EE.UU ha reiterado la retórica anunciada en su Estrategia de Seguridad Nacional: el predominio industrial, tecnológico y comercial en el hemisferio occidental es hoy la prioridad máxima. Al centrar su agenda en la Inteligencia Artificial y la reindustrialización, la administración estadounidense busca asegurar el acceso directo a las tierras raras (REE) —minerales críticos cuyo procesamiento monopoliza actualmente Pekín. En este tablero, Groenlandia emerge como el activo más estratégico y cercano a sus fronteras, convirtiéndose en el epicentro de un blindaje preventivo destinado a evitar el desplazamiento de Washington por Pekín de las cadenas de valor globales.
![Los operadores llevan a cabo entrenamientos en condiciones austeras en la Base Espacial Pituffik, Groenlandia, el 9 de mayo de 2023, como parte del ejercicio ARCTIC EDGE 2023. ARCTIC EDGE 2023 (AE23) es un ejercicio de defensa del territorio liderado por el Comando Norte de los EE. UU., que demuestra las capacidades del ejército estadounidense en climas extremadamente fríos, la preparación de las fuerzas conjuntas y el compromiso militar de los EE. UU. con los intereses estratégicos de seguridad mutua en la región del Ártico. (POLARIS) (Newscom TagID: polspphotostwo226405.jpg) [Foto vía Newscom]](https://www.escenariomundial.com/wp-content/uploads/2025/03/EE.UU_.-groenlandia-2000x1334.jpg)
Aunque Donald Trump declaró a Reuters que la necesidad por Groenlandia responde a la seguridad nacional y ‘no a sus minerales’, el análisis de su estrategia revela que es ambas. Consciente de los vínculos chinos con proyectos mineros en la región y de su superioridad en sistemas de refinado, la Casa Blanca apuesta por una asertividad en el Ártico que bloquee la expansión económica de China en el hemisferio. El objetivo es garantizar el control estadounidense sobre la infraestructura de la Cuarta Revolución Industrial por las próximas décadas. Pero, ¿está logrando Washington los resultados esperados con esta estrategia de presión unilateral?
De la inversión al control territorial: la emergencia del blindaje del Ártico
Por un lado, Pekín ha intentado posicionarse como un socio indispensable para el sector minero local bajo el marco de su “Ruta de la Seda Polar”. Entre sus movimientos más exitosos destaca el control técnico del refinamiento y procesamiento del yacimiento de REE, Kvanefjeld, uno de los más grandes del mundo, junto con constantes propuestas para financiar la infraestructura nacional de la isla.
No obstante, esta inserción china ha sido contenida con éxito gracias a la valla de contención Washington-Copenhague. Mientras Estados Unidos impulsaba inversiones directas y acuerdos técnicos con el gobierno autónomo de Nuuk, Dinamarca ejercía su derecho soberano para blindar la región. El ejemplo más contundente fue la prohibición de la extracción de uranio en 2021; una medida que, bajo una narrativa de protección ambiental, logró paralizar el proyecto Kvanefjeld y neutralizar el principal beneficio que China esperaba obtener de él.

El objetivo de este trabajo conjunto había sido, hasta ahora, impedir mediante herramientas legales y comerciales que Pekín estableciera un punto de apoyo permanente en el Ártico. Pero el panorama está cambiando. Las recientes declaraciones de la Casa Blanca sugieren que Washington ya no considera suficientes estos obstáculos indirectos. El paso de la colaboración institucional a la pretensión de control territorial reitera que, para la administración Trump, el respeto a la soberanía de terceros sobre la isla ya no es un medio fiable para garantizar la seguridad nacional frente a los avances de China como socio.
De aliado transatlántico a activo en la guerra comercial: Bajo la “Donroe Doctrine”
La aplicación de un “corolario Trump” a la Doctrina Monroe —la “Donroe Doctrine”— ha redefinido la política exterior de Washington hacia un predominio hemisférico. Bajo este esquema, Groenlandia ha dejado de ser tratada como un aliado transatlántico en el marco de la defensa colectiva para convertirse en un activo estratégico que Estados Unidos se propone controlar antes de que cualquier rival extra-regional logre proyectar su influencia en él.
Pese a que oficiales de la administración han insistido en que la isla es la pieza clave para la soberanía mineral estadounidense, varios estudios han reportado la inviabilidad de la extracción inmediata. Malte Humpert, fundador del Arctic Institute, ha calificado la minería de tierras raras bajo el hielo como una forma de “ciencia ficción”, debido tanto a las extremas condiciones climáticas como a la aún insuficiente infraestructura de Nuuk. No obstante, es precisamente esta carencia de capital la que genera la urgencia en Washington. Ante la falta de inversiones occidentales, la ministra de Negocios y Recursos Minerales groenlandesa afirmó que no descartaría aceptar el apoyo financiero de Pekín para dinamizar su sector empresarial.

Frente a la inviabilidad operativa a corto plazo, el interés real de la Casa Blanca se desplaza hacia un blindaje preventivo. Al pretender el control territorial de Groenlandia de forma unilateral, Washington no busca necesariamente inaugurar explotaciones mineras de inmediato, sino garantizar que, cuando la tecnología o el deshielo lo permitan, los modelos que guiarán la dirección de la Cuarta Revolución Industrial se creen bajo supervisión estadounidense. El objetivo final es anular el monopolio técnico de Pekín, asegurando el control de la isla mucho antes de que se extraiga el primer gramo de mineral.
La soberanía subordinada al nuevo tablero de la geopolítica de las potencias
En el escenario global hacia 2026, el conflicto por Groenlandia revela una paradoja en los roles de las superpotencias. Estados Unidos, históricamente garante del orden liberal, hoy actúa como una potencia revisionista que prioriza sus intereses nacionales y el control de activos estratégicos sobre las normas internacionales y los acuerdos con sus aliados. En contraste, en este caso específico, China ha navegado las leyes comerciales para continuar adentrándose como un inversor clave, mientras protege con agresividad sus propios frentes marítimos en los mares del Este y del Sur, y blinda cada vez más su monopolio sobre las tierras raras.
Bajo esta lógica, el Ártico y Centroamérica se consolidan como los activos innegociables de Washington, del mismo modo que el sudeste asiático lo es para Pekín. La apuesta final es clara: para la administración Trump, el costo de tensionar las alianzas transatlánticas es un precio aceptable a cambio de perseguir la seguridad territorial absoluta. Groenlandia no es solo un yacimiento potencial a largo plazo; se convierte en otro caso donde, en el tablero de la gran geopolítica, la soberanía de un país de menos poder es sacrificada en medio de las estrategias para la competencia global.
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