El diario militar de China acusa a Japón de “no respetar la historia” y reaviva la disputa por la memoria de la Segunda Guerra Mundial

South China Morning Post

Una captura de pantalla de la cuenta X de la primera ministra Sanae Takaichi muestra a Takaichi intercambiando saludos con el presidente chino Xi Jinping antes de una reunión de la cumbre de Cooperación Económica Asia-Pacífico en Gyeongju, Corea del Sur.

En una nueva escalada retórica, el PLA Daily, periódico oficial del Ejército Popular de Liberación, acusó a Japón de mostrar “ningún respeto por la historia” y de distorsionar el registro de su agresión en tiempos de guerra. La crítica se publicó mientras la comunidad internacional transita conmemoraciones vinculadas al cierre de la Segunda Guerra Mundial, y vuelve a colocar la disputa por la memoria en el centro de la relación bilateral.

Según el comentario, en Japón existiría un esfuerzo sistemático (atribuido a sectores de derecha) por reencuadrar el pasado: por un lado, redefiniendo la guerra bajo una narrativa más amplia y ambigua; por el otro, destacando episodios donde el país aparece como víctima, como los bombardeos estadounidenses sobre ciudades japonesas. Para Pekín, esa combinación opera como un desplazamiento del foco: del rol de Japón como potencia agresora a una lectura centrada en el sufrimiento japonés durante el tramo final del conflicto.

El texto apuntó, además, a espacios que deberían funcionar como “lugares de memoria” y que, bajo esa mirada, estarían siendo utilizados como instrumentos políticos. En particular, mencionó al Osaka International Peace Centre, al que acusó de haber reducido o removido contenidos vinculados a la masacre de Nankín y al tema de las “comfort women”, y al Hiroshima Peace Memorial Museum, al que señaló por cambios de narrativa tras reformas museográficas. Son acusaciones que también aparecen en reportes y análisis difundidos por medios estatales chinos en las últimas semanas.

El trasfondo no es solo historiográfico. Pekín suele presentar estas discusiones como un indicador de orientación estratégica: la manera en que Japón enseña y expone su pasado se conecta, en el relato chino, con decisiones actuales de política exterior y seguridad. En esa línea, el comentario advirtió que “alterar la historia” no sería una disputa académica, sino un factor con potencial para afectar la estabilidad regional, especialmente en un escenario Indo-Pacífico marcado por competencia militar, disputas territoriales y alineamientos con Estados Unidos.

Sanae Takaichi, la nueva primera ministra de Japón, enfatizó la importancia de la defensa de Taiwán de China para la estabilidad en la región y empezó una escalada diplomática con Pekín / Créditos: Eugene Hoshiko-AP

El timing también importa. En las últimas semanas, la relación entre Tokio y Pekín se tensó por cuestiones vinculadas a Taiwán, con protestas diplomáticas de China frente a gestos políticos japoneses hacia Taipéi y referencias públicas que, desde Pekín, se leen como líneas rojas. En ese contexto, el regreso del eje “historia y memoria” funciona como un multiplicador: agrega frentes de fricción en paralelo a los desacuerdos por seguridad regional.

Aunque Tokio suele evitar que estas controversias dominen la agenda bilateral, el debate reaparece con regularidad porque impacta en opinión pública, en educación y en símbolos de Estado. Para China, el foco está en evitar lo que describe como “blanqueamiento” del pasado; para sectores japoneses, las discusiones sobre terminología, cifras y encuadres forman parte de un debate interno más amplio. En el medio, museos, archivos y memoriales se convierten en terreno disputado: no solo por lo que muestran, sino por lo que eligen omitir.

El episodio sugiere un patrón que se repite cada vez con más frecuencia: la competencia entre China y Japón no se expresa únicamente en lo militar o lo comercial, sino también en la batalla por el relato, donde el pasado se usa como argumento sobre el presente. Y en un año atravesado por conmemoraciones y por fricciones regionales, ese frente simbólico vuelve a empujar la relación bilateral hacia un terreno más áspero, con costos diplomáticos difíciles de contener.

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