La agenda internacional de los últimos días volvió a mostrar un patrón que se consolida: tensiones que no estallan, pero tampoco se disipan. En Europa, la guerra en Ucrania continúa condicionando decisiones políticas y militares, con señales de desgaste diplomático y debates internos sobre el alcance del apoyo occidental. Al mismo tiempo, Estados Unidos refuerza su proyección estratégica fuera del eje euroasiático, ampliando su presencia e influencia en América Latina y el Caribe.

En paralelo, el Atlántico Sur recuperó centralidad como espacio de competencia silenciosa. La actividad británica en torno a Malvinas, los movimientos logísticos asociados y el reposicionamiento argentino en materia de política exterior vuelven a colocar a la región en el radar estratégico. A esto se suma la disputa global por recursos, rutas marítimas y control de espacios comunes, que atraviesa tanto al Indo-Pacífico como a los océanos del hemisferio sur.
Más que una suma de episodios aislados, la semana dejó una señal clara: el sistema internacional avanza hacia una dinámica de fricciones constantes, donde la diplomacia, la disuasión y la economía operan de manera simultánea. En ese tablero en transformación, cada movimiento —por pequeño que parezca— contribuye a redefinir equilibrios que ya no son estables ni previsibles.
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