A las puertas de un nuevo aniversario del inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania, el conflicto vuelve a concentrarse en uno de sus ejes más sensibles: la energía. Desde 2022, Moscú sostiene una campaña sistemática de ataques contra el sistema eléctrico y de calefacción ucraniano, una estrategia que impacta de forma directa sobre la población civil y adquiere una gravedad particular durante el invierno europeo. En ese contexto, Escenario Mundial dialogó con Alina Rohach, analista internacional del Transatlantic Dialogue Center, quien describió en primera persona cómo se vive esta presión cotidiana y cuáles son las expectativas sociales y políticas cuando la guerra se encamina a cumplir cuatro años.
El efecto de la ofensiva energética rusa no es abstracto ni estadístico. En ciudades como Kiev, la vida diaria se organiza en función de apagones programados y ventanas breves de suministro eléctrico. La rutina incluye cargar baterías externas, cocinar cuando hay luz, reorganizar el trabajo y las tareas domésticas, y adaptarse a horarios imprevisibles. Según Rohach, existe una adaptación social real, pero se trata de una resiliencia forzada, sostenida bajo presión constante, que permite sobrevivir pero no puede confundirse con normalidad.
La situación se agravó de manera significativa tras el ataque masivo del 9 de enero, cuando Rusia golpeó infraestructura energética en plena ola de frío. Como consecuencia, amplias zonas de la capital ucraniana quedaron sin electricidad, sin calefacción y con interrupciones en el suministro de agua. En numerosos edificios, la calefacción estuvo ausente durante hasta 72 horas consecutivas, con temperaturas exteriores cercanas a –15 °C. En una ciudad altamente dependiente de sistemas de calefacción centralizada, el daño a esa infraestructura transforma rápidamente los departamentos en espacios inhabitables. Rohach describe casos concretos en los que la temperatura interior descendió hasta 5 °C o incluso por debajo de cero, una situación crítica para familias, personas mayores y niños.
La recuperación del sistema no es uniforme. El agua fría suele restablecerse primero, mientras que la electricidad y, especialmente, la calefacción requieren reparaciones más lentas y complejas. En algunos hogares, la electricidad aparece apenas unas pocas horas al día, a veces en plena madrugada. Eso obliga a modificar incluso las rutinas más básicas: despertarse de noche para ducharse con agua caliente, preparar lo indispensable y poder salir a trabajar al día siguiente sin enfermarse. Al mismo tiempo, muchos comercios reducen horarios o cierran temporalmente, con un impacto económico directo.
En la sociedad ucraniana circula una frase que resume la carga simbólica de esta experiencia: “Antes fue el hambre; ahora, la oscuridad y el frío”. La comparación con el Holodomor de 1932–1933, la hambruna provocada por la Unión Soviética, expresa una lectura histórica del conflicto actual. Para muchos ucranianos, el sufrimiento civil vuelve a ser utilizado como instrumento de dominación. En el pasado fue el hambre impuesta; hoy son los apagones, el frío y la ruptura de las condiciones mínimas de vida.
La ofensiva energética, subraya Rohach, no busca únicamente destruir infraestructura. Su objetivo es erosionar la estabilidad psicológica y social. Cuando una persona no puede confiar en que tendrá luz para trabajar, calefacción para dormir o agua caliente para cuidar su salud, se quiebra la previsibilidad básica que sostiene la vida cotidiana. El frío actúa como un factor multiplicador de esa presión: no es solo incomodidad física, sino cansancio crónico, mayores riesgos sanitarios y una tensión emocional constante. Dormir vestido durante semanas, limitar movimientos y ahorrar energía corporal convierte tareas simples en desafíos diarios. Se trata de una forma de violencia silenciosa, prolongada y deliberada.
Cansancio social y estabilidad política en una guerra prolongada
A casi cuatro años del inicio de la invasión a gran escala, las expectativas en Ucrania están marcadas por la comprensión de que se trata de una guerra larga, compleja y costosa. No hay expectativas de milagros ni de finales rápidos, pero tampoco existe una disposición a la rendición o a la renuncia de la soberanía. Lo que predomina es una determinación sobria: continuar y sostener al país el tiempo que sea necesario, con plena conciencia de que está en juego el derecho a existir como Estado y como sociedad libre.
Los datos sociales reflejan ese clima. Un estudio de Gradus, realizado en diciembre de 2025, muestra que el cansancio es hoy la emoción más extendida: el 52 % de los encuestados afirma sentirse cansado con mayor frecuencia que cualquier otra emoción. En comparación con comienzos de 2024, la fatiga aumentó y el miedo disminuyó. Este cambio no implica tranquilidad ni sensación de seguridad, sino una habituación al riesgo. La guerra dejó de percibirse como un shock permanente y pasó a integrarse, de forma forzada, en la vida cotidiana, con un alto costo psicológico y emocional.

Ese agotamiento, sin embargo, no se traduce en un giro político. Por el contrario, las orientaciones básicas de la sociedad ucraniana se mantienen notablemente estables. Tras años de guerra, pérdidas humanas y destrucción deliberada, se reforzó el sentido de justicia. La idea de que la agresión debe ser nombrada como tal y de que los crímenes cometidos deben tener consecuencias ocupa un lugar central en la percepción social. Cualquier planteo que sugiera relativizar la responsabilidad de Rusia o aceptar concesiones es recibido con profunda desconfianza.
En ese marco, las declaraciones ambiguas de algunos socios internacionales generan reacciones sociales extremadamente críticas. Para muchos ucranianos resulta desconcertante que, después de años de evidencias documentadas de crímenes y sufrimiento civil masivo, aún se ponga en duda la naturaleza de la agresión rusa o se considere aceptable negociar a costa de principios básicos del derecho internacional. La guerra, en ese sentido, dejó de ser solo una disputa territorial o geopolítica y pasó a vivirse como una prueba moral.
Desde una mirada analítica, Rohach descarta escenarios de cierre rápido. A lo largo de estos años, las promesas de un final en semanas o meses demostraron no comprender la naturaleza del conflicto. No se trata de un desacuerdo puntual que pueda resolverse con concesiones limitadas, sino de una guerra cuyo objetivo político central es la subordinación de Ucrania. Las propuestas de paz presentadas por Kiev chocan, en la práctica, con una exigencia persistente: la capitulación.

Esta dinámica plantea un interrogante que excede a Ucrania y alcanza al sistema internacional en su conjunto. Aceptar que un Estado sea obligado a perder su soberanía por la fuerza implica erosionar un principio básico del orden internacional: que las fronteras y la independencia no se deciden por invasión. Las llamadas “salidas rápidas” suelen trasladar el costo a Ucrania mediante cesiones territoriales o renuncias a garantías de seguridad. Lejos de resolver el conflicto, lo congelan y dejan abierta la puerta a su repetición.
Mientras la atención mediática internacional fluctúa y otras crisis ganan espacio, la guerra no desaparece para quienes la viven. Está presente en la energía, en la economía, en la vida familiar, en el duelo y en la incertidumbre cotidiana. Desde esta perspectiva, el escenario más probable sigue siendo el de un proceso largo, sin una paz inmediata a la vista. Una salida sostenible requeriría condiciones verificables, que impidan a Rusia utilizar una pausa para rearmarse y, sobre todo, un marco que no premie la agresión.
De cara a un nuevo año de guerra, Ucrania enfrenta el invierno bajo apagones, frío extremo y un desgaste social profundo, pero mantiene una línea política firme frente a cualquier solución que implique la negación de su soberanía. El desarrollo del conflicto seguirá dependiendo del equilibrio entre la presión militar rusa, el apoyo internacional y la capacidad de la sociedad ucraniana de sostener la resistencia, con implicancias que trascienden ampliamente el plano regional.
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