La guerra de desgaste no es sostenible si faltan hombres en las líneas de combate. En ese contexto, el reclutamiento externo puede convertirse en una herramienta funcional siempre que sea voluntario y trasparente. El caso de los ciudadanos kenianos engañados con promesas de empleo calificado y enviados posteriormente al frente en Ucrania expone los límites de esa práctica y revela un red con características propias de trata de personas.

Según testimonios recogidos en informes difundidos por France24 o AlJazeera, varios reclutas viajaron a Rusia bajo ofertas laborales civiles. Una vez en Moscú, fueron trasladados a bases militares, uniformados y habiendo sido despojados de sus pertenencias. Tras un entrenamiento de aproximadamente en un mes, eran enviados primero a la denominada “zona amarilla” y luego a la “zona roja” de combate donde los cuerpos se acumulaban en montañas como “un muro”.
En los últimos meses, varios países africanos como Sudáfrica y Zimbabue ya habían advertido sobre jóvenes reclutados de manera fraudulenta con fines similares. Según el ministro de Relaciones Exteriores de Ucrania, Andrii Sybiha, actualmente más de 1.780 ciudadanos de 36 países africanos combaten del lado ruso. Por otro lado, el Primer Secretario del Gabinete de Kenia, Musalia Mudavadi confirmó el pasado 10 de febrero haber logrado repatriar a 27 kenianos desde la zona de guerra. A su ves calificó de “inaceptable” el uso de sus ciudadanos en combate.

El Secretario agregó que plantearía el tema del reclutamiento fraudulento en una reunión prevista en Rusia en declaraciones a medios locales. “Hemos visto pérdidas de vidas y planeo visitar Moscú para enfatizar que esto debe detenerse”, comentó.
Informe de NIS y respuesta de la embajada rusa
Un informe del Servicio Nacional de Inteligencia de Kenia (NIS), presentado por Kimani Ichung´wah ante el Parlamento sostuvo que agencias de reclutamiento actuaron en connivencia con personal aeroportuario corrupto, funcionario de inmigración y empleados vinculado tanto a la embajada rusa en Nairobi como a la keniana en Moscú. De acuerdo con el documento, funcionarios de ambos países habrían colaborado con agencias deshonestas para facilitar el traslado de civiles al frente.
A ello se suma, que el jueves pasado, la policía keniana arrestó a Festus Omwamba en la ciudad fronteriza de Moyale, bajo sospecha de trata de personas. Fue acusado ante un tribunal antiterrorista en Nairobi de haber facilitado el traslado de 25 kenianos a Rusia el año pasado bajo falsas promesas de empleo. Según el portavoz policial Michael Muchiri, el sospechoso intentaba huir tras regresar de Rusia.
Por su parte, la embajada rusa en Kenia negó categóricamente las acusaciones y las calificó de “campaña de propaganda peligrosa y engañosa”. En un comunicado difundido en X, sostuvo que el gobierno ruso “nunca participó en el reclutamiento ilegal de ciudadanos kenianos en las Fuerzas Armadas”. No obstante, añadió que Moscú no impide que extranjeros “se alisten voluntariamente” y “luchen hombro a hombro” con militares rusos.

Desde una perspectiva estratégica, el analista de seguridad Andrew Franklin, radicado en Nairobi y ex infante de marina de Estados Unidos, sostuvo que el ejército ruso ha ampliado de manera sostenida sus fuentes de reclutamiento, incluyendo prisiones y campos de trabajo. “Lo que buscan los militares rusos son cuerpos, solo cuerpos para llenar los huecos en las filas y mantener la guerra en marcha”, afirmó. A su juicio, la prolongación del conflicto terrestre favorece a Moscú, dado que Ucrania carece de la masa crítica necesaria para imponerse en un enfrentamiento de desgaste.
Franklin agregó que África representa un terreno fértil para este tipo de captación debido a su amplia población joven. En particular, señaló que en África oriental el nivel educativo y el dominio del inglés facilitan la incorporación a estructuras militares donde la comunicación operativa resulta clave.
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