Taiwán denunció que los ejercicios con fuego real realizados por China en el Estrecho de Taiwán impactaron de forma directa en las rutas aéreas y forzaron ajustes y cancelaciones que alcanzaron 941 vuelos en un lapso de alrededor de 10 horas, afectando a más de 100.000 pasajeros, de acuerdo con autoridades de aviación civil taiwanesas. El episodio ocurrió el 30 de diciembre, en plena escalada por las maniobras “Justice Mission 2025”, y reactivó una lectura central: más allá del componente militar, Beijing está ensayando presión práctica sobre los corredores de circulación que sostienen la conectividad de la isla.

En términos operativos, el punto no es únicamente el número de aeronaves o buques involucrados, sino el efecto: cuando se tensionan rutas y se reduce el margen de maniobra del tráfico aéreo, el mensaje se vuelve tangible. La disrupción del espacio aéreo funciona como un recordatorio de que el escenario de coerción no depende solo del dominio naval, sino de una lógica conjunta —mar, aire y control electromagnético— capaz de condicionar tiempos, rutas y decisiones civiles.
Tal como expusieron previamente las notas de Escenario Mundial “Justice Mission 2025” venía mostrando un patrón consistente: aproximaciones desde múltiples ejes alrededor de la isla y una señal estratégica orientada a “sellar” espacios sensibles. El giro de esta nueva secuencia es que esa presión se refleja con nitidez en el plano cotidiano, donde la economía de la movilidad —vuelos, conexiones, logística— pasa a ser parte del mismo tablero.
El ejercicio como “cuasi bloqueo” y el objetivo político detrás del tránsito aéreo
Un análisis del Institute for National Defense and Security Research (INDSR), citado por la agencia CNA, sostuvo que la interrupción no fue accidental, sino un “cuasi bloqueo” que simuló condiciones para imponer control sobre rutas internacionales, con un doble propósito. Por un lado, demostrar capacidad de bloqueo y control sobre Taiwán; por el otro, convertir la molestia de viajeros en presión social interna que se traduzca en malestar hacia el gobierno taiwanés.

La idea es simple y a la vez potente: no hace falta cortar completamente la conectividad para generar efectos. Basta con demostrar que se puede condicionar rutas, elevar costos y producir incertidumbre operativa. En un escenario de crisis, esa incertidumbre se transforma en un multiplicador: afecta planificación, seguros, programación de aerolíneas y tiempos de respuesta, incluso si la maniobra dura horas.
Control conjunto y “corredores humanitarios” como señal de negociabilidad
El mismo análisis del INDSR señaló que las maniobras ensayaron una lógica de “control de dominio conjunto”, que integra control marítimo, superioridad aérea y dominio electromagnético para asegurar líneas de comunicación y rutas necesarias para sostén logístico. En ese marco apareció un detalle particularmente revelador: mientras se bloquearon la mayoría de rutas, China habría dejado abiertos tres corredores específicos (M750, G587 y R583).
La lectura sugerida es que Beijing podría estar probando el concepto de “corredores humanitarios” para evacuar extranjeros durante un eventual bloqueo, intentando proyectar dos mensajes simultáneos. El primero, de control: “podemos cerrar”. El segundo, de administración de crisis: “podemos abrir bajo nuestras condiciones”. En otras palabras, no solo coerción, sino también diseño de una narrativa de “orden” y “negociabilidad” en medio de la presión.
Las restricciones legales y el problema del aviso previo
Aunque los ejercicios militares no están prohibidos por el derecho internacional, el análisis citado remarcó que existen restricciones y prácticas establecidas, especialmente cuando la escala de la maniobra se aproxima a una situación de bloqueo “de facto”. Una crítica concreta apuntó al principio de aviso previo en materia aeronáutica, que busca evitar anuncios repentinos que alteren la seguridad y la programación de vuelos.

Desde esa perspectiva, el punto de fricción no es solo político, sino también técnico: cuando un actor anuncia zonas y coordenadas con margen reducido y produce una disrupción masiva, tensiona el equilibrio entre “ejercicio militar” y “alteración coercitiva” del tránsito internacional. La consecuencia práctica es que el impacto se derrama sobre terceros —aerolíneas, rutas regionales y países vecinos— aun cuando el objetivo político sea Taiwán.
Qué cambia tras “Justice Mission 2025” y por qué importan los cielos
Tras el pico del despliegue, buques chinos comenzaron a alejarse y Taiwán mantuvo un estado de vigilancia elevado mientras monitoreaba la zona, con su aparato de respuesta activo. Beijing, por su parte, dio por “completadas” las maniobras, mientras insistió en que seguirá en alerta y reforzará su preparación, y Xi Jinping volvió a reiterar el marco político de la “reunificación” como tendencia “imparable”.

El dato clave es que el conflicto potencial alrededor de Taiwán se organiza cada vez más como un problema de acceso y tiempos. No se trata únicamente de quién domina el estrecho en un mapa, sino de quién puede condicionar ventanas de operación, rutas de reabastecimiento y libertad de movimiento. En ese esquema, el cielo deja de ser un “entorno civil” separado: pasa a ser parte del mismo modelo de presión.
Un cierre abierto con una advertencia implícita
La disrupción de 941 vuelos muestra el punto al que está llegando la señalización estratégica: Beijing busca probar que puede intervenir el pulso normal de Taiwán sin cruzar necesariamente el umbral de un enfrentamiento abierto. Para Taipéi, el desafío es sostener la calma operativa y la preparación militar sin normalizar una rutina de coerción que, con el tiempo, vuelva aceptable lo que hoy todavía es excepcional.
En un Indo-Pacífico cargado de fricción, cada ejercicio que toca rutas aéreas y marítimas vuelve más nítido el dilema: la competencia ya no se mide solo por la cantidad de buques o aviones, sino por la capacidad de administrar el entorno y forzar decisiones del otro lado del estrecho.
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