El mar Báltico dejó de ser solo un corredor comercial y energético: hoy es uno de los escenarios donde se expresa con más claridad la presión híbrida entre Rusia y Occidente. El nuevo capítulo llegó con daños reportados en cables submarinos entre Finlandia y Estonia a fines de diciembre, en una región que ya venía en alerta por incidentes previos sobre enlaces eléctricos, telecomunicaciones y gasoductos. Esa sucesión de episodios explica por qué la OTAN viene subiendo el perfil de su presencia en el Báltico: no se trata solo de “mostrar bandera”, sino de vigilar y disuadir acciones que pueden afectar infraestructura crítica sin cruzar el umbral de una confrontación militar abierta.

Una cadena de incidentes que cambió la lógica del Báltico
En octubre de 2023, el gasoducto Balticconnector (Finlandia–Estonia) sufrió un daño mecánico que obligó a cortar el flujo; investigadores finlandeses apuntaron a un episodio vinculado al arrastre de un ancla y a un buque que navegó en la zona en el momento del incidente.
Desde entonces, el patrón se repite: infraestructura en el lecho marino (energía y datos) expuesta a interrupciones que pueden presentarse como “accidentes”, pero que en la práctica obligan a destinar recursos permanentes de vigilancia y respuesta. En los últimos días, medios europeos volvieron a reportar investigaciones sobre nuevos daños a cables Finlandia–Estonia, en un contexto donde varios gobiernos ya los interpretan como parte de un problema sistémico de seguridad regional.
La respuesta OTAN: más presencia y una misión específica
La Alianza decidió pasar de la reacción ad hoc a un esquema más estable. A fines de 2024, la OTAN informó que reforzaría su presencia militar en el Báltico para elevar vigilancia, conciencia situacional y disuasión, tras el episodio de daños en conexiones entre Estonia y Finlandia.

En enero de 2025, esa línea se formalizó con el lanzamiento de “Baltic Sentry”, una actividad que busca proteger infraestructura crítica con una combinación de medios: fragatas, aeronaves de patrulla marítima y una pequeña flota de drones navales, además de integrar capacidades nacionales de vigilancia.
El mensaje es directo: la OTAN intenta que cualquier actor que evalúe “probar” la infraestructura submarina asuma que habrá monitoreo, trazabilidad y consecuencias (incluyendo abordajes e incautaciones bajo marco legal, según la propia narrativa aliada).
Por qué el Báltico es tan sensible
En esa cuenca se superponen gasoductos, interconectores eléctricos, cables de datos, terminales y puertos que sostienen el abastecimiento y la conectividad del norte europeo. Y hay un dato estructural: con Suecia y Finlandia dentro de la OTAN, ocho de los nueve países ribereños del Báltico pertenecen a la Alianza, con Rusia como el único actor externo a ese bloque sobre la misma cuenca.
Eso convierte a la infraestructura submarina en un “punto ciego” ideal para operaciones que buscan dañar sin atribución inmediata: es difícil detectar el hecho en tiempo real, y aún más probar intención.
Incluso con más patrullas, el problema no se resuelve solo con buques de superficie. La OTAN y sus socios vienen empujando redes de coordinación y centros específicos para seguridad de infraestructura submarina, además de cooperación con la industria, porque la protección depende tanto de vigilancia como de resiliencia (redundancia, reparación, capacidad de respuesta).
En paralelo, los países del área están sumando capas tecnológicas y de monitoreo: por ejemplo, el JEF (fuerza expedicionaria liderada por el Reino Unido) activó “Nordic Warden”, un sistema que usa datos (como AIS) para evaluar riesgos de buques que ingresan a zonas sensibles.
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