El pasado 22 de enero, bajo la promesa de ser “una de las organizaciones internacionales más relevantes jamás creadas”, Donald Trump formalizó la creación de la denominada Junta de Paz. El anuncio se realizó en Davos, Suiza, en el marco del Foro Económico Mundial, con Trump como presidente del nuevo organismo y con el objetivo declarado de detener la guerra entre Israel y Hamás en Gaza. En este contexto, la iniciativa recibió el respaldo inicial de varios países que firmaron la carta constitutiva durante el foro. Entre los que han mostrado apoyo o adhesión figuran Argentina y Hungría, así como Pakistán, Paraguay, Qatar, Turquía, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos (entre otros), mientras que parte de Europa ha optado por desmarcarse o poner condiciones.

Respuestas de los países
Por un lado, la Junta avanzó como una “coalición de dispuestos”, atrayendo a gobiernos cercanos a Washington o con liderazgos afines a Trump. De acuerdo con reportes de prensa, la lista incluye aliados en Oriente Medio (por ejemplo, países del Golfo) y también socios políticos de Trump en Europa del Este y América Latina.
Por otro lado, se encuentran las reticencias y rechazos (especialmente en Europa). Noruega, Suecia y Francia aparecen entre los países que han preferido no sumarse, con el argumento de fondo de que la paz y la seguridad internacionales deben pasar por el marco de la ONU y, sobre todo, por la lógica de mandatos del Consejo de Seguridad.
Al respecto, México analiza la propuesta. Según lo reportado por El Comercio y otros medios, Claudia Sheinbaum confirmó que recibió una invitación y que la decisión la evaluará la Cancillería, recordando que México reconoce a Palestina y que su política exterior debe ceñirse a principios constitucionales como la autodeterminación de los pueblos.
Al mismo tiempo, Brasil y Francia hacen un llamado a “fortalecer la ONU”. Lula y Macron plantearon reforzar Naciones Unidas como respuesta política a una Junta que —por diseño— parece competir con el multilateralismo tradicional. Lula, además, pidió explícitamente que, si la Junta pretende operar sobre Gaza, incluya un “asiento” para Palestina y limite su alcance a ese conflicto.

Efecto que está teniendo: ¿positivo?
Por una parte, esta junta acelera la diplomacia por presión y visibilidad. Davos le dio a Trump un escenario global para “forzar” definiciones rápidas: sumarse, rechazar o condicionar. Esa velocidad puede abrir ventanas de negociación, especialmente si el foco se mantiene en Gaza y en mecanismos prácticos (alto el fuego, reconstrucción, ayuda).
Asimismo, atrae a actores con capacidad de financiamiento e influencia regional. La participación de países clave de Oriente Medio puede traducirse en recursos y palancas políticas, aunque eso depende de que el diseño sea creíble y no excluya a los directamente afectados.
Efectos “negativos” (y por qué preocupa)
Por otra parte, este organismo fragmenta el sistema internacional, pues el principal efecto ya visible es la discusión sobre si la Junta busca rivalizar con la ONU. Ante ello, la inquietud no es solo simbólica: se habla de una estructura presidida por Trump con amplios márgenes de decisión y una membresía selectiva.
En la misma línea, convierte la gobernanza en “club” y el asiento en mercancía. Parte del debate gira en torno al costo por “asiento” y a una lógica de acceso que se parece más a un consorcio político-financiero que a una organización internacional universal.
Además, pone en tensión el derecho internacional (y la legitimidad). La insistencia de Lula y Macron en “alinear” iniciativas con los mandatos del Consejo de Seguridad refleja un temor central: que surjan canales paralelos que decidan “paz y seguridad” sin el marco jurídico-político de la Carta de la ONU.

La gran implicancia: construir esto mientras se retira de la OMS y otras instancias
Aquí está el corazón político del asunto: Trump no está abandonando la cooperación internacional; está reconfigurándola. Ante ello, la señal es doble:
Por un lado, evidencia una retirada del multilateralismo “clásico” (costoso en reglas, contrapesos y obligaciones). En enero, su administración anunció salidas de decenas de entidades internacionales y se confirmó la línea dura frente a organismos del sistema ONU.
Por otra parte, refleja una creación de un multilateralismo “a medida” (más controlable, selectivo y personalista): una Junta presidida por él, con invitaciones, condiciones y —según reportes— un diseño que puede funcionar como “alternativa” política a la ONU.
En otras palabras: retirarse de la OMS o de otras agencias no contradice la Junta; la completa. Es una estrategia de “salir de lo que limita” y “armar lo que concentra poder”.

Así, la Junta de Paz ya está teniendo efectos antes de “resolver” nada: obliga a los Estados a posicionarse entre dos modelos de orden internacional. Uno, el de la ONU (lento, negociado, con legalidad y vetos compartidos). Otro, el de una arquitectura ad hoc impulsada por Washington y presidida por Trump, que promete eficacia pero despierta dudas de legitimidad y de captura política.
Que México “analice” y que Brasil y Francia pidan volver al paraguas de la ONU muestra el dilema: si la Junta incluye a Palestina, se limita a Gaza y se coordina con mandatos internacionales, puede operar como mecanismo complementario. Si se expande como foro paralelo, el resultado probable es más fragmentación, más diplomacia transaccional y menos previsibilidad normativa.
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Artículo en conjunto con Edwin Bazan


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