Siguiendo con el Ciclo “Consensos en la Política Exterior”, tuvimos el agrado de entrevistar al ex Canciller Jorge Faurie. Sus estudios de grado se dieron en la Universidad del Litoral, en donde se recibió de abogado, y posteriormente fue becario del Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Desempeñó funciones diplomáticas y consulares desde 1975 y desde 1998 ejerce como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario. Además, en varias oportunidades desarrolló funciones en Secretaría General (1992), como Jefe de Gabinete (1997-1998), Director Nacional de Ceremonial (1994-1997 y 1998-1999) y Ministro (2017-2019) del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto.

A continuación, la entrevista completa:

Escenario Mundial – En su consideración, ¿Cómo mira actualmente la Argentina al mundo? ¿Cuáles son los principales ejes que están moldeando la Política Exterior del Estado?

Jorge Faurie – La respuesta quizá no sea tan positiva, porque creo que los ejes suponen un accionar que pareciera que en este momento está ausente. La palabra que define nuestra política exterior es nuestro cierre o ausencia en el escenario internacional. Desde diciembre del 2019 hemos dejado de tener una participación en los diferentes foros de los que Argentina ha sido un protagonista relevante. El primero de todos, obviamente, el MERCOSUR y nuestra región.

La palabra que define nuestra política exterior es nuestro cierre o ausencia en el escenario internacional. Desde diciembre del 2019 hemos dejado de tener una participación en los diferentes foros de los que Argentina ha sido un protagonista relevante. El primero de todos, obviamente, el MERCOSUR y nuestra región.

Al inicio de la gestión de Alberto Fernández, ya se puso una duda sobre un elemento muy fuerte que era el acuerdo UE-MERCOSUR diciendo que no queríamos continuar tal cual como estaba, y que había voluntad de renegociación, lo cual fue inmediatamente recogida por la parte europea diciendo que no había a esto, aunque sí era posible hacer correcciones, y gradualmente dijimos a partir de ahí que no queríamos tener un vínculo formal con las negociaciones externas del MERCOSUR, con Canadá, con Corea, con Singapur, con Japón, con Australia o Nueva Zelanda. Nos fuimos retirando de un escenario que es realmente relevante no sólo por la parte económico-comercial, sino que muestra un vínculo y una relación política de donde está parada Argentina en asociación con los países de la región.

Hemos tenido diferencias marcadas y errores en la relación con Chile, lo mismo ha pasado a título bilateral con el Uruguay, lo hemos repetido recientemente con Colombia, y hemos tenido frente a los Estados Unidos una actitud muy ambivalente. Con los países de la UE, a pesar de que el presidente ha hecho esta gira en búsqueda de apoyo y respaldos frente a los temas esencialmente económicos financieros y sanitarios, también hemos tenido un posicionamiento complicado, es decir, no se sabe si estamos a favor de mantener y cuidar las inversiones de esos países ya que los mismos no tienen garantías de su futuro en términos de productos o inversiones. Se le suma, además, el agravamiento que significó la aparición de la pandemia.

Por lo tanto, hoy Argentina es, primero que nada, un actor de la comunidad internacional sobre el que no se sabe cuáles son las ideas o el posicionamiento que tiene. Esto quedó patentado en el episodio que acabamos de vivir respecto a la reacción argentina ante la situación del conflicto israelí-palestina, donde hemos salido de una manera complicada, confusa y contraria a lo que podrían ser los intereses de la sociedad argentina, y que el mundo no logra entender por qué Argentina hace este tipo de pronunciamiento no siendo un actor clave ni protagónico de lo que tiene que ver con el conflicto en esa región. Todos estos elementos desorientan a nuestros socios. 

El presidente del Uruguay, cuando reclama de manera “dura” la cuestión de cómo seguir adelante dentro del Mercosur, que motiva la respuesta del presidente, muestra que nuestros interlocutores están desorientados y no saben hacia dónde quiere ir Argentina. Por lo cual, hablar de los ejes resulta un poco pretencioso. Por ejemplo, la Cancillería recuperó a partir de diciembre de 2019, todo lo que es la promoción de comercio exterior y búsqueda de mercados en distintas partes del mundo, lo cual es extremadamente relevante dado la necesidad que tenemos de divisas e ingresos para afrontar nuestro desarrollo y compromisos de pago. A pesar de que hemos hecho eso, no la estamos ejerciendo. Tenemos la competencia, pero es relativamente malo que la Cancillería no esté activa, y que tampoco esté activa en búsqueda de vacunas, equipamiento, insumos, y demás.

Es malo que no hayamos hecho un trabajo conjunto en el Mercosur para trabajar este aspecto de la relación. A pesar de que el Mercosur tiene herramientas de trabajo, hay una mesa de salud que se viene reuniendo desde hace por lo menos veinte años anualmente, y eso no fue activado. Existe también una mesa migratoria, que nos hubiera permitido primero haber trabajado en el repatriado de todos los compatriotas, pero también de los uruguayos, brasileños, paraguayos. Compartir ese esfuerzo económico enorme que significó para cada uno de los países, y al mismo tiempo tener una política clara de cómo manejar la frontera frente a la pandemia. Todo esto no lo hicimos. Entonces, la Argentina hoy es un actor ausente en la región y un socio que genera incógnitas. En política exterior siempre es un error. Como en la vida, todos quieren saber dónde está parado nuestro interlocutor, qué quiere, y esta falta de claridad es un error realmente fuerte, y así está caracterizada hoy nuestra política exterior. 

EM – ¿Cómo afecta al posicionamiento argentino con y para el mundo la pandemia y la crisis generalizada por el Coronavirus? ¿Qué escenarios a futuro se deberían preponderar?

JF – Honestamente, la pandemia ha sido un factor de aceleración de un proceso de transformación a escala global de la sociedad en todos los planos. Nuestra vida, como la de todos los pueblos, está profundamente impactada por este evento sanitario no previsto, pero que ha introducido nuevas reglas en todos los órdenes de vida. Para dar un ejemplo, ahora todos practican el teletrabajo, y es un impacto en el funcionamiento de una ciudad como Buenos Aires: todo lo que era un ámbito de trabajo, de oficinas, lo que funcionaba en gran cantidad de edificios ha quedado vaciado, y esa gente lleva más de un año y medio trabajando de manera remota desde su domicilio. Eso es un cambio estructural que además afecta no sólo al mercado inmobiliario, sino también al de trabajo.

Ha cambiado nuestro grado de alerta frente a cómo está funcionando el sistema de salud o el sistema educativo. Todo esto ha traído alteraciones que están forjando un nuevo mundo, incluyendo en esto las relaciones internacionales. Por eso es muy importante que cada país tenga claro cuáles son sus objetivos. Los de Argentina, hoy, tienen que ser o son de muy corto plazo, porque tiene demandas muy acuciantes. Argentina tiene una situación económica enormemente comprometida pero no sólo por su endeudamiento externo, sino porque es un país que no crece desde hace más de 10 o 12 años. Y cada año de no crecimiento frente al crecimiento de otras economías, por ejemplo la de Chile, Paraguay o Uruguay, es un mayor retroceso de lo que vive Argentina. Entonces, este reordenamiento que se produce a escala global, que genera nuevas miradas sobre los conflictos tradicionales, nos obliga a nosotros a tener claro dónde queremos estar. 

Hoy deberíamos privilegiar enormemente la llegada de quien invierte, porque eso nos va a crear trabajo y en la medida que va a haber trabajo va a haber menor desempleo y, si hay menor desempleo, vamos a contribuir a que haya menor pobreza. Tengo que saber tratar, como país, a quien viene a invertir. De la misma manera necesitamos reactivar enormemente el comercio productivo interno, pero también hacia el exterior, pensando lo que podemos vender al mundo. A este sector debiéramos tratarlo bien porque genera las divisas que necesitamos, no solo para pagar deudas sino para recrear un proceso de crecimiento genuino, y nada de eso lo estamos haciendo. Generamos impactos sobre estos sectores que cuestionan el posicionamiento de Argentina en el mundo, y genera incertezas. 

Hoy la economía está totalmente globalizada, en las muchas lecturas que permite está la primera que dice si no lo hace Argentina, lo hace Uruguay, o Paraguay o Brasil, o lo compro en Australia, o viene de Vietnam. Debemos tener claro que el mundo compite con nosotros, y no estamos llamados a que nos den un tratamiento especial porque todos luchan por tener acceso a las divisas, a nuevos mercados, a las vacunas. En torno a este último, no podemos mantener actitudes de “hoy me peleo con Pfizer”, como fue la cuestión con Israel, que mandó una comisión para ver la factibilidad de hacer pruebas y establecer una planta de producción de sus vacunas con las cuales ya han vacunado al 100% de su país, y nosotros en medio de esa gestión decidimos generar roces totalmente innecesarios.

En la pandemia están cambiando las reglas de juego, y tenemos que estar alerta hacia dónde va al mundo. Y como tenemos grandes dificultades, lo primero que hay que hacer es asociarse con aquellos que se parecen a nosotros, y los que se parecen a nosotros son nuestros países de la región. Estos comparten nuestras realidades de falta de desarrollo, de un segmento de clase media/alta que puede vivir razonablemente, pero con grandes bolsones de pobreza, con un similar desarrollo tecnológico o educativo. Con ellos tenemos que compartir y generar respuestas, y dejar de meternos innecesariamente en conflictos globales para los que no tenemos ni capacidad de respuesta ni los recursos necesarios.

En la pandemia están cambiando las reglas de juego, y tenemos que estar alerta hacia dónde va al mundo. Y como tenemos grandes dificultades, lo primero que hay que hacer es asociarse con aquellos que se parecen a nosotros, y los que se parecen a nosotros son nuestros países de la región. Estos comparten nuestras realidades de falta de desarrollo, de un segmento de clase media/alta que puede vivir razonablemente, pero con grandes bolsones de pobreza, con un similar desarrollo tecnológico o educativo. Con ellos tenemos que compartir y generar respuestas, y dejar de meternos innecesariamente en conflictos globales para los que no tenemos ni capacidad de respuesta ni los recursos necesarios.  

EM – En este contexto de bipolaridad emergente entre Estados Unidos y China, ¿qué actitud debería tomar la diplomacia argentina frente a este aparente cambio en el Sistema Internacional?

JF – Prudencia, equidistancia, y un equilibrio enormemente ponderado. Este es un ejercicio extremadamente difícil, y tengo conciencia del periodo que me tocó ejercer la titularidad del Ministerio de Relaciones exteriores lo complicado que es este juego. Son las grandes superpotencias como Estados Unidos, que ha mantenido su primacía por más de 70 años después de la Segunda Guerra Mundial, que hoy tiene un desafío extraordinario frente a una potencia emergente que quiere consolidar su rol de primera potencia para dentro de 20, 30 años. Esa puja es para grandes actores, para los “pesos pesados” que tienen la musculatura para esa lucha, y los que estamos en otra dimensión física o de categoría más chica, tenemos que resguardarnos en la medida de las posibilidades de esa lucha de poder. 

China es nuestro mercado junto con todos los países del Sudeste Asiático, junto con los países del Golfo, para los alimentos que nosotros producimos con eficiencia. Querríamos ser grandes productores de calzado, textiles, o de bienes industriales, pero lamentablemente no lo somos porque tenemos un gran peso impositivo, un manejo de la moneda extremadamente complicado, una actividad sindical fuertísima, retribuciones salariales altísimas. No somos competitivos, pero si lo somos en los agro alimentos o en aquellos otros bienes que, por tener un alto índice o componente de tecnología, nos permite ser competitivos, pero nos cuesta serlo fabricando otros productos. Esto hace que los países que demandan alimento sean socios de nuestro interés, y es el caso de China.

Al mismo tiempo. Estados Unidos produce prácticamente lo mismo que nosotros, y no necesita nuestro trigo, maíz, soja o carne. Y lo que podemos colocar en la industria del acero lo estamos haciendo, pero EEUU decide su relación preferencial con aquello que necesita, y nosotros no estamos en esa lista. Por lo tanto, tenemos que apelar a una coincidencia de visión del mundo, y en eso lo hacemos. Los argentinos elegimos casi 200 años atrás seguir el modelo de la Constitución americana, los tres poderes, el balance, el juego democrático a partir de la estructura que nos dio nuestra Constitución. Queremos una sociedad libre, con libre pensamiento, libertad de prensa y demás; que haya progreso y crecimiento, el cual no es el modelo que defiende China ya que tiene otra estructura.

Por lo tanto, con los Estados Unidos tenemos en común esa representación del respeto de la democracia, de cómo moldear nuestra vida, a pesar de que no seamos un valor estratégico ni geoestratégico global, ni tampoco siendo un socio comercial y económico relevante para los Estados Unidos. Esto nos obliga a tener un balance entre aquel que es mi mercado preferencial, pero que al mismo tiempo tiene un modelo que dudo que nuestro país pueda aplicar, mientras que con el otro hay valores que compartimos pero que tiene objetivos completamente diferentes a los argentinos. Por lo tanto, prudencia, conservar el diálogo en buenos términos con ambas partes, tratar de pagar el menor precio posible de lo que son los temas conflictivos para ambas, y sobre todo, consolidar nuestro desarrollo, es fundamental para que podamos tener un mejor posicionamiento frente al mundo. 

EM – Y con respecto a los países de la región sudamericana, ¿qué evaluación se podría hacer de la relación entre Argentina y la región, y qué ejes prioritarios, a su criterio, debería sostener nuestro país con estos países?

JF – Es una ley de la vida que uno mira lo individual, pero pensando en llevarte bien con el resto. En nuestro entorno, con el que compartimos intereses, recursos, historia, tenemos que encontrar un denominador común. Primero que nada, tenemos que abandonar esta posición de mirar las relaciones internacionales desde una perspectiva ideología, que no quiere decir que no podamos tener los valores que defendemos para nuestra sociedad, pero no podemos andar por el mundo diciendo quién está bien y quién está mal. Si los brasileños han elegido a Bolsonaro, puedo como país estar o no de acuerdo con sus medidas, pero la sociedad eligió democráticamente un presidente y ellos tendrán que hacer la evaluación si es bueno o malo. En esta ecuación, Argentina sólo debe mirar cuales son los puntos que puede tener de coincidencia (sabiendo que con Brasil los tiene). 

En nuestro entorno, con el que compartimos intereses, recursos, historia, tenemos que encontrar un denominador común. Primero que nada, tenemos que abandonar esta posición de mirar las relaciones internacionales desde una perspectiva ideología, que no quiere decir que no podamos tener los valores que defendemos para nuestra sociedad, pero no podemos andar por el mundo diciendo quién está bien y quién está mal.

Con Brasil tenemos uno de los ejemplos más notables de cooperación en uno de los temas más sensibles de la agenda internacional que es la energía nuclear, donde hemos dado un modelo de cooperación entre ambos países valorado en el mundo como un ejemplo. Con Uruguay y Paraguay tenemos el manejo de recursos hídricos compartidos. Con Chile tenemos un potencial enorme, porque podemos abastecernos de gas y utilizar todas las salidas hacia el Pacífico. Tenemos que definir esquemas de cooperación y entendimiento con prescindencia de las ideologías y personalidades de quienes están en una u otra parte del mundo. Por lo tanto, esta mirada sobre nuestra región es triste porque hemos dejado de hablar. Tenemos malas relaciones con Brasil, Uruguay, Chile, y no hemos logrado definir un esquema de cooperación razonable, aún con la administración boliviana que es ideológicamente afín. Todo esto confunde nuevamente a nuestros interlocutores y son muchas las oportunidades perdidas para la Argentina. 

EM – Yendo al ámbito de la participación internacional en foros y organismos internacionales, ¿qué desafíos y oportunidades se pueden marcar del rol de la Argentina en estos espacios multilaterales?

El mundo multilateral empezó a consolidarse en la década del 60, al amparo de una mirada de un mundo estructurado por quienes resultaron ganadores o vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Esto prevaleció en el ámbito de las Naciones Unidas, en el reconocimiento del voto a todas las naciones del mundo sin importar su entidad en igualdad, los procesos de independencia, procesos de descolonización, etc. Todo el mundo multilateral ha estado sujeto a análisis, críticas, reformulación, ya no sólo por la pandemia, sino que venía desde el principio del siglo XXI. Los organismos u organizaciones multilaterales mostraban no acompañar este gran cambio que se produjo en el mundo a partir de la transformación tecnológica, de las nuevas realidades productivas, de los problemas que había generado la distribución de la riqueza a nivel global y entre los continentes. Toda la organización multilateral tenía que ser sujeta a una evaluación y una perfilación de acuerdo con lo que vivía el mundo. Allí, Argentina debía ser un actor activo, y sobre todo en este momento que la crisis por la pandemia ha puesto en tela de juicio a todas las organizaciones multilaterales. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha llegado ahora con el panel que formaron en el medio de la crisis pandémica a decir que no actuamos bien, que se reaccionó tardíamente, que la estructura “burocrática” del organismo se quedó dormida. Su estructura salarial los hace vivir pendientes de la burocracia en sí misma de la organización y no de los intereses que la misma debe atender. Pero eso no pasa sólo en la OMS, es un análisis que le cabe a prácticamente todos los organismos multilaterales. 

Al mismo tiempo, la globalización y el cambio tecnológico que trae la misma, sobretodo en términos de comunicaciones, ha dado lugar a una voz que antes no llegaba. Antes eran los Estados o una organización no gubernamental que construía a lo largo de décadas un perfil ambiental de derechos humanos y salida al ruedo internacional para defender esas ideas. Pero ahora, toda persona que tiene un teléfono celular puede, por las miles de aplicaciones existentes, hacer conocer su voz, y esa voz se empieza a magnificar por la convocatoria o el interés que va despertando. Hay nuevos actores, y esto no ha sido captado todavía en el plano internacional de forma adecuada. Entonces hay una nueva construcción en donde las estructuras políticas preexistentes no alcanzan a digerir esta nueva realidad. Una de las consecuencias que trae toda esta crisis que vivimos es que los partidos políticos se muestran con una flexibilidad insuficiente para captar la voluntad popular, y la gente se expresa por otros medios.

Hay un nuevo mundo que todavía está en gestación, ¿qué tiene que ser Argentina frente a esto? Ser un partícipe activo, pero para serlo debe hablar y comunicarse con sus vecinos, principalmente, y formular una posición común entre aquellos que comparten nuestros valores. No es lo mismo hablar a título de Argentina que hablar en un mundo multilateral en nombre de una región, teniendo estructuras preparadas para hacer ese trabajo. Pero para eso, es necesario tener un objetivo claro sobre a dónde queremos ir. 

EM – Considerando que la academia es un asesor natural de la gestión, ¿qué propuestas se le podría hacer a la misma en el marco de continuar, modificar o agregar alguna medida con respecto a la Política Exterior del país?

JF- La historia argentina muestra que ha habido siempre un divorcio muy grande entre la gestión y el pensamiento académico. No es que no tengamos academia de excelencia, pero el producto de la misma no llega necesariamente ni al sector de gestión ni al sector productivo o industrial. Yo diría que el primer salto que debiéramos dar es lograr que el pensamiento teórico, en cualquier orden, tiene que traducirse para que sea productivo utilizable. Lo mismo pasa con la recomendación o la visión que da el sector académico al sector de gestión o gobierno. Eso en Argentina no lo hemos logrado hacer funcionar, y es particularmente grave de cara al futuro.

La historia argentina muestra que ha habido siempre un divorcio muy grande entre la gestión y el pensamiento académico. No es que no tengamos academia de excelencia, pero el producto de la misma no llega necesariamente ni al sector de gestión ni al sector productivo o industrial.

El futuro va a tener un alto componente de nuevas ciencias y tecnologías, sean de la educación, en la salud, en las tecnologías aplicadas a la informática, lo cibernético o lo digital. Por lo tanto, hay que nutrirse mucho más de la universidad y la academia como un lugar volcado e integrado a la productividad o a la gestión, porque vamos a necesitar ideas nuevas para hacer frente al mundo que viene. Necesitamos tener todo tipo de personal muy formado en temas que parecen exóticos, como lo ambiental, el manejo de aguas o recursos naturales, en las nuevas tecnologías. El mundo que viene en las relaciones internacionales es de negociación de nuevas áreas que requieren una experiencia muy profunda, y si no la tenemos dentro del servicio debiéramos tener un conjunto de consejos o asesores que lo impulsen. Tiene que haber un conocimiento sólido, pero no académico puro sino aplicado a cómo trabajar con los grandes temas del siglo XXI. 

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Equipo de redacción de Escenario Mundial. Contacto: info@escenariointernacional.com

2 COMENTARIOS

  1. Bue! el que faltaba…..faurie….
    el que dibujo un tlc que al final nadie había aceptado pero que vendia una foto……..
    que vergüenza su gestión de relaciones carnales, un completo fracaso donde perdimos mucho y nada ganamos……

  2. Un impresentable que no tenía mejor cosa que hacer que bajarse los lienzos con británicos y yanquis. Puede que tenga algo de razón, pero no es la persona más indicada para hablar de estas cosas, siendo que es alguien que, junto con su antecesora, se regalaban a EEUU y UK.

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