El presidente Donald Trump anunció que Estados Unidos retomará los ensayos de armas nucleares después de 33 años de suspensión, en un mensaje publicado en su red Truth Social minutos antes de reunirse con su par chino, Xi Jinping. “Debido a los programas de desarrollo de otros países, he instruido a nuestro Departamento de Guerra para que conduzca ensayos nucleares con el mismo ritmo. Ese proceso va a iniciar inmediatamente”, escribió el mandatario, en lo que representa un giro histórico en la política nuclear estadounidense.
La decisión llega pocos días después de que Rusia confirmara una prueba de su torpedo nuclear Poseidón, capaz —según Moscú— de generar “oleaje radioactivo” sobre objetivos costeros. Trump respondió de forma velada: calificó a Rusia como “segundo” y a China como “distante tercero” en desarrollo nuclear, aunque advirtió que “en cinco años podrían alcanzarnos”.
El anuncio rompe con una moratoria vigente desde 1992, cuando el entonces presidente George H. W. Bush detuvo los ensayos nucleares subterráneos en el marco del fin de la Guerra Fría.
Desde entonces, Estados Unidos mantuvo la seguridad y confiabilidad de su arsenal mediante el Stockpile Stewardship Program, un sistema de simulaciones computacionales, pruebas subcríticas y modelado 3D, sin recurrir a detonaciones reales.
La medida también desafía el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBT), firmado por Washington en 1996 pero nunca ratificado por el Senado. Una reactivación de ensayos explosivos pondría a prueba el régimen de no proliferación y podría alentar a otros países a seguir el mismo camino.
Entre 1945 y 1992, Estados Unidos realizó 1.054 pruebas nucleares, desde la primera detonación Trinity en Nuevo México hasta las últimas explosiones subterráneas en el Nevada Test Site.
El programa incluyó:
Durante la Guerra Fría, estos ensayos generaron una enorme base de datos sobre física nuclear, efectos atmosféricos y capacidad de destrucción, consolidando el principio de disuasión estratégica frente a la Unión Soviética.
Expertos nucleares advierten que reanudar los ensayos podría alterar el equilibrio global de disuasión y acelerar una nueva carrera armamentista. Moscú ya advirtió que “si alguien se aleja de la moratoria, Rusia actuará en consecuencia”, mientras que China instó a Washington a mantener sus compromisos internacionales.
En el plano interno, Trump podría invocar la “necesidad técnica” prevista por el U.S. Strategic Command y los laboratorios nacionales para justificar pruebas limitadas, aunque analistas creen que el verdadero objetivo es estratégico y político: enviar una señal de poder ante sus rivales y ante el propio Congreso.
El Departamento de Energía y la National Nuclear Security Administration (NNSA) evalúan distintos niveles de “reanálisis experimental”, desde pruebas subcríticas hasta detonaciones de baja potencia, todas dentro del perímetro del Nevada National Security Site.
Si se concreta, el regreso de Estados Unidos a los ensayos marcaría el fin de una etapa de contención nuclear y abriría una fase de competencia abierta con Rusia y China, que ya modernizan sus arsenales estratégicos. La medida también pondría bajo presión al Tratado de No Proliferación (TNP) y a la arquitectura diplomática que limita la expansión de armas atómicas desde 1968.
En términos científicos, los ensayos ofrecen datos que las simulaciones aún no replican completamente. Pero su costo político y ambiental sería enorme: cada detonación implica riesgos de filtración radioactiva, y su simple anuncio podría debilitar décadas de esfuerzos multilaterales para frenar la proliferación.
El test Trinity, en julio de 1945, inauguró la era atómica. Setenta y nueve años después, el posible regreso de Estados Unidos a la experimentación nuclear cierra un ciclo histórico: del secreto del Proyecto Manhattan al uso político del átomo como instrumento de poder global. Trump lo resumió con una frase ambivalente: “Odiaba hacerlo, pero no tuve opción”.
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