La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca no trajo solo un cambio de tono: trajo acciones. En este nuevo ciclo, la administración combinó golpes de efecto, presión diplomática y señales de fuerza que reordenaron el tablero: desde la captura de Nicolás Maduro en una operación en Caracas, pasando por una retórica de máxima dureza hacia Irán, hasta la presión y el pulso con aliados en debates sensibles como Groenlandia, donde la discusión no es solo política, sino geoestratégica, con la base de Pituffik como punto de vigilancia y alerta temprana en el Ártico, mientras en paralelo ensaya un camino de negociación para Ucrania que reescribe reglas, tiempos y jerarquías. La pregunta incómoda no es si gusta o no. Es otra: ¿y si Trump está leyendo el sistema internacional con más realismo que sus críticos?
Trump como síntoma, no como anomalía
La tentación más común es tratar a Trump como una “ruptura” del orden. Pero hay otra lectura, más fría: Trump no rompe el sistema; lo expone. La política internacional siempre tuvo un núcleo duro: anarquía, poder, intereses y coerción. Lo que cambió con Trump es el grado de sinceridad con el que Estados Unidos decide jugar esa partida.
En palabras de Juan Battaleme, analista internacional, experto en seguridad global y defensa nacional, “todos los presidentes norteamericanos han definido la política exterior y de seguridad de manera directa, aunque con una carga retórica mucho menor”. Trump, dice, “expresa su mirada sin matices, sin grises”, y se vuelve explícito algo que estaba implícito: “en este siglo XXI, los aliados son prescindibles”.

Esa frase es brutal, pero sirve de llave: si los aliados son prescindibles, entonces el orden internacional deja de ser una arquitectura de consensos y pasa a ser, otra vez, una geometría variable de conveniencias.
Por qué ahora: personalidad, base electoral y China
Para entender el “por qué” de esta estrategia, no alcanza con señalar al personaje. Fabián Calle, licenciado en ciencia política y especialista en estrategia económica internacional, propone un trípode.
Primero, la personalidad-negociación. Trump trae a la política global lo que hizo en el real estate: “su libro más famoso es ‘El arte de la negociación’… es bastante parecido a lo que él hacía para el real estate… con lo que hace en política internacional”. No es un detalle de estilo: define método.
Segundo, la base electoral. Calle lo describe sin filtro: Trump gobierna con un electorado que cree que “Estados Unidos puso más de lo que correspondía en el mundo, que no se lo reconoce por eso…”, y que mira a Europa como un socio que vivió “del free lunch”. Para ese núcleo duro, Washington sostuvo el paraguas de seguridad, pagó guerras, y a cambio recibió críticas y “desagradecimiento”.

Tercero, la variable estructural: China. Calle lo plantea como toma de conciencia: “el mundo unipolar había terminado” y empezó una “pugna geopolítica con China… más complicada todavía que la que tuvo con la Unión Soviética”. Y agrega una comparación clave para dimensionar el desafío: la URSS nunca llegó a ser una fracción equivalente de la economía estadounidense; en cambio “ahora China es el 60” (en términos relativos), con músculo tecnológico, capacidad industrial y soft power.
Si juntás las tres variables, método de negociación, mandato doméstico e incentivo sistémico, la estrategia deja de parecer errática: pasa a ser coherente.
El poder que hace posible el giro: capacidades y ventajas de EE.UU.
Trump puede hablar como habla porque Estados Unidos todavía puede hacer lo que otros no pueden. Y no es una impresión: es una foto dura de recursos, escala y alcance.
Según SIPRI, el gasto militar mundial trepó en 2024 a 2,718 billones de dólares (en términos corrientes), con el mayor salto interanual en décadas recientes. En ese total, Estados Unidos siguió siendo el actor dominante: 997 mil millones de dólares en 2024, equivalente a alrededor del 37% del gasto global. China, segunda, destinó 314 mil millones (cerca del 12%). Es decir: aun en un mundo “pos-unipolar”, Washington sigue jugando con un presupuesto que multiplica varias veces a cualquier competidor individual. (A enero de 2026, este es el último año con datos consolidados en la serie pública de SIPRI, que llega hasta 2024)

Esa masa de recursos no es abstracta: SIPRI detalla prioridades que explican la proyección. En 2024, Estados Unidos volcó decenas de miles de millones a sostener su superioridad tecnológica y su presencia global: modernización nuclear, defensa antimisiles, compras y mantenimiento de sistemas de quinta generación, y, clave para el control de los mares, inversión en nuevos buques. Cuando se discute “poder”, conviene recordarlo: la potencia no es solo voluntad; es presupuesto, industria y continuidad.
Calle lo resume por el lado clásico del poder: “la ventaja que tiene todavía es militar… el control de los mares”. Subraya el despliegue global, “600, 700, 800 instalaciones” y el hecho de que el poder naval estadounidense “todavía es incomparable”. China crece, sí, pero “está a mitad del tonelaje americano todavía”, y hay un símbolo que condensa la brecha: “no tiene todavía ningún portaaviones nuclear; Estados Unidos tiene once”. Ese dato no es decorativo: los portaaviones nucleares son, en la práctica, una infraestructura móvil de poder. En términos de disuasión, significan persistencia (tiempo en estación), autonomía y una cadena logística que solo unas pocas potencias pueden sostener.
Ahora bien, el crecimiento chino no es humo. Informes recientes del Departamento de Defensa de Estados Unidos describen al PLAN como la marina más numerosa del mundo, con más de 370 plataformas y proyecciones de expansión en los próximos años. Es un programa de construcción naval masivo, con foco en grandes combatientes de superficie, submarinos y capacidades para negar el acceso en el Indo–Pacífico. Por eso Calle habla de una pugna “más complicada” que la de la Guerra Fría: el desafío no es solo militar, es industrial, tecnológico y financiero.
Battaleme aporta el lado contemporáneo de esa superioridad: “Estados Unidos tiene la capacidad de armamentizar la interdependencia”. En el siglo XXI, el poder no es solo portaaviones: es controlar redes, estándares, flujos financieros, sanciones, tecnología, cadenas de suministro. Es poder decidir quién opera “dentro” y quién queda “afuera” del sistema de pagos, de los seguros marítimos, de la alta tecnología y de los nodos críticos.

En esa dimensión, la ventaja estadounidense se vuelve menos visible pero más efectiva: la capacidad de convertir una economía global interconectada en un campo de coerción. No es casual que, cuando Washington presiona, la señal no llega solo por vía diplomática: llega por bancos, por cadenas logísticas, por proveedores, por licencias de chips, por acceso a mercados y por el costo reputacional de quedar del lado equivocado. En el siglo XXI, el poder no es solo portaaviones: es controlar redes, estándares, flujos financieros, sanciones, tecnología, cadenas de suministro. Y agrega lo que completa el cuadro: “tiene un dispositivo militar global que ningún otro país tiene” y “redes de contacto formales e informales” más vigorosas que las de sus competidores.
Ese combo, mar, redes e interdependencia, explica por qué Washington todavía puede imponer ritmo, agenda y condiciones.
Pero también hay límites: instituciones, Congreso, mercados y narrativa
La clave analítica no es caer en el mito de la omnipotencia. Trump tensiona, pero no gobierna en el vacío. Aun con 997 mil millones anuales, la potencia tiene fricciones: capacidades industriales que no escalan al ritmo de las guerras largas, tensiones presupuestarias, y una sociedad que exige que el poder “rinda” en términos concretos.
Y hay un límite silencioso que Battaleme marca con precisión: el propio andamiaje occidental. El orden que Estados Unidos diseñó es, al mismo tiempo, una caja de herramientas y una baranda: habilita influencia, pero también limita ciertas decisiones si el costo de romperlo es mayor que el beneficio de imponer.

Battaleme marca un límite que suele subestimarse: “forma parte de una serie de organizaciones en las cuales tampoco puede romper”. La arquitectura que EE.UU. construyó se convirtió, parcialmente, en un freno para EE.UU. mismo. Y suma restricciones domésticas: “yo no veo al Congreso norteamericano justificando… una acción militar en contra de un aliado como Dinamarca”.
También hay límites en los mercados y en la batalla de relatos: si Estados Unidos actúa como potencia abiertamente imperial, puede abrirle espacio a que China se presente como “promotor del statu quo” o de una globalización “justa”. Battaleme lo sintetiza: “los proyectos imperiales en el siglo XXI encuentran límites, sobre todo en democracias”, por reacción de sociedad civil y opinión pública.
En otras palabras: Trump empuja la ventana, pero no puede arrancar la pared.
El sistema que “lo permite”: unilateralismo como regla (y no como excepción)
Acá entra el argumento más filoso de Calle, en modo cinismo didáctico. Tal como dice:
“Las grandes potencias siempre toman decisiones unilaterales. Siempre.”
Y para que no quede en consigna, lo vuelve metáfora: la consulta de las potencias a sus socios es “estilo padre que le pregunta al nene… qué auto quiere para la familia. Después el padre compra lo que se le canta la voluntad”.
La diferencia con Trump no es el acto de poder. Es el nivel de maquillaje. Calle lo plantea así: antes existía un “trabajo encubridor”, hacer sentir a aliados y socios que participaban. Hoy, Trump decide que ni siquiera vale la pena ese esfuerzo.

Calle remata con un punto que ordena históricamente el debate: “todo el andamiaje que se montó después del 1945 lo montó Estados Unidos… la ONU, el BID, la OTAN, el FMI, el Banco Mundial, el GATT… y obviamente siempre respondió a sus intereses”.
La implicancia es dura pero útil: cuando la potencia que diseñó las reglas decide priorizar su interés, el sistema no “colapsa”. Se reacomoda.
¿Y Argentina? Ventana de oportunidad, pero sin romanticismo
Calle ve una oportunidad clara: “para la Argentina una gran oportunidad”. ¿Por qué? Por afinidad política y por estructura.
Primero, por equipos con conocimiento regional: “muchos republicanos de la Florida… hablan español y conocen profundamente América Latina”. Segundo, porque ante una disputa global EE.UU. busca consolidar su hemisferio: “como siempre que hay una disputa estratégica global, Estados Unidos busca consolidar su zona de influencia natural que es el hemisferio americano”.
Tercero, por el factor polos y los pasajes estratégicos: “Polo Norte, Polo Sur… pasos estratégicos… Atlántico-Pacífico”. Y cuarto, porque Argentina empieza a ser mirada con otros lentes: ya no “vaca, soja, trigo…”, sino “litio… energía para inteligencia artificial, cobre… petróleo, gas”.

Battaleme coincide en el potencial, pero advierte sobre el método: “compromiso selectivo: negocios con todos”, con líneas rojas claras en seguridad y defensa del hemisferio. Y mete un punto clave para el cierre editorial: “la Argentina no tiene que ser ambigua… hablar con todos, ciertamente… pero no ser ambigua en relación a quiénes son nuestros aliados o los países like-minded”.
Argentina tiene, como dice Battaleme, tres cartas centrales para los próximos 20 o 30 años: alimentos, energía y minerales estratégicos. Eso abre oportunidades federales (centro, cordillera, offshore), pero también expone: cuando el mundo vuelve a ordenarse por poder, los recursos dejan de ser commodities y pasan a ser activos estratégicos.
Si Trump “tiene razón”, el mundo volvió a hablar en voz alta
La hipótesis no exige simpatía por Trump. Exige honestidad analítica.
Si el sistema es anárquico, si las potencias deciden unilateralmente cuando pueden, y si la competencia con China empuja a Estados Unidos a priorizar y a cobrar más caro su protección, entonces Trump aparece menos como excepción y más como síntoma.
El punto final es incómodo para todos, también para Argentina: en un mundo de poder como norma, la ambigüedad es una estrategia cara. Y el margen de maniobra no se declama: se construye con capacidades propias, claridad de intereses y una diplomacia que entienda el nuevo idioma del sistema.
Porque si Trump tiene razón, el problema no es Trump. El problema es que el mundo ya cambió… y todavía hay muchos actuando como si no.
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