En el transcurso del presente año, la República Islámica de Irán ha entrado en una fase de inestabilidad crítica que pone a prueba la resiliencia de su estructura de poder frente a presiones externas e internas. La convergencia entre un estallido social de alcance nacional y el retorno de una política de confrontación directa por parte de la administración de Donald Trump ha transformado la crisis interna en un conflicto de alcance global. Lo que en periodos previos se analizaba como una tensión cíclica, hoy se manifiesta como una crisis de legitimidad profunda, donde el régimen teocrático se ve desafiado por una insurgencia civil sostenida y una arquitectura de disuasión militar externa cada vez más asertiva.

Colapso económico e insurgencia civil en las provincias
El frente interno representa el desafío más crítico para la estabilidad de Teherán, impulsado por un colapso económico donde el rial se ha depreciado hasta alcanzar cotizaciones cercanas a los 1,5 millones por dólar en el mercado abierto. Esta crisis se ve exacerbada por una inflación de precios al consumidor que el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta en un 42,4% para 2026, manteniendo una presión constante sobre el poder adquisitivo de la población. Otros reportes técnicos indican que la inflación de punto a punto llegó a registrar un 52,6% a finales de 2025.
La magnitud del descontento económico ha derivado en protestas ininterrumpidas que se han extendido a la totalidad de las 31 provincias del país. Según informes de la ONG Iran Human Rights (IHRNGO), la represión de estas movilizaciones ha resultado en al menos 3.428 manifestantes fallecidos en las primeras semanas de conflicto. Por su parte, las Naciones Unidas han calificado como “horribles” los reportes que sitúan la cifra de víctimas entre los dos mil y doce mil muertos, mientras que organizaciones como HRANA documentan más de dos mil quinientos decesos confirmados y miles de detenciones arbitrarias.

La estrategia de “Máxima Presión 2.0” y el factor Trump
En el plano de la política exterior, el presidente Donald Trump ha reactivado la narrativa de “Máxima Presión” con un componente de disuasión militar explícito hacia el régimen iraní. Recientemente, el mandatario afirmó haber sido informado sobre el cese de los planes de ejecuciones masivas en Irán, aunque advirtió que su administración todavía se encuentra monitoreando la veracidad de estos hechos antes de descartar una intervención. Trump ha enfatizado que las opciones militares permanecen vigentes y que cualquier ataque autorizado por su gobierno sería definitivo, vinculando la escala de la respuesta directamente al nivel de represión interna ejercida por Teherán.
Esta presión diplomática se complementa con herramientas de coerción económica masiva que buscan aislar comercialmente a la República Islámica. La Casa Blanca ha emitido advertencias sobre la imposición de un arancel del 25% a cualquier país que mantenga vínculos comerciales con Irán, una medida que ha sido descrita como “final y concluyente” por la actual administración. Paralelamente, se ha convocado a sesiones informativas de urgencia en el Consejo de Seguridad de la ONU para abordar las violaciones a los derechos humanos, intensificando el cerco diplomático sobre las autoridades iraníes en un entorno de alta volatilidad regional.

Realineación estratégica y las maniobras en el Atlántico Sur
La repercusión de estas amenazas se ha manifestado incluso en la arquitectura de seguridad del bloque BRICS+. Inicialmente, Irán planeaba una participación activa en los ejercicios navales conjuntos “Will for Peace 2026” en Sudáfrica, junto a las armadas de China y Rusia. Sin embargo, bajo la presión directa de Washington y el temor a sanciones comerciales, el gobierno sudafricano solicitó a Irán que retirara sus buques de las maniobras de fuego real, limitando su presencia únicamente a un estatus de observador.
Este repliegue táctico de las embarcaciones iraníes, como el buque auxiliar Shahid Mahdavi, evidencia la eficacia de la condicionalidad económica impuesta por Estados Unidos sobre socios estratégicos. A pesar de que la coalición liderada por China busca proyectar una alternativa de seguridad marítima, el riesgo de ser excluidos de programas comerciales clave ha obligado a naciones como Sudáfrica a distanciarse de la cooperación militar directa con Teherán. En la práctica, Irán enfrenta el desafío de sostener su relevancia internacional mientras su capacidad de proyección de poder se ve mermada por la necesidad de concentrar recursos en la contención de su propia crisis doméstica.

Implicancias para la soberanía y el equilibrio de poder
Desde una perspectiva del Realismo Ofensivo de John Mearsheimer, los acontecimientos actuales demuestran cómo la percepción de debilidad institucional de un actor regional incentiva a las potencias dominantes a escalar sus demandas estratégicas. La administración Trump ha logrado que la amenaza del uso de la fuerza y la presión arancelaria fuercen un cambio de comportamiento en la región, subordinando la soberanía técnica de Irán a los estándares de seguridad hemisférica definidos por Washington. El desenlace de esta crisis definirá si el sistema internacional permite la coexistencia de regímenes percibidos como hostiles o si se consolida un nuevo estándar de intervención directa.
El panorama de 2026 sitúa a la República Islámica en una encrucijada donde el colapso de la legitimidad económica y la presión militar externa convergen para amenazar la estructura misma del Estado. El éxito de la transición o la estabilidad del régimen dependerá de su capacidad para resolver una insurgencia que ya es calificada como revolucionaria por analistas internacionales. Mientras tanto, la comunidad global observa con cautela un reordenamiento de poder donde el bloque BRICS+ se ve forzado a recalibrar su apoyo ante la renovada asertividad de la política exterior estadounidense.
Te puede interesar: Irán en su espiral













