El 24 de febrero de 2022 el mundo se puso en vilo: Rusia lanzó una operación militar a gran escala sobre territorio ucraniano. Cuatro años después, lo que en aquel momento parecía impensable —una guerra abierta en el corazón de Europa— se ha convertido en parte de la nueva normalidad internacional. Para muchos fue una sorpresa; para otros, el punto culminante de un deterioro progresivo que llevaba años gestándose. Quienes observaban de cerca la relación entre Rusia, Ucrania y la OTAN difícilmente pudieron interpretar la invasión como un acto aislado. Más bien, fue el desenlace de una creciente percepción de amenaza por parte de Moscú frente a la incorporación de nuevos miembros a la Alianza Atlántica y al reordenamiento del espacio postsoviético.

A lo largo de la última década, los documentos estratégicos rusos reflejaron un cambio significativo: de una relación ambivalente con Occidente, que aún contemplaba espacios de cooperación, se pasó a una visión crecientemente confrontativa. La OTAN dejó de ser un actor incómodo para convertirse en la principal amenaza a la seguridad nacional rusa, con advertencias explícitas sobre la posibilidad de conflictos armados. Este deterioro en la percepción de Moscú sobre la configuración de la seguridad europea, cuyos indicios ya se habían manifestado en la guerra de Georgia en 2008 y en la anexión de Crimea en 2014, alcanzó su máxima expresión con el reconocimiento de la independencia de las regiones de Donetsk y Luhansk y la posterior invasión a gran escala del territorio ucraniano en 2022.
El límite del orden internacional
La respuesta de gran parte de la comunidad internacional fue rápida: sanciones económicas sin precedentes, aislamiento diplomático y resoluciones de condena en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Sin embargo, cuatro años más tarde, la guerra continúa.
El conflicto ha puesto en evidencia las limitaciones estructurales del andamiaje institucional diseñado tras la Segunda Guerra Mundial. El sistema fue concebido para preservar la paz entre las grandes potencias vencedoras, no necesariamente para disciplinarlas cuando una de ellas decide actuar unilateralmente. Rusia, miembro permanente del Consejo de Seguridad con derecho de veto, forma parte del núcleo encargado de garantizar la paz y la seguridad internacionales. Esa misma posición institucional bloquea cualquier acción coercitiva desde el órgano principal del sistema.

La paradoja es evidente: uno de los garantes del orden internacional es, al mismo tiempo, quien lo desafía. La condena moral y la presión económica han tenido efectos, pero no han logrado modificar el cálculo estratégico del Kremlin. La guerra demuestra que las instituciones internacionales son importantes, pero no omnipotentes; su eficacia depende, en última instancia, de la voluntad política de los Estados más poderosos.
Perspectivas de resolución de una guerra estancada
A cuatro años del inicio de la invasión, el alto el fuego y una resolución negociada aún parecen lejanos. En el plano militar, el conflicto se ha transformado en una guerra de desgaste. Rusia controla una porción significativa del este y sur de Ucrania y casi la totalidad del Donbás, pero no ha logrado una victoria decisiva. Ucrania, por su parte, ha resistido y limitado los avances rusos, pero no ha conseguido expulsar a las fuerzas rusas de su territorio.
Las recientes declaraciones del propio Volodímir Zelenski reflejan con claridad la distancia que aún separa a las partes en conflicto. En una entrevista con la BBC, el mandatario ucraniano se mantuvo firme y rechazó pagar el precio de un eventual alto el fuego en los términos exigidos por el presidente ruso, Vladímir Putin. Ese costo implicaría aceptar retirarse de los territorios del Donbás que las fuerzas rusas no han logrado dominar en estos cuatro años de enfrentamiento.

El problema central es que ninguna de las partes percibe que la derrota sea inevitable. Mientras ambos actores consideren que aún pueden mejorar su posición en el campo de batalla —o al menos evitar un desenlace desfavorable— los incentivos para negociar serán limitados, incluso frente a las presiones estadounidenses para poner fin al conflicto y a los cambios en la política de asistencia a Ucrania por parte de Washington. Las mesas de diálogo, en estas circunstancias, tienden a convertirse más en instrumentos tácticos que en verdaderos espacios de resolución.
En este contexto, el futuro del conflicto dependerá en gran medida de factores externos: el nivel de apoyo occidental a Ucrania, la evolución interna de la economía rusa y posibles cambios en el equilibrio estratégico global. Hasta que no se produzca una alteración significativa en ese balance, la guerra seguirá siendo un conflicto estancado, costoso y profundamente desestabilizador para Europa y para el orden internacional en su conjunto.
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