- Estados Unidos envió el portaaviones USS Gerald R. Ford para reforzar el despliegue militar frente a Irán y sostener opciones de presión durante la negociación nuclear.
- El Pentágono evalúa escenarios de operaciones prolongadas contra Irán, mientras Washington y Teherán reanudan conversaciones indirectas con mediación de Omán.
- Irán busca un acuerdo con alivio de sanciones y beneficios económicos, pero rechaza renunciar al enriquecimiento de uranio y anticipa represalias ante un ataque.

Estados Unidos está preparando planes para operaciones sostenidas de “semanas” contra Irán si el presidente Donald Trump ordena un ataque, mientras el Pentágono envía un segundo portaaviones al Medio Oriente y mantiene abierta una vía diplomática con una nueva ronda de conversaciones prevista en Ginebra.
Según Reuters, dos funcionarios estadounidenses indicaron que el planeamiento contempla un escenario más complejo que ataques puntuales, con una campaña capaz de golpear instalaciones estatales y de seguridad iraníes, además de infraestructura nuclear. La Casa Blanca, por su parte, sostuvo que Trump “tiene todas las opciones sobre la mesa”, y el Departamento de Defensa evitó comentar detalles operativos.
El movimiento más visible es naval. El USS Gerald R. Ford, el portaaviones más nuevo y de mayor porte de la flota, se sumará al USS Abraham Lincoln y a un paquete de escoltas, cazas, destructores y medios de vigilancia desplegados en las últimas semanas. Reuters señaló que el Ford venía operando en el Caribe y que sus cronogramas se extendieron desde mediados de 2025, un dato que subraya el costo operativo de sostener dos portaaviones en un teatro al mismo tiempo.
En paralelo, la diplomacia sigue activa. La próxima instancia está prevista para el martes en Ginebra, con enviados estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner y mediación de Omán, que ya ofició de canal en conversaciones previas en Mascate. Teherán insiste en limitar el temario al expediente nuclear, mientras Washington busca incluir misiles y proyección regional, un punto que Irán rechaza de forma sistemática.
Del golpe puntual a una escalada con represalias previsibles
La diferencia de escala es el núcleo del cambio. La operación “Midnight Hammer” de junio pasado fue presentada como un ataque puntual, con bombardeos de largo alcance y una respuesta iraní acotada contra una base estadounidense en Qatar. La hipótesis de una campaña prolongada multiplica el riesgo de un intercambio de golpes sostenido, con Irán utilizando su capacidad misilística y redes de aliados armados para expandir el costo político y militar del conflicto.
Ese riesgo ya se percibe en el plano táctico. A comienzos de febrero, la tensión se tradujo en un incidente cerca del grupo aeronaval: un caza F-35 derribó un dron iraní que se aproximaba al portaaviones Abraham Lincoln, un episodio que empuja a operar con reglas de autoprotección más rígidas y eleva el margen de error en un espacio saturado de sensores, drones y defensa aérea.

Irán, al mismo tiempo, intenta ampliar su margen de negociación con una carta económica. Un funcionario de la cancillería iraní planteó que un acuerdo “durable” debería incluir beneficios para ambas partes, con posibles entendimientos en energía, minería e incluso compras de aeronaves, además de levantamiento de sanciones. Teherán sugiere flexibilidad en niveles de enriquecimiento, pero rechaza “cero enriquecimiento”, una línea roja repetida en ciclos anteriores de negociación.
Washington combina esa ventana con presión adicional. Otra señal reportada por Reuters es el interés de la Casa Blanca en recortar las exportaciones de petróleo iraní a China, un flujo clave para la caja de Teherán. Si esa pinza se endurece, el incentivo económico para un acuerdo y la tentación de escalar militarmente pasan a convivir en el mismo tablero.
Para la región, el punto crítico no es solo el resultado de la negociación, sino el comportamiento del conflicto si se empantana: una campaña de semanas obligaría a Estados Unidos a sostener superioridad aérea y defensa antimisiles en múltiples bases del Golfo, mientras Irán buscaría responder sin exponerse a un golpe decisivo, pero lo suficientemente fuerte como para disuadir y alterar costos, incluida la seguridad marítima y la estabilidad energética.
El próximo hito será la reunión en Ginebra y, en paralelo, el arribo efectivo del USS Gerald R. Ford al área de operaciones. Si la diplomacia no muestra avances verificables, el despliegue de portaaviones deja de ser solo señal política y pasa a ser un reloj de arena operativo: cada día de acumulación incrementa la presión para “usar” la fuerza reunida, y cada represalia iraní abre el riesgo de una escalada regional difícil de acotar.
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