En la antesala de la Casa Blanca el pasado miércoles 7 de abril de 2026, el presidente Donald Trump recibió al secretario general de la OTAN, Mark Rutte en un momento crítico para la alianza. La guerra con Irán, y desentendidos previos han llevado a las relaciones transatlánticas a uno de sus puntos más tensos en añós, incluso mientras Europa acelera su inversión militar y contrarresta el peso de Estados Unidos en la alianza.
Este encuentro se produce tras semanas de fricciones en donde Trump ha acusado a los aliados europeos de no respaldar suficientemente la campaña militar de Estados Unidos e Israel contra Irán y llegó a sugerir una posible retirada de Washington de la OTAN. “¿No lo harían ustedes si estuvieran en mi lugar?”, planteó ante la prensa, en medio de críticas en las que calificó a la alianza como un “tigre de papel”.
El choque
El núcleo de la disputa radica en el estrecho de Ormuz y la insistencia de Trump de que los países que dependen del petróleo del Golfo participen en las operaciones para garantizar la navegación. Al contrario, las capitales europeas se mostraron reticentes a involucrarse militarmente.
En este contexto, la reunión apunta a contener la crisis y de persuadir al presidente de moderar sus críticas públicas contra la OTAN, mientras, según fuentes europeas, el jefe de la alianza busca “restaurar el comercio marítimo”.
Para analistas como Oana Lungescu, el Royal United Services Institute, el momento es particularmente delicado. “Este es un punto peligroso para la alianza transatlántica”, mencionó.
Acelera el gasto militar
En paralelo a estas tensiones, un nuevo informe de la OTAN muestra que los aliados europeos están incrementando de forma significativa su inversión en defensa. En 2025, los países europeos y otros socios no estadounidenses destinaron unos 574.000 millones de dólares a defensa, un aumento del 20% interanual. Además, se comprometieron a alcanzar el 5% del PBI en gasto militar y de seguridad para 2035.
El cambio contempla traducirse no solo en cifras sino en capacidades, proyectando quintuplicar sus sistemas de defensa aérea y antimisiles, además de reforzar arsenales con tanques, buques, misiles de largo alcance, artillería y drones.
El informe de la OTAN identifica a Rusia como la principal amenaza para la seguridad euroatlántica, pero advierte que su cooperación con Irán amplía el alcance del riesgo. En ese marco, Ucrania se ha convertido en un actor clave para la adaptación militar de la OTAN. Fuerzas ucranianas y aliadas intercambian lecciones del campo de batalla —especialmente en guerra con drones— y participan en ejercicios conjuntos que exponen debilidades estructurales de la alianza.
Qué está en juego en la reunión Trump–Rutte
Más allá de la coyuntura inmediata, la reunión en Washington refleja un debate más profundo sobre el futuro de la OTAN.
Por un lado, Europa busca mostrar que está asumiendo una mayor carga en defensa y en el apoyo a Ucrania, incluso ante la posibilidad de una menor implicación estadounidense. Por otro, Trump insiste en que los aliados deben hacer más, tanto en gasto militar como en operaciones concretas como la reapertura de Ormuz.
El resultado de este encuentro podría definir no solo la respuesta occidental a la guerra con Irán, sino también el equilibrio interno de la alianza en los próximos años.
En definitiva, la OTAN enfrenta una doble presión. Externa, por la convergencia de amenazas entre Rusia e Irán, e interna, por las crecientes diferencias estratégicas entre Estados Unidos y sus socios europeos. En ese cruce, el aumento del gasto militar europeo aparece como un intento de sostener la cohesión de la alianza en un escenario cada vez más volátil.
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