Las defensas aéreas rusas interceptaron 206 drones ucranianos durante la noche del 17 de marzo, 40 de ellos sobre Moscú, en el cuarto ataque consecutivo contra la capital rusa en menos de una semana. Los ataques se producen mientras las negociaciones entre el Kremlin y Kiev para poner fin a la guerra, iniciada con la invasión rusa a gran escala en febrero de 2022, siguen sin avanzar.

El alcalde de Moscú, Sergey Sobyanin, informó que los sistemas de defensa antiaérea comenzaron a interceptar los drones a partir de las 22:00 hora local. Las operaciones de derribo se extendieron hasta la madrugada: entre las 22:00 del lunes y las 6:15 del martes, las defensas derribaron 39 unidades adicionales sobre la capital. Ucrania no realizó comentarios oficiales sobre los ataques.
Las autoridades rusas no reportaron víctimas ni daños materiales. El número total de drones lanzados por Kiev sigue siendo incierto, ya que Moscú solo informa de las unidades interceptadas, sin dar datos sobre las que eventualmente impactaron territorio ruso.
Los ataques de la noche del 17 de marzo se enmarcan en una escalada sostenida sobre la capital rusa. Sobyanin había informado el 16 de marzo que más de 250 drones sobrevolaron Moscú el 14 de marzo, cifra que no incluye los ataques más recientes. El patrón marca un cambio en la intensidad: Moscú está siendo atacada en días consecutivos, algo que no tenía precedentes frecuentes en etapas anteriores del conflicto.

Aunque Ucrania dirige la mayoría de sus ataques con drones contra instalaciones militares e industriales en territorio ruso, los ataques sobre Moscú responden a una lógica diferente. Funcionarios ucranianos han señalado en reiteradas ocasiones que el objetivo es llevar la guerra del Kremlin a la población rusa, hacer que el conflicto sea tangible para los ciudadanos de la capital, donde hasta ahora la vida cotidiana había permanecido relativamente ajena a la guerra. Los cierres temporales de aeropuertos moscovitas generados por los ataques son parte de esa estrategia.
La escalada sobre Moscú tiene implicancias directas sobre el estado de las negociaciones. Kiev está enviando una señal clara: no está dispuesta a negociar desde una posición de debilidad mientras continúa activa en el campo de batalla. Cada ataque exitoso sobre la capital rusa aumenta la presión interna sobre Putin, que necesita sostener ante su propia población la narrativa de que Rusia controla el conflicto. Para Kiev, mantener esa presión es una herramienta negociadora tan importante como cualquier avance territorial, especialmente en un momento en que las conversaciones están congeladas y el margen diplomático es mínimo.
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