Estados Unidos tomó control de dos buques tanque —el Marinera (ex Bella 1, reabanderado en Rusia) y el Sophia (descrito por el Comando Sur como “sin nacionalidad” y parte de una “dark fleet” sancionada)— en una operación que escala la ofensiva marítima de la administración Trump pocos días después de la captura de Nicolás Maduro. En un análisis se planteó que el golpe tiene un alcance que excede a Venezuela: busca enviar un mensaje a Rusia y China sobre la decisión de Washington de reducir la influencia extra-hemisférica en energía e infraestructura en las Américas, en el marco de una política hemisférica reforzada tras la caída de Maduro.

De acuerdo con el reporte, el Marinera era el buque seguido durante semanas por activos estadounidenses desde el Caribe hasta el Atlántico Norte, luego de que su tripulación resistiera intentos de abordaje y el barco cambiara de identidad y registro. El Sophia, en tanto, fue presentado por el U.S. Southern Command como un petrolero “stateless” (sin bandera válida) y sancionado, intervenido en coordinación con otras agencias federales.
La señal a Moscú y Beijing en el tablero energético
El episodio golpea dos frentes a la vez. Por un lado, Rusia, porque una parte de la logística de exportaciones bajo sanciones descansa en redes de transporte opacas (“shadow/dark fleet”) y en reabanderamientos que buscan dificultar la interdicción. Por otro, China, por su exposición en el sector energético venezolano y porque parte del crudo venezolano termina en refinerías independientes conocidas como “teapot”, que procesan petróleo con descuento proveniente también de otros países sancionados.

Beijing condenó la incautación de un buque con bandera rusa y criticó las sanciones unilaterales; Moscú, por su parte, invocó principios de libertad de navegación en alta mar bajo la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar.
En términos políticos, la interdicción llega en un momento particularmente sensible: la administración Trump intenta consolidar el nuevo escenario post-Maduro mientras intensifica la presión sobre flujos de crudo y actores externos asociados a Caracas. En esa combinación, el control de rutas marítimas y cargamentos aparece como una herramienta de coerción con efecto regional —y con consecuencias directas en el pulso geopolítico con Rusia y China.
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