El Cuerno de África se ha consolidado como el epicentro de un Complejo de Seguridad Regional en fase de implosión, donde las crisis internas han mutado en un sistema de guerra regional interconectado. La convergencia de la guerra civil en Sudán, la asertividad expansionista de Etiopía y la competencia por el control del Mar Rojo ha dinamitado los marcos diplomáticos tradicionales, dando paso a una lógica realista estructural donde la supervivencia estatal depende de alianzas transnacionales volátiles. En este escenario, las fronteras nacionales han perdido su relevancia táctica frente a la formación de dos bloques antagónicos respaldados por potencias del Golfo y actores extra-hemisféricos, transformando la región en un polvorín geoeconómico que amenaza con colapsar las rutas del comercio marítimo.

El nexo sudanés y la internacionalización del conflicto
La guerra civil de Sudán entre las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF/FAR) ha dejado de ser una disputa doméstica para convertirse en el catalizador de una conflagración regional. Según informes recientes, Etiopía ha intensificado su involucramiento al albergar bases de adiestramiento para las FAR en su territorio, una medida que busca debilitar al gobierno de Jartum y expandir la influencia de Adís Abeba hacia el oeste. Esta maniobra ha sido interpretada por las SAF como una declaración de guerra de facto, forzando al general Al-Burhan a profundizar su dependencia militar de socios que perciben a Etiopía como una amenaza existencial para la estabilidad del Nilo.
La internacionalización de este conflicto se ha visto reforzada por el flujo masivo de armamento sofisticado. Informes de Modern Diplomacy detallan un acuerdo estratégico entre Arabia Saudita y Pakistán para suministrar cazas JF-17 y sistemas de artillería pesada a las SAF, con el objetivo de contrarrestar el dominio de drones suministrados por los Emiratos Árabes Unidos a las milicias de las FAR. Esta carrera armamentista ha transformado a Sudán en un laboratorio de guerra tecnológica donde se dirime la hegemonía del Mar Rojo, obligando a las potencias regionales a elegir bandos en un conflicto que ya no admite soluciones multilaterales intermedias.
El choque de bloques y la balcanización del Mar Rojo
La dinámica del Mar Rojo ha fracturado a la región en dos ejes de poder claramente diferenciados. El primero, liderado por Egipto, Arabia Saudita y Eritrea, busca preservar el status quo y garantizar la seguridad hídrica del Nilo. El Cairo ha intensificado su presencia militar en el litoral eritreo, firmando acuerdos para modernizar el puerto de Assab y establecer bases de operaciones conjuntas, una medida que el medio Al-Estiklal califica como un “cerco estratégico” contra las ambiciones de Etiopía. Este bloque percibe cualquier avance etíope hacia el mar o cualquier fragmentación de Sudán como un riesgo directo para la integridad del Canal de Suez y el suministro de agua dulce de Egipto.

Frente a este eje, se ha consolidado un bando pro-autonomía regional conformado por Etiopía, los Emiratos Árabes Unidos (EAU) e Israel. Según reportes de The Cradle, el reciente reconocimiento oficial de Somalilandia por parte de Israel ha sido el detonante de una nueva arquitectura de seguridad que vincula los intereses tecnológicos e infraestructurales de estos tres actores. Mientras los EAU financian la expansión de la red de puertos en el Cuerno para asegurar sus rutas comerciales hacia el Indo-Pacífico, Israel busca socios estratégicos que neutralicen la influencia de las milicias pro-iraníes en el estrecho de Bab el-Mandeb, utilizando a Etiopía como su principal anclaje terrestre en la región.
La fractura etíope-eritrea y la crisis de soberanía
La tensión entre Etiopía y Eritrea ha alcanzado niveles críticos en este inicio de 2026, reactivando antiguos resentimientos territoriales bajo una nueva lógica de necesidad económica. El Ministro de Relaciones Exteriores de Etiopía, Gedion Timothewos, emitió una comunicación formal el 7 de febrero de 2026 acusando a Asmara de agresión militar y de suministrar armas a grupos insurgentes dentro de territorio etíope, según documentos verificados por Baird Maritime. La retórica de Adís Abeba, que califica el acceso al Mar Rojo como un “derecho existencial”, ha sido interpretada por el presidente eritreo Isaias Afwerki como una amenaza inminente, lo que ha llevado a una movilización masiva de tropas en la frontera compartida.

Este conflicto se ve agravado por el papel de las milicias de Tigray, quienes a pesar del cese de hostilidades interno en Etiopía, han comenzado a actuar como aliados tácticos de las Fuerzas Armadas de Sudán en contra del gobierno de Abiy Ahmed. Investigaciones de Chatham House sugieren que la inestabilidad en el norte de Etiopía es utilizada por Eritrea para mantener a Adís Abeba sumida en una guerra de desgaste interna, evitando así que proyecte su poder hacia los puertos del Mar Rojo. Esta fragmentación de la soberanía nacional convierte al Cuerno de África en un territorio donde las milicias transfronterizas operan con mayor eficacia que los propios ejércitos estatales, erosionando el concepto tradicional de integridad territorial.
Perspectivas sistémicas y el fin del orden regional
La convergencia de estos factores apunta hacia un escenario de inestabilidad permanente donde la mediación regional, otrora liderada por la Unión Africana o la IGAD, ha quedado totalmente eclipsada por el pragmatismo de las grandes potencias. El fracaso de los recientes intentos de alto el fuego en Sudán demuestra que los incentivos para la guerra superan los beneficios de la paz en un entorno de competencia por recursos escasos como el agua y los minerales críticos. En este 2026, el Cuerno de África se presenta como el laboratorio de un nuevo orden mundial donde el poder duro y las alianzas asimétricas definen la viabilidad de los Estados frente a la anarquía regional.
En conclusión, la región se encuentra en un punto de no retorno donde solo un equilibrio de fuerzas entre los bloques del Golfo y los actores locales podría evitar una guerra regional total. La lección del Cuerno de África para el siglo XXI es evidente: la seguridad de un Estado ya no puede gestionarse de forma aislada en un sistema donde los conflictos son líquidos y las fronteras porosas. La comunidad internacional debe prepararse para una década de volatilidad en una de las arterias más críticas de la economía global, donde la lucha por la soberanía y el acceso al mar definirá el mapa político de África Oriental en las próximas generaciones.
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