El fallecimiento del Papa Francisco, ocurrido este lunes tras doce años al frente del Vaticano, activó un protocolo milenario que combina simbolismo, liturgia y deliberación política.
La muerte del pontífice fue certificada por el camarlengo Kevin Farrell, figura central del período interregno, pero, aunque la tradición antigua indicaba golpear la frente del papa con un martillo de plata y repetir su nombre, actualmente el procedimiento es clínico y discreto.
Luego el cuerpo del Papa es trasladado a la Basílica de San Pedro para el velatorio público, mientras se inicia el período de luto conocido como Novemdiales, que se extiende durante nueve días. El funeral papal, previsto entre el cuarto y sexto día, contará con la presencia de jefes de Estado y dignatarios religiosos, y se espera que el féretro sea enterrado en la Basílica de Santa María la Mayor, conforme al deseo de Jorge Mario Bergoglio.
Durante los días de duelo, los cardenales se concentran en Roma para celebrar las Congregaciones Generales, un espacio previo al cónclave para la exposición de ideas y posicionamientos, donde allí emergen las candidaturas informales al papado, con discursos que anticipan las posibles líneas de continuidad o ruptura respecto al pontificado saliente.
Entre 15 y 20 días después del fallecimiento, comienza formalmente el cónclave, proceso cerrado que se realiza bajo el techo de la Capilla Sixtina, donde solo los cardenales menores de 80 años, actualmente 135 de los 252 existentes, tienen derecho a voto.
Una vez dentro de la capilla, y tras la tradicional orden de “extra omnes”, los cardenales quedan incomunicados, retirándoles cualquier medio de contacto y sometiéndose a controles para evitar filtraciones, incluido el uso de inhibidores de señal.
Durante el cónclave se realizan hasta cuatro votaciones diarias, y las papeletas se queman tras cada ronda, donde el humo que sale de la chimenea anuncia el resultado: negro si no hay consenso, blanco cuando se ha elegido al nuevo papa.
La elección requiere una mayoría calificada de dos tercios, pero en caso de estancamiento prolongado, existe la posibilidad de optar por una mayoría simple, aunque esta medida es excepcional.
El cónclave de 2013, tras la renuncia de Benedicto XVI, duró apenas dos días, aunque en la historia hay ejemplos extremos, como el cónclave de 1268, que se extendió más de dos años, dependiendo de las dinámicas internas, el contexto eclesiástico y los equilibrios geopolíticos.
Cuando un candidato alcanza el consenso necesario, se le consulta si acepta y qué nombre tomará, luego, se retira a la Sala de las Lágrimas, donde viste por primera vez la sotana blanca papal.
Hasta entonces, la identidad del nuevo líder de la Iglesia permanece en secreto, donde solo el humo blanco que emerge de la Capilla Sixtina, producto de una mezcla química que distingue su color del humo negro, le indicará al mundo que la elección ha concluido y que la Iglesia Católica tiene un nuevo Papa.
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