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Inicio Escenario Mundial

Irán tras el estallido – la gestión del conflicto y la pulseada interna del poder

Alejo Sanchez Piccat Por Alejo Sanchez Piccat
20/01/2026
en Escenario Mundial, Irán, Medio Oriente, Opinión, Regiones
Tiempo de lectura:8 minutos de lectura
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Personas asisten al funeral de las fuerzas de seguridad que fueron asesinadas en protestas antigubernamentales en Teherán, Irán, el 14 de enero [Majid Asgaripour/Agencia de Noticias de Asia Occidental vía Reuters]

Personas asisten al funeral de las fuerzas de seguridad que fueron asesinadas en protestas antigubernamentales en Teherán, Irán, el 14 de enero [Majid Asgaripour/Agencia de Noticias de Asia Occidental vía Reuters]

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Las protestas que atravesaron Irán desde fines de diciembre no deben leerse como un episodio cerrado ni como una mera expresión coyuntural de malestar social. Si bien la intensidad de la movilización callejera disminuyó en las últimas semanas, el conflicto que las originó persiste y se desplazó hacia un terreno menos visible, pero no menos decisivo: el interior del propio sistema de poder. Lejos de una normalización, Irán ingresó en una fase de administración política del conflicto, donde el objetivo central ya no es únicamente contener la calle, sino preservar la cohesión del régimen frente a presiones internas y externas simultáneas.

imagenes que se viralizaron de las protestas en Irán ya que el acceso a internet está restringido por las autoridades. Crédito: AP
imagenes que se viralizaron de las protestas en Irán ya que el acceso a internet está restringido por las autoridades. Crédito: AP

Este cambio de fase ocurre en un contexto internacional particularmente adverso. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca reintrodujo un factor de incertidumbre estratégica que condiciona cada movimiento de Teherán. Las advertencias explícitas desde Washington, combinadas con sanciones económicas persistentes y con señales públicas de apoyo a los manifestantes, elevaron el costo de cualquier respuesta represiva descontrolada. En este marco, la protesta interna dejó de ser solo un problema doméstico para convertirse en una variable más del cálculo geopolítico regional.

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Poder político y poder clerical: una tensión estructural

Uno de los rasgos más relevantes de esta etapa es la relación entre el poder político electo y el poder clerical. La República Islámica se construyó históricamente sobre una superposición de legitimidades: electoral, religiosa y revolucionaria. En contextos de estabilidad, estas capas coexisten sin fricciones evidentes. En momentos de crisis, en cambio, la tensión entre ellas se vuelve más explícita.

En ese esquema, el presidente Masoud Pezeshkian aparece como un actor inclinado a explorar vías de diálogo con los manifestantes. Según explicó Said Chaya, Director del Núcleo de Estudios de Medio Oriente de la Universidad Austral, Pezeshkian “favorece el diálogo y está buscando llegar a algún tipo de acuerdo”, aunque con márgenes extremadamente limitados. “Tiene poco espacio de negociación sin que eso implique un quiebre en el sistema político, y eso no se puede hacer evidente porque hay que preservar ante todo la unidad”, advirtió.

Un manifestante quema una imagen del Ayatolá Ali Khamenei con un cigarrillo durante una manifestación en apoyo a las protestas masivas a nivel nacional en Irán contra el gobierno, el martes 13 de enero de 2026 en Zúrich, Suiza. (Michael Buholzer / Keystone vía AP)
Un manifestante quema una imagen del Ayatolá Ali Khamenei con un cigarrillo durante una manifestación en apoyo a las protestas masivas a nivel nacional en Irán contra el gobierno, el martes 13 de enero de 2026 en Zúrich, Suiza. (Michael Buholzer / Keystone vía AP)

Del otro lado de esa ecuación se encuentra el liderazgo clerical encabezado por Ali Khamenei, que conserva la capacidad de fijar los límites últimos de la respuesta estatal. No se trata de una disputa abierta ni de un enfrentamiento directo, sino de lo que Chaya define como una pulseada de larga data entre el poder político y el poder clerical. Una tensión contenida, administrada con extrema cautela, cuyo objetivo central es evitar cualquier fractura visible que pueda ser explotada tanto por la protesta interna como por actores externos.

El dilema de las concesiones: descomprimir sin habilitar el efecto dominó

En este contexto, el régimen enfrenta un dilema recurrente pero particularmente delicado: si concede reformas, ¿cómo evitar que estas activen un efecto dominó? Como plantea Chaya, el problema no es solo conceder, sino medir las consecuencias políticas de esa concesión. “La pregunta es si las reformas que se concedan realmente van a implicar la desmovilización de la gente o, por el contrario, van a generar un efecto dominó”, señaló.

Desde esta perspectiva, cualquier apertura corre el riesgo de ser leída como una señal de debilidad estructural. “Las concesiones pueden resultar insuficientes y generar que más gente se dé cuenta de la debilidad del régimen y salga a la calle”, explicó el analista. Este cálculo ayuda a entender por qué las respuestas oficiales tienden a ser ambiguas, fragmentarias y cuidadosamente administradas.

Las medidas destinadas a aliviar el malestar, ajustes administrativos, gestos discursivos o correcciones económicas puntuales, suelen implementarse sin reconocimiento explícito de la legitimidad del reclamo. El objetivo es ganar tiempo sin habilitar nuevas demandas. En términos políticos, se trata de un ejercicio de equilibrio permanente entre descomprimir y no mostrar vulnerabilidad.

Represión eficaz y cohesión interna

La reducción de la protesta visible no se explica por una desmovilización espontánea, sino por la eficacia del aparato de seguridad. Las fuerzas encargadas de la represión actuaron de manera coordinada, combinando presencia territorial, detenciones selectivas y control del espacio informativo.

Para Chaya, este punto es central: “La represión en las calles es muy exitosa”, sostuvo, al describir el accionar de la policía y de las fuerzas encargadas del orden interno. Sin embargo, el verdadero límite de esta estrategia no es externo ni moral, sino organizacional. “La pregunta es hasta dónde presionar a esas fuerzas evitando el quiebre, evitando que alguien diga ‘se nos está yendo la mano’”, advirtió.

Un miembro de la policía iraní asiste a una manifestación a favor del gobierno en Teherán, Irán, el 12 de enero de 2026 [Stringer/WANA/Reuters]
Un miembro de la policía iraní asiste a una manifestación a favor del gobierno en Teherán, Irán, el 12 de enero de 2026 [Stringer/WANA/Reuters]

El desafío del régimen, entonces, no es solo contener la protesta, sino hacerlo sin erosionar la cohesión interna del aparato coercitivo. Mantener la disciplina, evitar fisuras en la cadena de mando y preservar la obediencia se vuelve tan importante como recuperar el control del espacio público.

En este sentido, la represión funciona como una herramienta de disciplina política más que como un mecanismo de exterminio del disenso. El objetivo no es eliminar toda oposición, sino reducirla a un nivel manejable, compatible con la estabilidad del sistema.

La presión regional como factor de moderación

Más allá de la condena global, la dimensión regional adquirió un peso específico en esta etapa del conflicto. Los países vecinos observan la crisis iraní con una mezcla de desconfianza y preocupación. Si bien muchos de ellos mantienen profundas diferencias con la República Islámica, existe un consenso implícito en torno a un punto: un Irán desestabilizado representa un riesgo mayor que un Irán autoritario pero previsible.

En este marco, Arabia Saudita emergió como un actor clave en la gestión indirecta de la crisis. La intervención personal del príncipe heredero Mohammed bin Salman y los mensajes transmitidos a Teherán apuntaron a evitar una escalada que pudiera habilitar una intervención estadounidense. La posterior moderación del discurso oficial iraní en relación con eventuales ejecuciones sugiere que el régimen ajusta su nivel de represión en función del costo regional.

Esta dinámica revela un dato central: aunque la presión internacional incide, es la presión regional, más inmediata y tangible, la que actúa como principal amortiguador frente a decisiones irreversibles.

Entre el control y la incertidumbre

La fase actual del conflicto iraní no admite lecturas binarias ni desenlaces rápidos. La disminución de la protesta visible no equivale a una restauración del orden político previo, del mismo modo que la persistencia del régimen no implica estabilidad estructural. Lo que se observa es un sistema que logró recuperar el control del espacio público, pero que lo hizo a costa de profundizar tensiones internas, erosionar aún más su legitimidad y reducir sus márgenes de maniobra a futuro.

En términos estrictamente políticos, el régimen enfrenta un dilema de largo plazo. Cada ciclo de represión exitoso refuerza su capacidad inmediata de control, pero al mismo tiempo debilita los mecanismos de consenso que alguna vez sostuvieron a la República Islámica. La gobernabilidad se apoya cada vez más en la disciplina y cada vez menos en la adhesión. Este desplazamiento no es inocuo: transforma la naturaleza del sistema y condiciona cualquier escenario posterior, incluso aquellos en los que el régimen logre sobrevivir.

La gente camina por una calle mientras estallan protestas por el colapso del valor de la moneda en Teherán, Irán, el 2 de enero de 2026.
La gente camina por una calle mientras estallan protestas por el colapso del valor de la moneda en Teherán, Irán, el 2 de enero de 2026. Crédito: Reuters

Desde el punto de vista del poder, la prioridad ya no es resolver el conflicto social, sino administrarlo. Administrar la protesta sin habilitar su expansión, conceder sin mostrar debilidad, reprimir sin quebrar la cohesión interna y responder a la presión externa sin provocar una escalada irreversible. Es una lógica de gestión del riesgo permanente, donde cada decisión busca evitar el peor escenario posible más que construir uno deseable.

Para la sociedad iraní, este esquema abre un horizonte igualmente incierto. La reducción de la protesta no implica la desaparición del malestar, sino su desplazamiento hacia formas menos visibles y potencialmente más persistentes. El conflicto no se extingue: se encapsula. Y en ese proceso, la distancia entre Estado y sociedad se amplía, alimentando una dinámica de desconfianza que difícilmente pueda revertirse sin cambios más profundos.

Cualquiera que sea el escenario que se imponga en adelante, una continuidad endurecida del régimen, concesiones graduales cuidadosamente dosificadas o una crisis mayor producto de tensiones acumuladas, el resultado no dependerá exclusivamente de la calle. Dependerá, sobre todo, de cómo el propio sistema administre sus contradicciones internas y de cómo el entorno regional e internacional decida intervenir, presionar o contener.

Irán, hoy, no se encuentra ante un punto de quiebre inmediato, pero sí ante un punto de inflexión prolongado. Un proceso en el que el control se impone sobre la legitimidad, la estabilidad se vuelve frágil y el conflicto permanece latente. La calle puede replegarse por momentos; la disputa por el rumbo del sistema, en cambio, sigue abierta y sin una salida clara a la vista.

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Etiquetas: Estados UnidosIránprotestas
Alejo Sanchez Piccat

Alejo Sanchez Piccat

Alejo José Sanchez Piccat es Editor Asociado en Escenario Mundial, interesado en defensa, geopolítica y seguridad internacional. Tiene experiencia directa en el terreno en la guerra de Ucrania, el conflicto Israel–Hamas y en la Antártida. En Escenario Mundial produce análisis sobre política exterior, operaciones militares y conflictos globales

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