a las islas como “administradas por el Reino Unido” y “reclamadas por la Argentina”. Pero el dato político no pasa por una modificación ya consumada, sino por otra cosa: por primera vez en mucho tiempo aparece documentada la posibilidad de que sectores del aparato de defensa estadounidense contemplen usar la cuestión Malvinas como instrumento de presión geopolítica sobre Gran Bretaña y otros aliados europeos.
Como ya había advertido Escenario Mundial en marzo, la posibilidad de que Malvinas volviera a entrar en la discusión estratégica estadounidense no era fantasiosa. En ese momento, el medio había señalado que la crisis en Ormuz, el alineamiento de Milei con Trump y la incomodidad de Washington con la cautela británica podían reabrir la pregunta sobre si EE.UU. debía seguir sosteniendo sin matices la posición de Londres. Lo que entonces era una hipótesis geopolítica ahora aparece, al menos parcialmente, reflejado en un documento interno del Pentágono.
También hay otro antecedente que ayuda a medir el cambio de clima. La semana pasada, Escenario Mundial mostró cómo una frase en el prime time de Fox News volvió a poner a Malvinas en el debate público estadounidense, cuando un panelista planteó que las islas deberían ser devueltas a la Argentina. Aquello podía leerse como ruido mediático. Lo de ahora juega en otra liga: ya no habla de televisión, sino de opciones de política discutidas dentro del aparato de defensa norteamericano.
Estados Unidos no cambió oficialmente su posición sobre Malvinas, pero por primera vez una filtración de este nivel muestra que esa posición puede entrar en revisión no por convicción histórica sobre el reclamo argentino, sino como parte de una disputa más amplia con Europa. Y eso, para Londres, ya es una mala noticia. Para la Argentina, en cambio, abre una ventana tan delicada como inusual: la de una causa históricamente encapsulada que de pronto vuelve a aparecer dentro del cálculo estratégico de la principal potencia occidental.
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