La reciente visita del primer ministro británico Keir Starmer a China, la primera de un primer ministro del Reino Unido en ocho años, se ha convertido en uno de los eventos diplomáticos más relevantes del inicio de 2026. Más allá de las reuniones bilaterales, la gira plantea preguntas críticas sobre la reconfiguración de alianzas en un orden internacional cada vez más multipolar, la relación entre Europa y Estados Unidos, y la posible articulación de una lógica centro–periferia en la geopolítica global.

Contexto global de tensiones estructurales
La visita de Starmer se da en un escenario caracterizado por tensiones persistentes entre las grandes potencias, particularmente entre Estados Unidos y China, donde los aliados tradicionales de Washington muestran signos de reestructurar sus prioridades estratégicas. Algunos analistas consideran que este movimiento forma parte de un patrón en el que varias capitales occidentales buscan “balancear” sus relaciones con Beijing frente a la incertidumbre de la política estadounidense bajo la administración de Donald Trump.
Frente a lo que algunos describen como políticas estadounidenses erráticas, incluidas amenazas comerciales, tensiones en defensa colectiva y presión sobre el arco del Atlántico Norte, países como Irlanda, Francia y ahora el Reino Unido han intensificado el diálogo con China, buscando estabilidad económica y diversificación diplomática.
Objetivos y resultados de la visita
En Beijing, Starmer y las autoridades chinas acordaron fortalecer una asociación estratégica pragmática centrada en comercio, inversión y cooperación multilateral. El gobierno británico enfatizó que China sigue siendo un socio clave en sectores como tecnología, servicios financieros y crecimiento económico, al tiempo que se redujeron algunos aranceles e impulsaron diálogos estructurados en comercio y finanzas. Según Pekín, ambos países acordaron establecer nuevas instituciones de diálogo, entre ellas, una asociación climático-ambiental y un diálogo estratégico regular, que buscan consolidar una relación a largo plazo.
El mensaje oficial de Starmer fue evitar un enfoque binario de cooperación versus confrontación. En lugar de ello, el primer ministro británico abogó por una diplomacia “estable, constructiva y orientada al futuro”, argumentando que el Reino Unido no tendría que elegir entre Estados Unidos y China, sino que podría perseguir sus intereses nacionales mediante un enfoque diversificado.
Tensiones con Estados Unidos y el eje Atlántico
La visita no estuvo exenta de fricciones. El expresidente estadounidense Donald Trump calificó como “muy peligroso” que el Reino Unido estrechara lazos económicos con China, subrayando así las tensiones entre Londres y Washington sobre el manejo de la relación con Pekín. Este episodio ilustra un punto central de la disputa centro–periferia: la presión de la potencia hegemónica tradicional (EE. UU.) sobre sus aliados europeos para mantener una posición firmemente alineada contra China, versus la búsqueda de estos aliados de autonomía estratégica y flexibilidad diplomática en un contexto global más fragmentado.

Análisis: Centro–Periferia en disputa
La visita de Keir Starmer a China refleja un escenario internacional en el que las alianzas tradicionales están siendo puestas a prueba. Durante años, Estados Unidos fue el principal referente político y estratégico para el Reino Unido y Europa, pero las actuales tensiones globales y la creciente competencia con China están llevando a varios países a buscar mayor autonomía en sus decisiones de política exterior.
En ese contexto, el acercamiento británico a Pekín muestra cómo los Estados medianos intentan equilibrar sus relaciones entre las grandes potencias, priorizando intereses económicos y estratégicos propios. China aparece así como un socio alternativo capaz de atraer a actores occidentales, mientras el sistema internacional se vuelve más flexible, menos predecible y cada vez más multipolar.
Este replanteamiento de alianzas sugiere que la lógica centro–periferia clásica, concebida en términos unipolares o bipolaridad fría, ya no explica por completo las relaciones entre grandes potencias y estados medianos, quienes ahora negocian sus posiciones en un entorno mucho más fluido y competitivo.
Riesgos, críticas y desafíos internos
A pesar de los resultados positivos en términos de diálogo, la política de Starmer enfrenta críticas domésticas en el Reino Unido por no abordar firmemente temas como seguridad económica, derechos humanos y dependencias tecnológicas con China. Algunos sectores parlamentarios han señalado que una cooperación más estrecha podría crear vulnerabilidades estructurales en ámbitos críticos, como las cadenas de suministro o la infraestructura tecnológica.
Este desarrollo plantea cuestiones sobre la viabilidad de alianzas tradicionales en un sistema internacional fragmentado, y desafía el viejo paradigma centro–periferia, sugiriendo que los países intermedios están reclamando mayor autonomía estratégica en un mundo donde las jerarquías de poder se están reconfigurando.
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