El presidente argentino Javier Milei afirmó que trabaja en la conformación de un bloque regional de líderes de derecha y que evalúa convocar una cumbre en Buenos Aires durante 2026, en una apuesta por reordenar la política exterior argentina sobre un eje ideológico y de confrontación con el “socialismo del siglo XXI” y el progresismo. La idea, según sus propias declaraciones, es pasar de la afinidad discursiva a una coordinación política con “al menos diez países”. En una entrevista citada por medios argentinos, Milei planteó que buscan “hacer un bloque” para “plantarse” frentre al “socialismo”, en sus versiones “del siglo XXI” o “woke”.

El planteo aparece en un momento en el que Milei intenta proyectar su narrativa doméstica a escala regional: libertad económica, crítica frontal al estatismo y un alineamiento más explícito con Washington. La arquitectura que imagina no está presentada como un tratado formal, sino como un espacio político para emitir señales coordinadas, acumular volumen diplomático y condicionar la agenda regional desde la disputa ideológica.
En la Casa Rosada, el armado se describe como una herramienta para ordenar posiciones frente a Cuba, Nicaragua y Venezuela, y, al mismo tiempo, como un contrapeso frente a gobiernos de signo opuesto en la región. En particular, los nombres que circulan en la cobertura local ubican el foco en los liderazgos de Brasil y Colombia como polos a disputar, no solo por orientación política sino por capacidad de tracción regional.
Por el momento, se prevé que Milei asuma el liderazgo del bloque que podría estar conformado por José Antonio Kast (Chile), Santiago Peña (Paraguay), Rodrigo Paz (Bolivia), Daniel Noboa (Ecuador), José Jeri (Perú) y Nayib Bukele (El Salvador). Además, se plantea como objetivo que todos los países integrantes mantengan una alineación estratégica con Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump.
De la foto a la coordinación real: qué tan viable es el “bloque”
El primer límite es práctico: una cosa es reunir dirigentes y otra es sostener una línea común cuando aparecen intereses nacionales que chocan entre sí. Comercio, migración, seguridad, relación con China, integración regional y negociación en organismos multilaterales suelen partir aguas incluso entre gobiernos ideológicamente cercanos, porque el costo de “alinearse” no se paga en abstracto sino en decisiones concretas.
El segundo límite es político: aun dentro del universo de derechas latinoamericanas, conviven estilos y prioridades distintos. Algunos gobiernos buscan mostrar firmeza en seguridad y orden; otros priorizan reformas económicas; otros construyen poder desde coaliciones más amplias. Para Milei, el desafío sería convertir un marco anti-socialista en un programa mínimo compartido que no se agote en declaraciones.
El tercer límite es diplomático: si el bloque se percibe como una mesa para aislar a adversarios (por ejemplo, a Caracas) o para tensionar el equilibrio regional, también puede disparar respuestas coordinadas del otro lado —gobiernos progresistas, foros alternativos y cancillerías que prefieren evitar una polarización institucional. En América Latina, muchas alianzas se desinflan cuando la narrativa choca con la necesidad de gestionar fronteras, energía, exportaciones o financiamiento.
Por eso, más que un “nuevo Mercosur ideológico”, el esquema que asoma se parece a una coalición flexible: cumbres, comunicados, gestos, visitas y apoyos cruzados en campañas, con el objetivo de construir momentum y mostrar músculo. En esa lógica, la eficacia no se medirá por un estatuto fundacional, sino por si el grupo logra coordinar posiciones en situaciones sensibles y sostener la escena más allá de la coyuntura.
La apuesta de Milei, en suma, es doble: afuera, reposicionar a la Argentina como actor central de un eje conservador; adentro, reforzar la idea de que su proyecto no es una anomalía local sino parte de una ola. Si la cumbre de 2026 llega a concretarse, será el primer test real: no solo por la lista de asistentes, sino por si esa foto se convierte —o no— en capacidad de incidencia regional.
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