La disputa por Groenlandia ha reactivado las tensiones entre Estados Unidos y Europa y ha colocado a la OTAN en el centro de una crisis política en el Ártico. El presidente Donald Trump ha empujado a la Alianza a uno de los momentos más críticos de su historia al amenazar con nuevos aranceles contra aliados europeos que rechazan cualquier intento de control sobre la isla.
Lo que está en juego va más allá de una disputa territorial en el Ártico. Si la relativa estabilidad internacional se ve amenazada por una fractura dentro de la alianza militar más poderosa del mundo, el desenlace dependerá, en parte, de dos factores inciertos: si los republicanos en el Congreso de Estados Unidos estarán dispuestos a desafiar a su propio presidente, y si los líderes europeos están dispuestos a imponer costos reales a Washington por cruzar una línea hasta ahora impensable.
¿Por qué Groenlandia? El trasfondo estratégico del Ártico
Groenlandia concentra tres dimensiones estratégicas que hoy se superponen: geografía militar, recursos y control de rutas árticas.
En el plano militar, la isla alberga Pituffik Space Base, la instalación estadounidense más septentrional, clave para sistemas de alerta temprana, vigilancia espacial y detección de misiles. Este enclave conecta directamente la defensa aeroespacial norteamericana con la dimensión ártica del equilibrio estratégico, reforzando la percepción de Groenlandia como un activo crítico para la seguridad de Estados Unidos.

En el plano geopolítico, el Ártico ha dejado de ser una periferia congelada para convertirse en una autopista estratégica emergente. Europa comparte este diagnóstico y no cuestiona la necesidad de reforzar la seguridad regional. Lo que rechaza es quién toma las decisiones y bajo qué reglas, especialmente cuando estas afectan la soberanía de un aliado.
OTAN, Dinamarca y Groenlandia: ¿la Alianza protege la isla?
Aquí el dilema es estructural.
Dinamarca es miembro fundador de la OTAN, y Groenlandia forma parte del Reino danés. En términos jurídicos, el Tratado del Atlántico Norte —a través de sus artículos 5 y 6— incluye territorios insulares bajo jurisdicción de los Estados miembros en el Atlántico Norte, lo que vuelve relevante a Groenlandia dentro del marco formal de la defensa colectiva. Sin embargo, el problema no es jurídico, sino político.

La OTAN fue diseñada para disuadir amenazas externas. Si la presión proviene del miembro más poderoso de la Alianza, la institución entra en un terreno para el que no fue concebida. De allí que analistas y medios europeos adviertan que cualquier intento coercitivo contra Groenlandia empujaría a la OTAN a una crisis sin precedentes.
En paralelo, se ha discutido si la Unión Europea podría recurrir al artículo 42.7 del Tratado de la UE para asistir a Dinamarca. No obstante, el estatus particular de Groenlandia —fuera de la UE— introduce dudas adicionales sobre el alcance real de esa cláusula.
Trump y Europa: unidad política con límites reales
La reacción europea ante la última escalada ha sido inusualmente firme. Embajadores de la Unión Europea celebraron consultas de emergencia en Bruselas, mientras varios jefes de gobierno —incluidos aliados tradicionalmente cercanos a Trump— expresaron públicamente su determinación de defender la soberanía de Groenlandia, un territorio semiautónomo del Reino de Dinamarca. En Nuuk, la capital groenlandesa, una protesta que reunió a una parte significativa de la población dejó claro que la anexión no cuenta con respaldo local.
Europa dispone, al menos en teoría, de herramientas de presión. Como bloque comercial, la Unión Europea podría recurrir a represalias capaces de afectar a los mercados bursátiles estadounidenses, un terreno especialmente sensible para un presidente que presenta el desempeño económico como prueba central de su liderazgo. Sin embargo, este margen de acción es ambiguo: las represalias comerciales o la limitación de la cooperación militar podrían terminar perjudicando más a los aliados de Estados Unidos que a su propio protector.
Aun así, las reacciones desde Europa han sido consistentes en su respaldo a Groenlandia y en la condena de las acciones de Trump. En esa línea, Kaja Kallas, Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, subrayó públicamente que la seguridad en el Ártico es un interés transatlántico compartido que puede discutirse con Estados Unidos. No obstante, rechazó de plano el uso de amenazas arancelarias. Kallas remarcó que la soberanía “no es objeto de intercambio” y advirtió que, aunque Europa no busca una confrontación, está dispuesta a proteger sus intereses con las herramientas a su alcance.
El riesgo sistémico: cuando la OTAN se convierte en el escenario del conflicto
La alarma es palpable a ambos lados del Atlántico. Un colapso de la OTAN —un escenario impensable hasta hace poco— representaría una victoria estratégica para Rusia y China y el desenlace más desestabilizador de los dos mandatos de Trump en la Casa Blanca.
Aun así, el destino de la alianza parece concentrarse en un solo actor: un presidente que concibe el poder militar estadounidense como un instrumento sin restricciones legales y que desprecia a la OTAN más como una red de protección que como una comunidad política. Para Trump, adquirir Groenlandia no sería solo un movimiento estratégico, sino un legado histórico, comparable al de los presidentes que expandieron el territorio de Estados Unidos.
La señal de la OTAN: contención política, no confrontación
Mientras tanto, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha intentado contener la crisis mediante el diálogo directo con Trump, subrayando la necesidad de preservar la cooperación aliada y la estabilidad en el Ártico.
Tras reunirse con autoridades danesas y groenlandesas, Rutte, a través de la red social “X”, destacó públicamente que el Ártico —incluida Groenlandia— es clave para la seguridad colectiva de la Alianza y que Dinamarca está incrementando inversiones en capacidades estratégicas, reafirmando que la cooperación continuará entre aliados.
Este mensaje no apunta a una confrontación directa. Sin embargo, al insistir en la “seguridad colectiva” y en el rol de Dinamarca, la OTAN envía una señal política clara: Groenlandia no es un activo disponible para negociaciones bilaterales, sino parte de un equilibrio estratégico que la Alianza busca preservar dentro del marco aliado.
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