La Alianza Atlántica llega a este 2026 en un punto de inflexión decisivo. Tras décadas de un “letargo” presupuestario en Europa, la invasión rusa a Ucrania y el contundente regreso de Donald Trump a la Casa Blanca han fracturado la complacencia europea. El organismo multilateral hoy no solo enfrenta un frente bélico en el Este, sino una profunda crisis de sostenibilidad interna. La “fatiga de guerra” y la insistente presión de Washington para que los aliados asuman el costo total de su seguridad han puesto a Bruselas contra las cuerdas, obligando a redefinir si la OTAN es una sociedad de iguales o una estructura de dependencia absoluta. De hecho, la relación transatlántica ha experimentado un giro considerable.

Apenas el 21 de enero, se reportaba que Trump anunció un acuerdo preliminar con la OTAN sobre Groenlandia y la región del Ártico, lo que refleja la creciente influencia estadounidense en la agenda de seguridad de la Alianza y la necesidad de una rápida adaptación europea a las exigencias de Washington.
“Sigan soñando”: La Doctrina Rutte ante el Parlamento
El 26 de enero de 2026, el Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, compareció ante el Parlamento Europeo para lanzar un mensaje que destacaron por su crudeza y pragmatismo. La postura de Rutte es clara: la independencia militar de la Unión Europea es, hoy por hoy, financieramente inviable y estratégicamente imprudente en el corto y mediano plazo.
En su intervención, Rutte fue contundente: “Si alguien piensa que Europa puede defenderse sin Estados Unidos, que siga soñando”. El líder de la Alianza advirtió que para alcanzar una autonomía militar real, Europa no solo debería cumplir el ya ambicioso objetivo del 5% del PIB en defensa (pactado para 2035), sino que necesitaría duplicarlo, invirtiendo inmediatamente un 10% de su Producto Interno Bruto. Una cifra, a su juicio, inalcanzable y que medios como EURONEWS resaltaron bajo el titular: Rutte advierte a la Eurocámara: “Sigan soñando”. Su argumento se refuerza al considerar el vacío de poder y el costo incalculable de reemplazar la capacidad de disuasión nuclear y logística que actualmente provee Estados Unidos.

Esta perspectiva, aunque pragmática, ha generado fuertes roces. Voces críticas, como la del ex-presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, han acusado a Rutte de actuar más como un “agente estadounidense” que como un verdadero líder europeo, subrayando la profunda fractura ideológica en Bruselas sobre cómo gestionar la relación con Washington.
Desafíos estructurales y la persistente dependencia operativa
El tercer eje de esta problemática se centra en por qué, en términos operativos y estratégicos, Europa sigue inextricablemente ligada a Washington. No es solo una cuestión de voluntad política, sino de capacidad industrial y de disuasión que la UE aún no posee.Uno de los puntos clave lo representa el conflicto en Ucrania. Rutte ha insistido en que el préstamo europeo de 90.000 millones de euros destinado a Kiev debe ser flexible. Su objetivo: permitir que Ucrania compre armas de proveedores estadounidenses, argumentando que la industria de defensa europea, a pesar de sus esfuerzos, no tiene la capacidad ni la velocidad de producción necesaria para abastecer las necesidades ucranianas. Esta postura destaca el debate entre una autonomía estratégica y la eficiencia operativa.
Además, nuevos frentes de seguridad, como el Ártico, demandan una capacidad que Europa aún no posee. La seguridad colectiva de la OTAN ahora incluye la protección de rutas marítimas y el control de recursos estratégicos en esta región, donde la superioridad naval y tecnológica de Estados Unidos es innegable frente a las ambiciones de Rusia y China.

El reto final para la Unión Europea es cómo construir un “pilar europeo” de defensa que sea verdaderamente capaz de hacer más por su propia seguridad, sin que ello signifique una ruptura con Estados Unidos que deje al continente vulnerable. Como bien resume un análisis de Defense News basado en reportes de Reuters, Europa simplemente no puede defenderse sin EE. UU., una realidad que choca con las aspiraciones de países como Francia.
La encrucijada europea
La cruda verdad expresada por Mark Rutte resalta la encrucijada en la que se encuentra Europa. Mientras que naciones como Francia abogan por una mayor autonomía estratégica —como lo evidencia la rápida respuesta del ministro Jean-Noël Barrot en redes sociales: “No, querido Mark Rutte. Los europeos pueden y deben hacerse cargo de su seguridad“, la realidad económica, militar y geopolítica dictada por Washington y la amenaza rusa plantea un escenario mucho más complejo. La pregunta ya no es si Europa desea ser independiente, sino si puede permitírselo, o si la interdependencia con Estados Unidos sigue siendo la única garantía de su seguridad en un mundo cada vez más volátil.
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