La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses no cerró el capítulo venezolano: lo abrió. Menos de 48 horas después de la operación que Washington presentó como un golpe “quirúrgico”, Donald Trump endureció el tono contra la nueva figura que asumió la conducción formal del Ejecutivo en Caracas. En una entrevista telefónica con The Atlantic, el presidente de Estados Unidos advirtió que la vicepresidenta Delcy Rodríguez, designada como presidenta interina por el Tribunal Supremo, “va a pagar un precio muy grande, probablemente más grande que Maduro” si no “hace lo correcto”.

El mensaje marca un giro doble. Hacia afuera, Trump intenta consolidar la idea de que el control de la transición depende de Washington. Hacia adentro, presiona para quebrar cualquier intento del chavismo de ordenar la sucesión sin ceder el mando real. Y mientras en Caracas la cúpula oficialista insiste en que “sigue habiendo un solo presidente”, Maduro, el tablero se llena de incógnitas: ¿quién gobierna efectivamente?, ¿con qué respaldo?, ¿qué margen tiene Estados Unidos para “administrar” el país sin caer en una ocupación de hecho?
La amenaza de Trump y el cambio de libreto
En el reportaje con The Atlantic, Trump exhibió buen ánimo tras el operativo, pero dejó una advertencia explícita sobre Rodríguez. Según el presidente, si la dirigente venezolana no se alinea con lo que Washington considera aceptable, enfrentará represalias mayores que las aplicadas contra Maduro, hoy detenido en Nueva York a la espera de instancias judiciales.
El punto político de fondo es que la Casa Blanca ya no se limita a celebrar la captura: busca convertirla en palanca de conducción. Trump ya había dicho públicamente que Estados Unidos iba a “administrar” Venezuela hasta que se produzca una “transición segura”. Ahora suma un condicionamiento personal sobre quien, en el papel, queda al frente de la administración estatal.

En el mismo intercambio, Trump reconoció, sin matices, un corrimiento respecto de su viejo discurso contra el “nation building”. “Reconstruir ahí, cambio de régimen, como quieras llamarlo, es mejor que lo que tienen ahora. No puede ser peor”, planteó. También dejó una frase que amplía el alcance del mensaje: “Necesitamos Groenlandia, absolutamente”, al describirla como un punto rodeado por buques rusos y chinos. La señal no es solo regional: es conceptual. Si el operativo en Venezuela fue presentado como “éxito”, Trump sugiere que el uso de fuerza para objetivos estratégicos puede repetirse.
Delcy Rodríguez asume por orden del Tribunal Supremo, pero el chavismo no entrega el mando simbólico
Caracas respondió con un movimiento institucional que intenta cerrar el vacío: la Sala Constitucional del Tribunal Supremo ordenó que Delcy Rodríguez asuma como presidenta interina “en ausencia” de Maduro, con el argumento de garantizar “continuidad administrativa” y la “defensa integral” de la nación, según reportó Reuters. Esa resolución busca sostener la verticalidad del Estado y enviar un mensaje a las Fuerzas Armadas y al aparato burocrático: la cadena de mando formal sigue en pie.

Pero el oficialismo simultáneamente sostuvo la narrativa opuesta: que el presidente real sigue siendo Maduro. En un audio difundido por el partido de gobierno, el ministro del Interior Diosdado Cabello llamó a no caer en “provocaciones” y remarcó que “aquí hay un solo presidente, cuyo nombre es Nicolás Maduro Moros”, también según Reuters. La contradicción es deliberada: el Tribunal Supremo provee la cobertura jurídica para operar; la dirigencia política intenta preservar la legitimidad simbólica del liderazgo depuesto, evitando fracturas internas y deserciones.
Rodríguez, además, no acompañó el libreto de Washington. Tras el anuncio de Trump de que ella estaba dispuesta a trabajar con Estados Unidos, rechazó esa versión y endureció el discurso soberanista. En declaraciones públicas, afirmó que Venezuela está lista para defender sus recursos naturales y remarcó: “Nunca volveremos a ser una colonia”. El choque entre ambas posiciones deja el centro del problema intacto: Estados Unidos dice que “administra”, Caracas dice que resiste, y en el medio queda la pregunta por el control efectivo del territorio y del aparato estatal.
Las Fuerzas Armadas y el costo interno del operativo
La estabilidad inmediata depende de un actor: la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. En ese marco, el ministro de Defensa, Vladimir Padrino, reconoció que “una gran parte” del equipo de seguridad de Maduro murió durante el operativo estadounidense, sin precisar cifras, en una declaración televisada replicada por Reuters. El dato es relevante por dos motivos. Primero, porque sugiere un nivel de violencia y penetración mayor al que Trump intentó sintetizar como “acción rápida”. Segundo, porque obliga al chavismo a administrar un impacto psicológico dentro del sistema de seguridad: si el núcleo más protegido fue vulnerado, el resto de la estructura reevalúa costos y lealtades.

Padrino respaldó la asunción interina de Rodríguez y afirmó que las fuerzas armadas fueron “activadas” para garantizar la soberanía. El mensaje apunta a sostener disciplina y control interno, pero también deja entrever que la presión no terminó. Trump ya insinuó que está dispuesto a una segunda ola de ataques si lo cree necesario. La amenaza personal contra Rodríguez refuerza esa posibilidad como herramienta de coerción.
El petróleo como eje: la economía atrapada entre la transición y la coerción
La disputa de poder se cruza con un nervio sensible: el petróleo. Reuters informó que PDVSA pidió a algunas empresas mixtas recortar producción mediante el cierre de campos o grupos de pozos, en un contexto de parálisis de exportaciones. Esa dinámica se vincula al cuadro de presión marítima y a las restricciones que vienen afectando la salida de crudo. En paralelo, dentro del oficialismo crece la idea de que el objetivo real de Washington es el control de recursos: Cabello sintetizó esa lectura con una frase directa: “Se reveló que lo único que quieren es nuestro petróleo”.

Trump, por su parte, alimentó esa percepción al declarar que grandes compañías estadounidenses entrarían a Venezuela para “arreglar” infraestructura y “empezar a hacer dinero para el país”. En el corto plazo, ese cruce puede acelerar dos tendencias opuestas: una negociación pragmática para evitar el colapso económico inmediato, o una radicalización defensiva que convierta el petróleo en bandera de resistencia y justificación de una prolongación del conflicto.
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