En una entrevista durante el Foro Económico Mundial, Javier Milei sostuvo que “China es un gran socio comercial” y argumentó que Argentina “tiene que comerciar” con Pekín por su peso global. La definición llegó minutos después de compartir un evento con Donald Trump y mientras el Gobierno argentino impulsa un acuerdo con Estados Unidos, en una señal de pragmatismo económico en medio de la competencia estratégica entre Washington y Beijing.

El énfasis tuvo un componente temporal y simbólico. Milei hizo esas declaraciones a Bloomberg después de participar con Trump en un evento en el que se presentó como miembro fundador de la polémica “Junta de la Paz” impulsada por el mandatario estadounidense. En ese marco, el mensaje apuntó a evitar que el alineamiento político con Washington sea leído como un giro automático hacia un desacople económico con China, un escenario que Argentina difícilmente podría sostener sin costos en exportaciones, financiamiento y proyección comercial.
Comercio y geopolítica: el delicado punto de equilibrio
Bloomberg consignó que Brasil sigue siendo el principal socio comercial de Argentina, con China en segundo lugar. El artículo agrega un dato clave para entender el tono del Presidente: las exportaciones argentinas a China crecieron 62% en 2025 respecto del año anterior, frente a un aumento de 27% en los envíos a Estados Unidos en el mismo período. El contraste refuerza el argumento de Milei: la relación con China no es solo una discusión ideológica, sino un componente estructural de la balanza comercial argentina y de su inserción internacional.
Esa lógica explica el giro discursivo respecto de la campaña. Milei había calificado al gobierno chino con términos extremos cuando era candidato, pero ya como presidente moderó su retórica sin cerrar la puerta al gigante asiático. En Davos, esa transición quedó explicitada en una frase que funciona como señal hacia varios destinatarios a la vez: hacia Trump, que Argentina sostendrá su sintonía estratégica; hacia Beijing, que el vínculo económico no queda subordinado a la confrontación geopolítica; y hacia el mercado, que el Gobierno busca previsibilidad comercial bajo una narrativa de “economía abierta”.

El mensaje también se proyecta sobre el tablero regional. Milei evitó escalar tensiones con Brasil pese a sus diferencias con Luiz Inácio Lula da Silva y afirmó que mantienen una “relación adulta”, con una frase que buscó despegar el comercio de una disputa doctrinaria: “Esto no es una contienda ideológica… en medio están las vidas de millones de seres humanos”, según Bloomberg. En la práctica, esa definición funciona como cobertura política para sostener los flujos comerciales con los dos socios más relevantes, incluso en un contexto de polarización interna y competencia global.
En paralelo, Milei volvió a insistir con su objetivo de alcanzar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos y dijo que podría haber novedades “muy pronto”, al tiempo que elogió el acuerdo UE–Mercosur como una vía para reducir barreras y ampliar mercados. El planteo configura una apuesta de doble filo: Argentina intenta mostrarse como un actor confiable para Occidente y, a la vez, como un país que no renuncia a comerciar con China, justo cuando Washington observa con más atención las cadenas de suministro, minerales críticos y la influencia económica china en América Latina.
El punto de tensión de fondo es político: a medida que la rivalidad entre Estados Unidos y China se vuelve más explícita, los márgenes para sostener equilibrios se achican. Para Argentina, el problema no es solo “con quién” se comercia, sino cuánto condiciona ese comercio la autonomía de decisión, qué costos tiene alinearse en exceso con una potencia y cómo se administra el vínculo con la otra sin quedar atrapado en exigencias cruzadas.
Por ahora, Milei eligió convertir ese dilema en una definición pública: China es “gran socio comercial” y Argentina va a comerciar con China, aun mientras profundiza su relación con Trump y busca un acuerdo con Estados Unidos. La incógnita inmediata es si ese equilibrio se mantendrá cuando la presión geopolítica escale: si Washington pide señales más nítidas, si Beijing busca asegurar posiciones económicas en sectores estratégicos, y cómo impactará todo eso en la política exterior argentina y en su agenda comercial de 2026.
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