El domingo 15 de marzo se celebraron elecciones parlamentarias en Corea del Norte, con un 99,93% de participación y un 0,07% de rechazo a los candidatos designados por el gobierno. Si bien parece absurdo tomar en serio una elección en una dictadura, el régimen de Kim Jong Un podría estar necesitando que su población se exprese verdaderamente en las urnas.

Si bien el nombre formal de Corea del Norte es República Popular Democrática de Corea, desde su surgimiento en 1948 no ha tomado ni una forma republicana ni democrática, al menos bajo estándares occidentales. Esto no quita que en el país se vote: desde su fundación, los más de 26 millones de habitantes del Norte lo hacen regularmente cada cinco años, a excepción del período 2024-2029, pospuesto al 15 de marzo de este año debido a cambios en su Constitución.
Pese a ser considerado un gobierno unipartidista —bajo el Partido de los Trabajadores de Corea—, en las elecciones parlamentarias no se presentan candidatos bajo ningún emblema político. Su sistema de voto por circunscripción uninominal está orientado a que cada circunscripción presente referentes locales para representar sus intereses en la capital. La idea detrás de esta política es federalizar el sistema en función de los intereses productivos o locales de cada sección. Sin embargo, su contraparte es quiénes pueden presentarse: para las elecciones nacionales, las centrales locales del Partido eligen al único candidato, quien puede o no ser miembro, pero debe verificarse tanto su relevancia local como su lealtad al régimen.
Con el candidato ya elegido, comienza la votación, organizada en escuelas, oficinas, salones civiles o centros culturales. El ambiente se describe como una fiesta: los medios nacionales afirman que las elecciones son un acto de orgullo y celebración. Entre salones decorados, música e imágenes de los líderes históricos, se encuentran una mesa de registro, una urna y una cabina de voto. Si bien Corea del Norte sostiene el voto secreto —pese a haber un único candidato por circunscripción—, desde 2023 es posible votar en contra tachando con lapicera roja el nombre del candidato. Tampoco es obligatorio pasar por la cabina antes de emitir el voto, lo que despierta sospechas sobre quienes deciden hacerlo.
El resultado es evidentemente la elección del único candidato en cada circunscripción; estos asumirán el 22 de marzo en la Capital. Con su ascenso, sus tareas pasan a ser virtualmente nulas. Si bien el gobierno reconoce al parlamento como la unidad de poder máxima del Estado, los medios surcoreanos los consideran como un parlamento de goma.
La autoridad máxima del parlamento es también el jefe de Estado formal, cargo que tampoco ocupa Kim Jong Un, aunque el Partido —que Kim sí preside— lo presenta como único candidato. La primera acción de los 687 parlamentarios tras jurar es votar al jefe de Estado propuesto por el Partido, junto con el presupuesto estatal y los presidentes de las comisiones. Durante los cinco años siguientes, los parlamentarios apoyan los proyectos sin instancias de debate, diálogo informal ni objeciones de ningún tipo. Esto despierta dos preguntas importantes: ¿por qué se vota? y ¿Qué rol juega el partido?

Las elecciones al detalle
Si bien a nivel nacional las elecciones son performativas, a nivel local resultan más laxas y permiten que los civiles se presenten por iniciativa propia y, si son aprobados por el partido, participen en debates formales y pequeñas campañas. Incluso este año se aprobó la presentación de dos candidatos en elecciones locales. Por otro lado, las elecciones cumplen una función censal, dado que Corea del Norte carece de censos calendarizados y sostiene un registro constante del día a día. Las autoridades de mesa forman parte del inminban —organizaciones vecinales de vigilancia— que aprovechan esta instancia para registrar a quiénes concurrieron a votar y si ingresaron o no a la cabina. Finalmente, no puede descartarse que la población viva estas elecciones como un verdadero hecho democrático.
Hasta este punto, queda claro que la verdadera figura política no es solo Kim, sino el Partido que preside, el cual cuenta con sus propios mecanismos internos de elección. Dado el alto nivel doctrinario de la república, el Partido es, en la práctica, la verdadera estructura de gobierno del país, por encima incluso del Parlamento Supremo.
De sus tres millones de miembros, cada comité local elige un representante para el Congreso del Partido. Este congreso establece por primera vez una duración quinquenal, siendo el actual el noveno en los más de setenta años de historia de la república, y está conformado por cinco mil congresistas. Estos eligen a 250 pares para el Comité Central, el cual designa al Politburó —de 20 a 30 miembros—, que a su vez elige al Presidium, un círculo cerrado de entre cinco y siete personas. Por encima de este se encuentra Kim Jong Un, siendo este su principal cargo formal.

A diferencia del parlamento, los miembros del Congreso y de las demás jerarquías sí trabajan temas políticos, negocian, alinean intereses y crecen políticamente. Funciona como semillero de futuros cuadros y tiene un peso real en las decisiones del país. Al mismo tiempo, la capacidad de designación del líder comienza recién a partir del Presidium, lo que vuelve a la primera línea jerárquica considerablemente más participativa.
Sin embargo, esta instancia —democrática, o al menos más horizontal— tiene un límite estructural: no todos los norcoreanos son miembros del partido. Con tres millones de afiliados sobre una población de 26, su escenario electoral no es más que un reflejo de los intereses del Partido y de las élites locales que tienen el privilegio de pertenecer a este sistema.
Volviendo al título principal, en estas elecciones el 99,93% de la población se presentó a votar, con un 0,07% de votos en contra. Si bien parece un dato marginal, votar en contra es un escarmiento público a la vista de la comunidad y sus vigilantes; resistir ese juicio para emitir un voto negativo demuestra, pública y oficialmente, que existe un espacio de disconformidad que el Estado debe reconocer. El dualismo entre la democracia performativa y la aristocracia partidaria arrojó, por primera vez en la historia del país, un dato negativo: menor, pero negativo.
A diferencia de sus antecesores —y de varios grupos de opinión fuera de la península—, Kim Jong Un es joven y ha demostrado un sólido liderazgo en sus catorce años de conducción. Permitir el voto en contra, ampliar la participación en elecciones locales y establecer una duración fija para los congresos del partido apuntan a una posible flexibilidad del régimen. Participar, aunque no sea vinculante, comienza a verse como un mecanismo de consulta y quizás la mejor manera de saberlo sea esta: que una dictadura necesite que votes.
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